Julio Grosso: «Superhéroes de barrio»

 

Entre la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona´92, el músico José María López Sanfeliú grabó uno de los 50 mejores discos del rock español. Era su tercer trabajo en solitario bajo el nombre de Kiko Veneno y la primera producción de Animal Tour, un proyecto de Santiago Auserón. Kiko había cumplido 40 años y parecía condenado a un puesto de funcionario, rodeado de papeles y burócratas de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Cuando estaba a punto de tirar la toalla, apareció Auserón con BMG-Ariola y lo sacaron del pozo. El resultado fueron diez canciones inolvidables que le hicieron popular y sobre todo, que le permitieron dedicarse en exclusiva a la música.

 

Una de las canciones de aquel mítico álbum “Échate un cantecito” es “Superhéroes de barrio”, un retrato imaginativo de la vida de un barrio obrero andaluz y de las personas que luchaban día a día en la calle, a principios de los años noventa: “Vuela tú mi hermana / la paloma Supermana / mira que en la red Spiderman te atrapa / Sobre la ciudad da un salto tú muy grande / No dejes que el coste de la vida te agarre”.

Veintiséis años después de aquel disco, en cualquier barrio humilde de cualquier ciudad española, sobrevive un puñado de estas personas luchadoras y solidarias, capaces de compartir y de establecer empatía con los demás. Un círculo de “perdedores” frente al capitalismo feroz de las últimas décadas que, sin embargo, son capaces de reponerse cada día, conscientes del valor de la humanidad, de la hermandad, del compromiso social y del buen humor. Que le ponen buena cara a la vida, a pesar de todo.

Los jubilados son los primeros héroes de esta historia. Los únicos que tienen la experiencia y el conocimiento sobre la vida, sobre los 40 años de democracia y las sombras del sistema. Los que ayudan cada día a sus hijos en el cuidado de los nietos, sin mirar por su bolsillo ni por su propia salud. Los que están al rescate, en lo económico y lo emocional, cuando las jóvenes familias naufragan. Los que pasan de las modas, porque ya no creen en ellas y porque su pensión no se lo permite. Los únicos que invitan a una cervecita en el bar a los chavales que están parados. Los que, al final, se quedan solos cuando sus nietos se hacen adolescentes.

“Se ha producido una fragmentación social importantísima, el sistema ha sido muy hábil en conseguir que esos viejos y esos jóvenes estén completamente separados. El 70% de los jóvenes están todo el día mirando al suelo, mirando el aparatito con el que se creen que están conectados a algo, aunque están conectados a su propio ombligo”, aseguraba Kiko Veneno hace unos años.

Pero algunos jóvenes miran más allá de su ombligo y del móvil. Son chavales que estudian y trabajan, que ayudan en casa, que piensan en su futuro y en su familia. Que eligen lo difícil, que se esfuerzan todos los días por no caer en las trampas del sistema: el egoísmo, el dinero fácil, la espiral del consumo, las adicciones, la zanahoria tecnológica, el “sálvese quien pueda”.

“Los nuevos ‘superhéroes’ de hoy son jubilados, trabajadores precarios, inmigrantes, pequeños comerciantes y unos pocos jóvenes que conservan intacta la ilusión”

Frente al aluvión de nuevos centros comerciales, grandes superficies y franquicias, luchan también por sobrevivir las pequeñas tiendas de barrio: panaderías, carnicerías, fruterías, kioscos o papelerías. Comerciantes de toda la vida que tienen un trato más personal con sus vecinos y que les siguen fíando cada mes. Sus clientes son los pensionistas, los jóvenes y los trabajadores precarios.

Camareros, dependientes, cajeros, reponedores, comerciales y oficinistas que sufren horarios interminables, contratos temporales y sueldos de miseria. Entre estos trabajadores y trabajadoras hay muchos inmigrantes legales de varias nacionalidades, que llegaron a España en la época de bonanza y que se han quedado a vivir entre nosotros. Son los que cuidan en silencio de nuestros ancianos, limpian nuestras casas o nos sirven un café. Los que llenan el transporte público a primera hora de la mañana y a última de la tarde.

La mayoría de estos trabajadores “invisibles” son personas honradas, que se buscan la vida como pueden para llegar a fin de mes y que conviven, puerta con puerta, con los productores de “maría” y los traficantes de droga, que ni madrugan, ni trabajan, ni pagan impuestos. Que alardean de tenerlo todo sin ningún esfuerzo. Gente que no tiene para vivir con su trabajo, frente a gente que vive a todo lujo sin dar un palo al agua. La fractura social es gravísima.

Por todo esto, muchos barrios son ya un polvorín. La inacción de los gobiernos respecto al cultivo y tráfico de drogas, a la pobreza energética provocada por el abuso de las eléctricas, al deterioro del pequeño comercio, y el consentimiento de la precariedad laboral han convertido a los barrios obreros en barrios pobres, en zonas marginadas, tras una década de crisis económica.

Los nuevos “superhéroes” de hoy son jubilados, trabajadores precarios, inmigrantes, pequeños comerciantes y unos pocos jóvenes que conservan intacta la ilusión. También hay médicos de familia, enfermeros, maestros, educadores, curas y trabajadores sociales. Miembros de las asociaciones de vecinos y las ONG. Sus poderes son la empatía, la generosidad y la capacidad de superación. Son los que mantienen el sentido común en mitad del caos. Los que aún conservan el lado humano. Los que merecen un homenaje. Como dice Kiko Veneno: “Hierven ya las calles, listo el escenario, en los sótanos se entrenan superhéroes de barrio”.

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JULIO GROSSO MESA

Periodista y Profesor del

Departamento de Información y Comunicación

de la UGR. Autor de la tesis doctoral:

Ciencia en televisión: Las estrategias divulgativas del programa Redes 2.0 de Eduard Punset (TVE, 2008-2013) (.1673 Mb)

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