Pedro López Ávila: «Machado, la encarnación del ideal humanista, III: Machado en Baeza»

La tentación de suicidio que Antonio Machado le había manifestado a Juan Ramón Jiménez por carta, al morir Leonor y que también se lo se lo había confesado a Unamuno, se fue disipando por la buena aceptación que había tenido la publicación de ‘Campos de Castilla’ en 1912, tres meses antes de la muerte de Leonor, pues el libro tuvo una recepción entusiasta por los más relevantes escritores de la época (Ortega y Gasset, Unamuno y Azorín entre otros).

 

En esta época aparecen sus lamentaciones existenciales en cuatro versos celebérrimos. Su corazón se queda a solas sin contrapeso amoroso y con un tono elegíaco, difícilmente superados, hace su campo de batalla en la queja dolorida ante, posiblemente el Dios cristiano, por la desposesión, la pérdida y la muerte.

Señor ya me arrancaste lo que yo más quería,
oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar,
tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía,
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Ese mar que para el poeta simboliza la inmensidad y el misterio de un posible más allá.

Machado se traslada a Madrid y solicita la primera vacante que haya, y el 15 de octubre se le concede la plaza del Instituto de Baeza. Su abatimiento es tal que Dª Ana Ruiz, su madre, se ha de trasladar con él para acompañarlo. El mismo dirá: “No tengo vocación de maestro ni mucho menos de Catedrático”. Baeza le deprimía, le producía malestar y nostalgia; el poeta fue ganado por la tierra castellana, por sus gentes y su propio matrimonio influyó positivamente en su adaptación al espíritu castellano. No obstante, tenemos que tener en cuenta esta etapa penosísima de su vida y, además, ahora el poeta tiene que sobrevivir describiendo un paisaje, un modo de ser y unas costumbres totalmente distintas a las de Castilla. Antonio Gala decía al respecto: Castilla fue un descubrimiento y Andalucía una herencia, si bien Machado dirá en uno de los poemas de esta época:

Mi corazón está donde ha nacido
no a la vida, al amor, cerca del Duero…
¡El muro blanco y el ciprés erguido!

El muro y el ciprés evocando el cementerio donde reposan los restos de Leonor.

“No consigue, por tanto, adaptarse plenamente D. Antonio a estas tierras. El periodo de su vida soriana lo marcaría para siempre, él mismo nos lo describía así: “En 1907, obtuve la cátedra de Lengua Francesa que profesé durante cinco años en Soria, allí me casé, allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siempre. Son tales sus evocaciones del paisaje soriano que, cuando se instala en Baeza y sus ojos están describiendo el paisaje andaluz cree ver la aparición de la amada.

Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños…
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.

Como podemos observar, Machado, se dirige a la amada (ya fallecida) interrogándole (dialogismo) como si estuviera presente en ese instante y le solicita la mano para pasear. Sin embargo, concluye diciendo:

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.

Dicho de otra forma: sus ojos físicos contemplan el paisaje andaluz, mientras los del alma construyen otro soriano y el tiempo pasado irrumpe en el presente, presente que es invadido por la aparición de la amada mientras está paseando. En definitiva Baeza fue para Machado, “un pueblo destartalado entre andaluz y manchego” por donde paseaba “a solas con mi sombra y con mi pena”, que reavivaban la memoria de Soria y de Leonor, porque “se canta lo que se pierde”.

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PEDRO LÓPEZ ÁVILA

 

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