Rafael Bailón: «¡Qué mala es la envidia!»

Quiero ocuparme de un sentimiento que no debiéramos tener, si bien aflora en el ser humano, junto a otras actitudes o pensamientos nada recomendables: la envidia.

En estos tiempos difíciles, asistimos como espectadores a las lacras continuas que crecen, sin poner muchas veces el remedio o antídoto. Enciendes la televisión y los titulares o rótulos en pantalla nos debilitan aún más nuestro ya de por sí mermado estado de ánimo. Guerras, asesinatos, corrupción, desigualdad social,… Cierto es que en muchos de esos males, la envidia actúa como motor o punto de arranque. El envidioso quiere lo que tiene el otro: ya sean bienes materiales o no.

A veces, este ser nocivo que nos ataca sin contemplaciones, se apodera de nuestro interior para ennegrecerlo al máximo. Es entonces, cuando la bondad desaparece, y, da paso al daño gratuito que hace sonreír a quien disfruta ocasionándolo. No me cansaré de preguntarme algo para lo que no encuentro respuesta: ¿por qué? ¿Por qué nos enojamos y descargamos nuestra ira contra quienes no piensan como nosotros? ¿Por qué damos entrada en nuestras vidas a la pérfida envidia? ¿No es más fácil valorar lo que tenemos sin menospreciar ni dañar al otro?

Queridos lectores, quiero confesar algo. Desde muy pequeño, siempre mi padre me supo dar buenos consejos. Las sentencias o máximas brotaban en un discurso exento de rencor o deseos negativos hacia el prójimo. En mi progenitor, podía apreciarse un amor al bien, así como su responsabilidad como padre por querer educar a sus hijos en el ejercicio de la tolerancia, la solidaridad o la amistad. Fuera de su plan de vida se encontraban vocablos cuya práctica es claramente perjudicial para el desarrollo del ser humano: prejuicios, desigualdad o intolerancia, entre otras.

Pero en la cúspide de los males, en el vértice del triángulo de los denominados antivalores o elementos inadecuados para nosotros (seres imperfectos y muy dados al pecado, seamos o no creyentes), figura con letras mayúsculas una palabra que nada más pronunciarla genera rechazo: ENVIDIA.

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Rafael Bailón Ruiz

Profesor de ESO

 

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