Mustapha Busfeha García: «Dijeron de Granada, XXIV: Teófilo Gautier, y 2»

Regresando a su estancia en Granada, en primer lugar, citaremos una carta que desde esta ciudad escribió Teófilo Gautier a su familia y lo hizo muy enojado ante la falta de interés de los suyos por él durante el viaje:

“¡Ah, mi querida mamá, no habría creído de tu parte tan gran negligencia: si te alegras de recibir mis noticias ¿Crees que puedo prescindir de las tuyas y las de Lilly, y papá y Zoe y Alfonso? ¡Bonita familia! ¡Si mantiene esta actitud, alquilo la Alhambra, lo amueblo con un colchón de trenza de paja y un par de cojines, y no vuelvo! ¡Ahí se las arregle el gobierno, tanto peor para Francia!” (Bruno Alcaraz Masats).

A Gautier le entusiasmó Granada, la visita casi calle por calle, nos habla de sus distritos, de los barrios, de la vida granadina en la que se sumerge plenamente, de los usos y costumbres de los habitantes; quiere vestir como muchos de ellos y se compra un traje de “majo”.

“Granada es alegre, animada, viva, pero carece de su antiguo esplendor. Las gentes que la habitan representan perfectamente su papel de ciudadanos de una gran población. Los coches son más bonitos que en Madrid, y también más numerosos…”

La mantilla, el abanico y los claveles rojos en el pelo de las granadinas le maravillan:

“Quiera Dios que nuestras modas europeas no lleguen jamás a la ciudad de los cármenes y que nunca sea realidad la terrible amenaza que concretan estas palabras que vimos pintadas en negro a la entrada de un portal: Modista francesa”.

Hablando del Paseo del Salón escribe:

“La Alameda de Granada es, sin duda, uno de los sitios más agradables del mundo; recibe el nombre, de Salón, extraño calificativo para un paseo”

A Granada y su comarca la califica de “Paraíso Terrenal” “por lo que, cuando estemos melancólicos y absortos podremos muy bien pensar en el dicho árabe: Piensa en Granada”

Haríamos interminable este artículo si nos detuviésemos en sus descripciones de la Alhambra, el Generalife y el Sacromonte. Diremos tan solo que su pasión por la Alhambra llevó a “D. Teófilo”, venciendo grandes dificultades, a lograr que le permitieran pasar cuatro noches en la misma:

“Gracias a nuestros amigos de Granada, y aunque no pudimos obtener un permiso oficial, se nos consintió realizar nuestra pretensión haciendo la vista gorda. Allí estuvimos cuatro días y cuatro noches que fueron sin género de duda, los más deliciosos de mi vida… Allí llevamos dos colchones, que arrollábamos de día en cualquier rincón; y también poseíamos un cántaro de barro y algunas botellas de vino de Jerez puestas a refrescar en el agua de la fuente. Dormíamos en la Sala de las Dos Hermanas, o en la de los Abencerrajes, y no dejábamos de sentir cierta aprensión cuando por la noche veíamos por la claraboya de la bóveda cómo caían sobre el estanque y sobre el suelo, los blancos rayos de la luna, asombrados de mezclarse con la llama amarillenta de nuestra lámpara”.

Teófilo Gautier

Permitid que finalice este artículo copiando del autor un fragmento en el que describe cómo transcurre la vida granadina en los atardeceres veraniegos:

“La hora del paseo es por la noche, entre las siete y las ocho, momento en que se reúnen en el salón las petimetras y los elegantes granadinos, Los coches van por la calzada, casi siempre vacíos, pues los españoles son muy aficionados a andar y, a pesar de su orgullo, suelen dignarse pasear a pie. Es encantador contemplar a estos grupitos, ver a estas señoras jóvenes y a las muchachas con mantilla ir y venir, con sus brazos al aire, flores naturales en la cabeza, calzadas con zapatos de raso y el abanico en la mano, espiadas a cierta distancia por sus amigos y sus pretendientes, ya que en España no se acostumbra a dar el brazo a las mujeres, como ya observamos en el Prado de Madrid. Esta costumbre de ir solas les da una elegancia, una libertad de movimiento y una soltura que nuestras mujeres no tienen, acostumbradas siempre a ir colgadas, de algún brazo. Son mujeres perfectamente aplomadas, como dicen los pintores. Claro está que esta costumbre de separación del hombre y la mujer se advierte en el influjo de Oriente. Un espectáculo del que no pueden formar idea las gentes del Norte es la Alameda de Granada a la puesta del sol.

Sierra Nevada, cuyas cumbres se ven desde toda la ciudad, adquiere matices maravillosos. Sus peñascos, sus cimas, heridos por la luz, toman un color de rosa deslumbrador, fabuloso, idílico, de plata y nieve, con reflejos de ópalo, que harían turbios los colores más frescos de cualquier paleta; son tonalidades de nácar, diafanidades de rubí, venas de ágata y de venturina, capaces de ganar en la comparación a todas las joyas mágicas de Las mil y una noche. Los valles y los rincones de la Sierra, a donde los rayos del sol poniente no llegan, flotan en una nube de un azul semejante al del cielo y del mar, unas veces de lapislázuli y otras de zafiro. El efecto de este contraste de sombras y luces extraordinario da la impresión de que la montaña se ha cubierto de un inmenso hábito de seda transparente, bordado y constelado de plata. Los colores vivos van poco a poco transformándose en tinta violeta; la sombra invade la parte inferior de la montaña, la luz va retirándose hacia las cumbres, y cuando ya la llanura está sumida en la oscuridad, todavía la diadema de plata de la Sierra brilla en el cielo bajo la amorosa despedida de los rayos del sol.

Los paseantes dan a esta hora las últimas vueltas y por fin se dispersan; unos para ir a tomar sorbetes o agraz al café de D. Pedro Hurtado el que mejor hace sorbetes en Granada; otros para ir a la tertulia, donde se reúnen con sus amigos y conocidos.

Esta es la hora más alegre y pintoresca de Granada. Los puestos de los aguadores y horchateros, al aire libre, se iluminan con un sinnúmero de lámparas y farolillos; las hornacinas encendidas de las imágenes de la Virgen compiten en número y fulgor con las estrellas (lo que ya es decir), y si hay luna, se puede leer en la calle perfectamente la más diminuta escritura. La luz de la noche, en vez de ser azul, es dorada; no hay otra diferencia. Gracias a la amabilidad de la señora de la diligencia, que nos presentó a algunos amigos suyos, adquirimos algunos conocimientos en Granada y pudimos llevar una vida muy agradable. Imposible obtener una acogida más franca, más noble y cordial. Al cabo de cinco o seis días se nos consideraba como íntimos, amigos, y según la costumbre española, nos llamaban por nuestro nombre de pila.; yo era en Granada D. Teófilo y mi compañero D. Eugenio y se nos concedía derecho para llamar por sus nombres —Carmen, Teresa, Gala, etc.— a las señoras y a las hijas de las casas donde éramos recibidos. Esta familiaridad va siempre acompañada de los modales más exquisitos y de la más afectuosa cortesía…”

Placa de la Calle Teófilo Gautier, en el barrio de la Chana (Granada)

Teófilo Gautier falleció el 23 de octubre de 1872 . Partió de este mundo apesadumbrado ante los varios fracasos ante la Academia Francesa que nunca le reconoció. A pesar de contar con la amistad y protección de Matilde Bonaparte, Princesa de Francia, prima y ex prometida de Napoleón IIII, Gautier murió en el amargo convencimiento de que su obra no había sido debidamente valorada. Hoy, muchos críticos y literatos opinan lo mismo. Su cuerpo reposa en el cementerio de Montmartre en Paris. En este caso, Granada sí supo reconocer la valía de Teófilo Gautier dedicándole una calle en el popular barrio de La Chana.

 Ver otros artículos

de Mustapha Busfeha García,

autor de las novelas históricas ‘La casa del cobertizo’,

‘Babuchas negras’ y del ensayo ‘Tres sinfonías’

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