Blas López Ávila: «El pacto del diazepam»

…Y echan las cartas,
un día y otro día,
en el negro agujero de la huida
Manuel Ruiz Amezcua, ‘Las reliquias de un sueño’

 España es una hipérbole. Una hiperbólica farsa en la que el carácter de la misma no viene marcado tanto por los rasgos de los personajes y el ambiente que recrean  como por  la inherente personalidad  de los actores que la representan.  De no ser así, díganme cómo es posible no percibir la fractura social a la que estamos asistiendo en estos últimos meses. Una fractura social bien sólida construida con los mejores materiales: la sinrazón, la mentira, la hipocresía, la vanidad narcisista, la intransigencia y otros similares de igual o mayor valor ético. Todo muy edificante.  Tal como dice el historiador y profesor norteamericano  Christopher Lasch hemos pasado de “la guerra de clases” a la “guerra de todos contra todos”  y es ahí donde el desgarro y la frustración  individual y colectiva adquieren su mejor caldo de cultivo, tan infecto como para no hacer posibles la paz, la convivencia y la tolerancia.

 

Tratar de explicar la situación actual es  más complejo de lo que parece y requiere una profunda reflexión. Aplicar soluciones fáciles a cuestiones complejas es mucho más cómodo que embestir. Reflexionar en nombre de la Iglesia, del Ejército, de las banderas o del terruño, o de todo ello a la vez. Desdeño a quienes utilizan la interjección como modo de expresión, a quienes, abaratando las palabras, envilecen los mensajes.

La irrupción del posmodernismo en el mundo occidental ha comportado cambios tan radicales y complejos en la sociedad de la opulencia que la desorientación y, lo que es peor, la desidia  han hecho posibles el auge de los populismos de todos los colores. El hombre actual ve pasar el mundo sólo a través de los objetos sin importarle lo más mínimo sus imprevisibles consecuencias. Personalización individualista, hedonismo narcisista, técnicas de seducción –también de “sexducciónª -, socialización desocializadora del individuo son algunas de las técnicas propias del mercado del consumo y que en su ensayo “La era del vacío” analiza con gran acierto el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetski. Si la cultura del esfuerzo y el gusto por el trabajo bien hecho han sido proscritos; si el culto al cuerpo y a la eterna juventud, el gusto por los viajes y el deporte son los acicates de una vida plena, el nihilismo indoloro está servido; nada importa fuera de nosotros mismos, ni siquiera la catadura ética de nuestros gobernantes, no ajenos a la sociedad de la que provienen,  que cuentan con el beneplácito de esa misma sociedad , tan poco exigente con ellos.

Los populismos en nuestro país, como decía anteriormente, se encuentran en su medio natural: de la ultraderecha ultraconservadora, católica preconciliar , insolidaria y española profesional poco más cabría añadir. De la izquierda cada vez entiendo menos – menos aún del doctor don Pedro Sánchez,  cabal hijo de los tiempos actuales: impostor hasta el vómito, mentiroso compulsivo, narcisista hasta romper los espejos, anda tan falto de escrúpulos como sobrado de ambiciones personales-.  ¡Ay, la izquierda! No aprende.  Este país se merecía y se merece un pacto de izquierdas: demostrar que es posible otra forma de economía distinta de la que nos han contado hasta ahora, que una mayor y mejor justicia social era y es posible. Pero así no, rotundamente no. Nos hemos acostumbrado tanto a no ver lo que tenemos delante de nuestros ojos que ya somos incapaces de mirar la corrupción e identificarla. Y este posible gobierno en ciernes ya nace con un déficit importante en la mochila: 140 millones, que se dice pronto, para mayor gloria del doctor Sánchez. Por no hablar de la cuestión territorial. A los que entendemos el nacionalismo como otra forma de fascismo nos sorprende el entreguismo que la izquierda española ha hecho a las causas nacionalistas. Como muy bien dice Antonio Muñoz Molina en su ensayo “Todo lo que era sólido”: “…es más misterioso todavía que viniendo de la doble tradición del universalismo ilustrado y del internacionalismo obrero la izquierda se convierta tan velozmente , tan integralmente, a la superstición nacionalista por las identidades colectivas” Añade más adelante: “Es normal que un nacionalista sea un nacionalista, como que un mormón sea un mormón, Ya lo es menos que sean nacionalistas los socialistas, los comunistas, los libertarios, los conservadores, los representantes de  minorías sexuales…”

En fin, todo muy coherente. Pero luego que no se queje la izquierda de la llegada al poder de la ultraderecha a la que está dejando un pasillo libre de obstáculos para transitar a sus anchas. Y como no hay mal que por bien no venga, supongo que el doctor Sánchez tendrá la sensibilidad suficiente para tomar como primera medida de gobierno que las farmacias de este país dispensen gratuitamente el diazepam al noventa y cinco por ciento –son sus cifras- de los españoles.

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