Ramón Burgos: «Un mundo de apariencia»

Dice una buena amiga –y mejor política– que “Granada es una ciudad que duda hasta de sí misma”… Reflexión que, reconozco, me ha vuelto a impactar negativamente por entender que esa forma de acción social ya había sido erradicada de nuestras calles, no sólo por considerarla obsoleta, sino por creer que nadie era digno, ni indigno, de sufrir las consecuencias de este tipo de malintencionado rencor.

 

Creo recordar, en este sentido pero con otra concreción, que fue dieciocho años atrás cuando ya puse en tela de juicio una frase de José Saramago, aseverada en la inauguración de un curso académico, y que, por entonces, me pareció difícil de acomodar a la realidad respirada en mi profesión: “El problema del periodista es que vive en un mundo de apariencia”.

A tenor de lo antedicho, entenderéis –yo, el primero– que la edad, y por tanto la experiencia adquirida, venga ahora a hacerme caer en la tentación de recapitular algunos de los hechos locales en los que, directa o indirectamente, me he hallado involucrado, pues, eso sí, siempre he estado seguro que lo guardado en mi caja de recuerdos tendría que ver la “luz de los hombres”, para que las acciones desplegadas durante estos años sean, al menos, juzgadas con equidad (y cuando aún puedo ser mi propio defensor); pues como he mantenido anteriormente, con formas más o menos veladas, sé que a cada cual le llega el momento oportuno de exponerse, sin “fachada alguna”, a los taquígrafos impenitentes de la existencia.

Pero algo me lo impide por ahora –mi mayor miedo–: la posibilidad de que tuviera que abandonar definitivamente la ciudad a la que amo por encima de todas las cosas (que no de las personas), y en cuyas arterias me empecino a diario por ser una pieza más del perentorio despertar ciudadano, sin comparaciones absurdas y siempre luciendo el traje de la franqueza y la armonización.

¿Será que lo manifestado para mí es aplicable a todo un entorno?

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Ramón Burgos
Periodista

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