Francisco Javier Sánchez Manzano: «Ponerse las pilas»

 

Granada sigue siendo una ciudad ruidosa, sucia y descuidada.

Aún huele a gasoil y marihuana. Incluso salimos en los telediarios cuando se trata de citar las ciudades con peor calidad de aire. Tampoco es de extrañar: ayer, en el recorrido a pie que hago cada mañana de camino al trabajo (poco más de un kilómetro), conté seis coches aparcados con el motor encendido (en la mayoría de los casos, su único ocupante revisaba el teléfono móvil), cuatro autobuses de más de quince años regando de humo negro las avenidas y tres furgonetas de reparto a toda pastilla por calles estrechas, saltándose pasos de cebra para luego pararse bruscamente en el siguiente semáforo. Yo creo que la gente no se ha enterado aún. Que luego somos todos muy ecológicos, faltaría más, pero solo si nos viene bien.

Yo sigo manteniendo que tenemos un país con muchas posibilidades que no aprovechamos: 300 días de sol al año (sobre todo en Andalucía) que podrían servir para calentar miles de viviendas mediante el uso de placas solares; miles de kilómetros de costa en los que se podrían instalar alternadores para transformar la energía mareomotriz en energía renovable… Ideas, en fin, que tal vez ayudaran a mejorar la calidad de vida de las personas; siempre y cuando los responsables de llevarlas a cabo decidieran reunirse, hablar y actuar. Desgraciadamente, los políticos son buenos en lo primero, expertos en lo segundo y nefastos en lo tercero.

Mientras, el tiempo pasa. Para calentar los edificios, seguimos utilizando calderas viejas que nadie parece dispuesto a renovar. Nadie habla de subvenciones. Nadie habla de nada. Quienes tienen que pensar en soluciones parecen poco interesados en ellas. No hay más que ver el fracaso de la reciente Cumbre del Clima. Los países más contaminantes, directamente, ni acudieron. Y tras más de 20.000 intervenciones y el mediático viaje en catamarán de la estrella invitada, ni siquiera se aprobó la resolución ya pactada para que las ciudades de más de 50.000 habitantes dispongan de un plan de adaptación al cambio climático en los próximos años. Un paripé, vamos. Si habrá servido de poco que, días más tarde, la señora Ayuso osó decir que «nadie muere por la contaminación». ¿Ignorancia o cobardía? Seguramente lo primero, aunque a ver quién es el guapo que se atreve a quitarle un trozo de pastel a las grandes empresas: entre el honor y el dinero, lo segundo es lo primero.

No resulta difícil meterse en la cabeza del político de turno y leer sus pensamientos: «Es cierto, la contaminación supone que la calidad de vida del país empeore, que la gente muera (o no), que el número de enfermedades respiratorias se haya disparado, pero si a buen árbol de energía me arrimo, buena sombra en mi despacho me cobijará…».

F I N

 

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Francisco J. Sánchez Manzano

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  • 17 enero, 2020 en 8:49 am
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    Qué razón tienes. Es una pena y una vergüenza.

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