Mustapha Busfeha García: «Paquita Gorroño, in memoriam»

De cómo una noticia puede despertar una avalancha de recuerdos.

Hoy, sábado, 18 de enero, al leer la publicación de mi querido presidente Abdo Tounsi de un excelente artículo firmado por Paula Baena Carmona titulado : “El refugio marroquí: cuando los españoles viajaban al norte de África para una mejor vida“, me topé con el nombre de Paquita Gorroño.

Mi cabeza comenzó a dar vueltas vertiginosamente y os aseguro que me desprecié a mí mismo por haberme olvidado de esta mujer excepcional a la que tuve el honor de conocer, muy efímeramente al serme presentada por un compañero del banco allá por los comienzos del 70. Sobre esta extraordinaria mujer bien se podría escibir una gran novela o llevar a la pantalla su singular vida que os trataré de resumir:

Francisca López Cuadrado más conocida como Paquita Gorroño (hábito francés de adoptar el apellido de su marido), nació en Madrid, el 5 de noviembre de 1913, en el seno de una familia acomodada. En aquella casa de la calle San Bernabé se recibían con frecuencia visitas de importantes intelectuales y políticos: Un gran amigo de la familia y asiduo visitante era Tomás Bretón, que incluso trabajaba sus temas musicales allí. Fue en casa de Paquita donde el insigne músico compuso casi en su totalidad, La verbena de la Paloma. Otro de los grande amigos de la familia fue Blasco Ibáñez, que traía del extranjero libros prohibidos. Por las noches, en las tertulias familiares junto al brasero, se leían y comentaban los grandes autores europeos, (Víctor Hugo y Dumas), y nacionales. El preferido era, sin duda alguna, D. Benito Pérez Galdós y sus Episodios nacionales.

Su abuelo era muy admirador de Pablo Iglesias, a cuyos mítines solía acudir. También en este ambiente familiar tuvo las primeras experiencias de solidaridad de clase, pues ante las huelgas de mineros en Asturias, los sindicatos animaban a la población a recoger a los niños de los mineros en casas particulares, y los López recogieron a tres: «Esa fue mi primera lección de solidaridad», recordará años después.

Recién instaurada la República, sus padres la enviaron a estudiar a París. De vuelta a Madrid, el conocimiento del idioma francés hizo que estuviera a punto de ingresar en Iberia como azafata, en la línea Madrid- París pero el comienzo de la guerra civil truncó su carrera.

La familia fue evacuada a Valencia y allí sus conocimientos del francés le proporcionó un empleo junto al subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, Wenceslao Roces. Con él entró en el Partido Comunista, conoció a la Pasionaria y leyó a Marx a través de las traducciones que hacía para Roces. Su trabajo para el Partido Comunista fue siempre voluntario, era la «manera en que podía ayudar», según las palabras recogidas en sus memorias.

De Valencia pasó a Barcelona y en enero de 1939 inició el exilio camino de la frontera francesa junto a un convoy que transportaba heridos. Su madre la había precedido en el exilio y la esperaba en Perpignan.

Vivió como una refugiada más en el campo de El Bolou, donde los franceses trataban con desprecio a los españoles, aunque no a ella que hablaba perfectamente el francés e iba siempre tan bien vestida que la consideraban francesa. El dominio del idioma hizo que la emplearan como intérprete. No viendo salida alguna a su situación ,escapó junto a su ya marido Manuel Gorroño en dirección al Magreb, donde Manuel tenía familiares. Salió la pareja, acompañada de la madre de ella, desde Port Vendres rumbo a Orán y desde allí hasta Rabat, donde lograron sobrevivir: él como conductor de camiones y ella primero sirviendo en un restaurante lavando y planchando servilletas y manteles y luego como niñera. Cuando el mariscal Petain prohibió a las mujeres trabajar fuera del hogar, se dedicó a dar clases particulares a familias acomodadas, lo que le abrió otros horizontes.

Siendo como era una mujer muy preparada logró ser contratada como secretaria del director del Colegio Imperial de Rabat donde estudiaban los príncipes y princesas marroquíes, así como los hijos de los principales personajes del país. Una tarde, Paquita se encontró por los pasillos a un señor con chilaba que llevaba de la mano a una niña que a ella le pareció monísima, Paquita la acarició y comenzó a jugar con ella. Algo más tarde ,ya en el despacho del director que le dictaba una carta, la puerta se abrió y apareció aquel señor de la chilaba ; el director se puso de inmediato de pie e inclinando la cabeza exclamó “¡Majestad!” Era el que sería rey Mohamed V. Conoció también a su hijo Mulay Hassan que estudiaba allí. En 1956 al volver del exilio la familia real marroquí, y recuperara el trono y la independencia de Marruecos,el príncipe Hassan la contrató como secretaria particular, a pesar de que conocía su militancia política como comunista y ferviente republicana. Yo creo que esta paradoja no se ha repetido nunca; en una monarquía absoluta, donde aún la democracia se atisbaba incipiente y lejana, donde la religión lo era todo, la secretaria del príncipe heredero era roja, republicana y anticlerical confesa. . “Mi primer viaje con él fue a París. El príncipe entró en la cabina y en un momento dado le dijo al fotógrafo de Palacio: ‘Deja a madame Gorroño tu sitio para que vea Madrid’. Había ordenado que el avión bajase y diese varias vueltas. La verdad es que sólo vi el estanque del Retiro y la Casa de Campo. El resto estaba velado por las lágrimas de emoción”.

A pesar de sus contactos y posición en el palacio real, Paquita nunca olvidó su condición de refugiada política. Acudía con frecuencia al barrio del Océan, (barrio inmensamente poblado por españoles refugiados) de Rabat, donde fundó, junto a las mujeres de los exiliados, la Alianza de Mujeres Antifascistas. En un mitin en el Cinema Royal en apoyo de los presos españoles, habló con tanta vehemencia que pasaron a llamarla desde entonces y hasta su muerte la Pasionaria de Rabat.

Gorroño llevó a cabo una gran actividad política en Marruecos: participó en la creación de la Federación Sindical General de Trabajadores, luchó por la unidad de anarquistas y socialistas españoles, franceses y marroquíes, recogió firmas para el indulto de presos, entre los que estaba Julián Grimau y organizó manifestaciones antifascistas en Rabat, como la del 3 de mayo de 1945, tras la caída de Berlín. Todo ello sin olvidarse del aspecto social creando diversos festivales culturales infantiles.

Con la caída de Berlín, Paquita creyó que Franco iría detrás, pero su desilusión se prorrogó décadas hasta la muerte del dictador, e incluso más allá.
Esa desilusión la hizo quedarse en Rabat, donde se jubiló con 64 años dedicándose en la década de los 70 a viajar por los países del este. Su único hijo, Rubi, estudió y se quedó a vivir en Praga, a donde Gorroño viajaba dos veces al año. A fin de desenvolverse mejor en ese país, comienza a estudiar ruso con 64 años, pues no encontró clases de checo en Rabat. El conocimiento del ruso no le sirvió de mucho en Praga, pero sí en la URSS. a donde viajó un tiempo después.

Vivía en un céntrico piso de la Calle Patricio Lumumba de Rabat y cualquier viandante podía contemplar cada 14 de abril cómo en aquel balcón del segundo piso ondeaba la bandera tricolor de la República española que Paquita había llevado consigo desde el exilio a tierras francesas. Mientras vivió, todos los 14 de abril se tomaba una copa de champan brindando con sus amigos por la República. Su salud se fue deteriorando progresivamente, sufriendo una rotura de cadera que la inmovilizó en la cama en los últimos meses, su fiel Fátima cuido con verdadero amor a Paquita hasta el día de su muerte.

Murió en su casa de Rabat el 22 de agosto del 2017, casi a los 104 años de edad y sus restos fueron enterrados en el cementerio cristiano de Rabat, junto a los restos de su madre que también allí reposan, sin ningún rito religioso, pero envuelta en la bandera de la República bajo el lema «¡Salud y República!» como último adiós. En su recuerdo se leyeron algunos textos de amistades que no pudieron estar presentes.

A Paquita Gorroño la acompañaron en su último paseo un variopinto cortejo que decía mucho de lo que había sido su vida: entre sus amigos, asistentes al entierro, había españoles, marroquíes, franceses y hasta chinos, republicanos de puño en alto como ella, pero también diplomáticos,( entre ellos, el Cónsul de España), un miembro del Gabinete real marroquí y hasta una monja.

Decía poco antes de morir a unos jóvenes que la visitaban: «No tengo la suerte de mi abuela que vio la Segunda República y murió antes de la guerra; mi ilusión era ver la Tercera. Vosotros la veréis, estoy segura y cuando veáis ondear con alegría la bandera tricolor, acordaos de mí».

 Ver otros artículos

de Mustapha Busfeha García,

autor de las novelas históricas ‘La casa del cobertizo’,

‘Babuchas negras’ y del ensayo ‘Tres sinfonías’

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