Daniel Morales Escobar: «Granada mágica y la ‘patata gestionadora de emociones’»

Hoy he salido a mi primera práctica de ejercicio físico tras los muchos días de confinamiento. Como no soy de correr ni de hacer bici, sino de andar, he decidido hacerlo por el Albaicín y empiezo mi recorrido, sobre las 7:15 de la mañana, “entrando” por la Puerta de Elvira para subir por la escalonada Cuesta de Abarqueros. Está “selvática”: llena de matojos que salen de los recovecos de los peldaños y que le dan un aire más rústico y auténtico. Resoplando tras mi mascarilla consigo llegar al Carril de la Lona, sin un alma, y a su mirador, desde donde contemplo la primera gran panorámica de la mañana: una Granada limpia y transparente como pocas veces es posible ver.

Mi siguiente encuentro es con la Placeta de San Miguel Bajo, sin sus terrazas habituales y en absoluto silencio. ¡Qué placer! ¡Hasta noto cada vez menos mi protección y estamos empezando a hacernos amigos! Sigo por Santa Isabel la Real y cuando llego a su zona más estrecha nos enfrentamos de repente un autobús vacío y yo. Sorprendentemente me cede el paso (su amable conductor) y puedo seguir sin detenerme y sin peligrar mi figura. Como no podía ser de otra manera, agradezco con un saludo el detalle al paciente chófer, con el que volveré a cruzarme hasta dos veces más al menos.

Algo más arriba giro a la izquierda por la Cuesta de María de la Miel y, enseguida, a la derecha para continuar hasta el más célebre de todos nuestros miradores, el de San Nicolás. Aquí se llega al paroxismo: ningún turista ni vendedor de “souvenires”, solo unas tres parejas gozando de la vista y haciendo fotos. No quiero sentarme, pero soy incapaz de irme y dejar de disfrutar. Pueden ser las 8 de la mañana -me niego a consultar la hora y fastidiar el momento- y si Bill Clinton hubiera estado aquí como yo habría dicho que Granada tiene el más bello amanecer del mundo.

Empiezo el descenso por el Carril de San Agustín. Al poco un ciclista, joven y desconocido, al cruzarse conmigo, me saluda dándome los buenos días. Es como si nuestra nueva libertad la agradeciéramos siendo mucho más amables con todos. Llego a la Cuesta del Chapiz y allí me asombran más ciclistas, pero no por lo mismo, sino porque envidio su capacidad física para “escalar” sin titubeos tamaña pendiente. Uno, incluso, se descuelga del pequeño pelotón que le sigue. Pero yo a lo mío: no puedo dejar de mirar hacia mi torre preferida de las murallas de la Alhambra, la de los Picos, solitaria y majestuosa, como siempre me ha parecido, la vea de donde la vea.

La “patata gestionadora de emociones”. En el Paseo de los Tristes :: D. MORALES

Cuando llego al Paseo de los Tristes casi decido emprender una nueva subida: la de la Cuesta de los Chinos (o del Rey Chico), hasta el Generalife. Pero hay solo una cosa que me hace desistir: mi vejiga. ¿Se comportará hasta el final si alargo mi excursión? Porque el socorrido café a destiempo de habituales experiencias anteriores hoy no es posible: todo sigue cerrado y no quiero ser desaprensivo con ningún árbol ni arbusto. Así que opto por la prudencia y continúo por el mismo Paseo… viendo el río Darro. Ninguna otra ciudad debe contar con una maravilla como esta: en plena ciudad parece de alta montaña, de cristalina que baja el agua. Descubro aquí algo nuevo: la “patata gestionadora de emociones”. No voy a defender este tipo de “obras artísticas”, solo por el soporte, pero debo reconocer que me hace gracia, posiblemente por la falta de besos y abrazos de estos días, y por eso la inmortalizo con mi móvil.

Ya me queda poco: solo la Carrera del Darro, por donde paseé con mi hijo el día antes del confinamiento. La vegetación brota espléndida del cauce y recuerdo las antiguas fotos del álbum familiar, donde se ve este mismo lugar, desde la casa de mi madre, pero pobre en vegetación. Siempre lo digo: Granada ha ganado en verdor en los últimos años; y aquí van unas fotos que lo demuestran, la de antes y la de hoy, para que todo el que quiera pueda comparar.

La Carrera del Darro en la actualidad y en febrero de 1958

En Santa Ana termina mi disfrute. Lo que me queda no es que sea feo, pero tampoco comparable a lo que he visto: un barrio único de una ciudad única. Por suerte, mi mascarilla y yo nos hemos acomodado el uno al otro y hemos quedado en volver a salir mañana.

 

Ver artículos anteriores de

Daniel Morales Escobar,

Profesor de Historia en el IES Padre Manjón

y autor del libro  ‘Un maestro en la República’ (Ed. Almizate)

 

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