Virtudes Montoro: «Aquella tarde, nos dijimos adiós»

La importancia de despedirnos de quienes amamos es una dócil fórmula, que nos permite seguir con nuestras vidas de una manera menos abrupta, cuando aquellos se van. Si conocemos la certeza de una despedida pronta, desarrollar una cómplice intimidad con la persona a la que amamos, concede la serenidad suficiente como para darnos cuenta que, cada momento que compartimos con ella es único y que, debe vivirse con felicidad, como un regalo.
Poder decir adiós, desde el agradecimiento y no desde la rabia, es la lección más hermosa que podemos darnos y dar.

La muerte puede ser concebida, como esa experiencia sabia que nos devuelva a la vida, completos y llenos de amor, de ese amor sereno e íntimo que somos capaz de ofrecer, a quien se nos va.

“Te sentaste despacio en una destartalada silla que llevaba siglos esperándote.

Los días pasaban como monótonos desfiles de esqueletos. Sabías, como el prisionero en el corredor de la muerte, que ésta llegaría pronto. No valía la pena correr para esconderse, sabías que la parca nunca se equivoca de puerta, la tuya ya estaba entreabierta, esperándola.

Nunca antes habías visto el paisaje tan brillante y vívido como aquella tarde, las hojas caprichosas de la higuera te parecían de un verde imposible, casi fluorescentes, la templanza de abigarrado sol tenía una rotunda fuerza, tanto, que notabas como se introducía bajo tu piel, cómo recorría tus venas y te aceleraban el corazón.

No era una tarde cualquiera, era esa tarde; la que elegiste para ordenar tus pensamientos que desde hacía tanto te atormentaban, la tarde en la que aceptaste tu final.

Con determinación volviste a mirar a la higuera, a sus frutos suicidas desparramados en el suelo, inhalaste con desesperación, a bocanadas, todo el aire del que fuiste capaz. Acariciaste tu piel, absorbiendo la calina que desprendía. Durante un largo minuto cerraste los ojos, imaginando cómo sería no ser, no existir, y una inmensa calma se apoderó de ti.

Durante ese largo minuto, escruté tu rostro, como si fuera la primera vez que te viese. Me descubrí observándote atentamente, en sigilo, sorprendiéndome de la belleza de tus facciones. En silencio observé tus generosas pestañas, tus parpados desnudos, tus angulosas mejillas, la serenidad en tu tez tostada.

Cuando abriste los ojos, los míos se clavaron en el verde grisáceo de los tuyos. Inmóvil, sin poder dejar de mirarte, me sonreíste con esa risa burlona que dedicabas a las cosas que amabas, entre las que estaba yo.

Tus pensamientos eran ahora, también míos, me asolaba esa misma sensación de vacío que te habitaba.

Sin decirnos nada, no dijimos adiós aquella tarde soleada de verano, cuajada de brevas en precipicio y de sol, cuajada de recuerdos luminiscentes que aún destellan en mi memoria”.

Fuente Vaqueros, verano del 2012
Para con el que tanto quise.

 

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Virtudes Montoro López

Psicóloga especializada en Mindfulness y
Terapia de Aceptación y Compromiso

 

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