Jesús Fernández Osorio: «La tauromaquia, ¿fiesta de los toros o de los toreros?»

La reciente aparición de cientos de elefantes muertos en el norte de Botswana, junto a las múltiples incógnitas que se ciernen sobre la causa de las mismas, me ha llevado a reflexionar sobre la cada vez más difícil situación en que sobreviven los animales salvajes de nuestro planeta. Animales indefensos que, en una gran mayoría, a causa de la acción humana o por la incidencia del cambio climático –en la que detrás también hallaremos la mano del hombre–, se encuentran en claro peligro de extinción.

Podríamos abordar la situación de esas especies que son arrancadas de su hábitat natural, para, siendo víctimas del tráfico ilegal, permanecer el resto de sus vidas en jaulas (zoos, circos y particulares). En la de aquellas que son exterminadas para usar su piel o sus colmillos. O de las que, simplemente –de modo furtivo o no tanto–, son privadas de estar vivas para convertirlas en meros trofeos de caza. Pero, ya que hace unas semanas dedicábamos estas mismas páginas a los animales domésticos en España, hoy, nos vamos a centrar en esas otras “bellezas negras” que, desde hace cientos de años, vienen sufriendo persecución, muerte y tortura en las plazas de los pueblos y ciudades de nuestro país: los toros, novillos y vacas bravas.

Ciertamente, este año, el tremendo impacto de la crisis sanitaria y económica, provocada por el coronavirus, ha incidido en la general suspensión de los festejos taurinos. Aunque, se atisba que dicha prohibición empieza a desperezarse y ya se anuncian corridas de toros; sin público, pero con renovado ímpetu y energía. Un tiempo excepcional este en el que, incluso, hemos podido ver –no sin cierto estupor– al castizo gremio de los toreros (y sus adláteres) manifestándose y reclamando su contribución al patrimonio cultural hispano y, de paso, su parte alícuota del presupuesto. Subvenciones públicas (de aquí y de allá) que, dicho sea de paso, son las que han mantenido –y mantienen– vivo su negocio. Del latín, su “no ocio”.

Un espectáculo, este de la tauromaquia, que, desde sus orígenes, nos muestra unos estrechos vínculos con la religión; desde los sacrificios ligados a las antiguas liturgias a los dioses paganos, hasta las ofrendas para honrar a los santos cristianos. Una tradición que en España ha venido gozando de tal arraigo popular que se ha llegado a considerar como “fiesta nacional”.

Sin ir más lejos, yo mismo nací en un pueblo en el que las grandes ocasiones festivas no solían entenderse sin la presencia de reses bravas por sus calles y plazas. Lances con toros que, a su vez, se generalizan en las variopintas fiestas patronales de la geografía comarcal. Especialmente el encierro, que se convertirá en el principal elemento de atracción popular a las mismas. Un acontecimiento que, escalonado a lo largo de los distintos meses del verano y del otoño, arrastrará a cientos de personas de los pueblos colindantes. Desde el considerado encierro más antiguo de España, el de Gor, en los primeros días de agosto, hasta el de la villa de Dólar, a finales de noviembre. En medio quedarán los muy renombrados de Jérez del Marquesado, Lanteira y La Peza. Entre otros. Unos rituales, estos de correr los toros, que, tal como han investigado algunos autores locales, se podría rastrear su origen en los momentos que siguieron a la repoblación castellana del siglo XVI.

El encierro_ de Joaquín Sorolla, 1914

En el caso de mi localidad, Cogollos de Guadix, los toros, cuando era posible –pues, no siempre se incluían entre los actos programados– se hacían coincidir con las fiestas en honor a San Agustín. A finales de agosto. Una fecha propicia, pues, se encuadraba tras la recogida del ansiado trigo de las eras –tras las duras faenas de siega, trilla y aventado–. Se terminaba de agosto, se solía decir, y, con la cosecha a salvo de posibles inclemencias, mis paisanos podían, por fin, dedicar algunos momentos al esparcimiento y a la holganza que nos unía y aportaba identidad colectiva.

Así, tras el apalabrado y la selección de los novillos, los vecinos se movilizaban en el montaje de un rudimentario coso en la plaza principal. Preparativos y trasiego continuo de carros de labranza y vigas de madera que empezaban a denotar cierto aire alegre y festivo en el pueblo. El momento central lo constituirá el encierro de una manada de cuatro o seis novillos y otros tantos cabestros –con sus ruidosos cencerros– que, guiados por experimentados jinetes, vendría escoltada por una nutrida comitiva de jóvenes, en algunos casos desde las inmediaciones de Lugros (el pueblo vecino en el que se localizaba la afamada dehesa en la que pastaban libres los astados). Su entrada en acelerado tropel por las calles del pueblo supondrá el culmen de una diversión no exenta de riesgo. Una vez en el recinto cerrado se dará pie al jolgorio colectivo y bullanguero del abarrotado público ante los lances de los mozos más atrevidos. Por la tarde llegará la hora de la lidia. Antes, bajo los acordes animosos de la banda de música, se sucederán los saludos entre los paisanos con el efusivo: ¡Vamos a los toros! Un par de horas más tarde, con gesto más resignado y sombrío se espetará el: Bueno, ya hasta el año que viene.

Cartel anunciador de los toros de Cogollos, 2019

En medio quedará, amparado entre pasodobles, aplausos y olés, la sistemática acometida de sangre y dolor. Marcado por el trágico cambio que experimentará, en un breve espacio de tiempo, un bello animal lleno de fuerza y vigor que quedará reducido a un auténtico despojo de vida. Sin que, en su larga agonía, nunca llegue a comprender la génesis de tanto acoso y saña. Un proceder al que, al menos yo, nunca supe encontrar su supuesto sentido estético. Al contrario, el peso de las razones éticas y el sentido crítico siempre terminaban asaltándome e inquietándome el ánimo. Festejos tradicionales que, lo reconozco, nunca lograron seducirme, más allá de acudir por responsabilidad o por colaboración en el mantenimiento del evento multitudinario que daba brillo a mi aldea.

Viejos recelos, hacia este tipo de espectáculos taurinos, para los que un vecino mío, Agustín Hidalgo, en el año 1778, incluso llegará a solicitar su abolición al presidente de la Real Chancillería de Granada. Pero, no pensando en criterios de defensa del animal, o contra su maltrato y sufrimiento, sino basado en el supuesto carácter embrutecedor y en las ofensas al culto religioso que él observaba en las vociferantes y polvorientas capeas locales; con las borracheras, quimeras y escándalos que se entablaban entre los improvisados lidiadores. Tal vez la única manera de sobrellevar una ceremonia donde, en palabras de Manuel Vicent, la muerte se introduce como una fiesta.

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Jesús Fernández Osorio

Maestro del CEIP Reina Fabiola (Motril).

Autor de los libros ‘Cogollos y la Obra Pía del marqués de Villena.

Desde la Conquista castellana hasta el final del Antiguo Régimen

y ‘Entre la Sierra y el Llano. Cogollos a lo largo del siglo XX

 

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Deja un comentario en: “Jesús Fernández Osorio: «La tauromaquia, ¿fiesta de los toros o de los toreros?»

  • 31 julio, 2020 en 11:42 pm
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    Interesante articulo, aunque hay que corregir un comentario: los encierros más antiguos de España no son los de Gor, son los de Cuéllar, en Segovia. Documentados desde el siglo XIII

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