Septiembre tiene una capacidad extraordinaria para convertir cualquier casa con niños en una pequeña oficina de logística.
Hay que comprobar horarios, preparar mochilas, buscar la botella de agua que compramos en junio y que nadie sabe dónde está, poner nombres en el material, recuperar uniformes o ropa del colegio, organizar extraescolares y descubrir, normalmente la noche anterior, que faltaba comprar algo.
Y después llega la gran batalla: volver a los horarios.
Porque durante el verano hemos pronunciado demasiadas veces una frase maravillosa:
“Bueno, déjalo, que estamos de vacaciones”.
Hasta que un día miramos el calendario y descubrimos que quedan cuatro días para empezar el colegio y nuestro hijo considera completamente razonable cenar a las diez y media de la noche.
Comienza entonces la llamada “vuelta a la rutina”.
Pero volver al colegio no consiste únicamente en acostarse antes o preparar una mochila.
Septiembre supone para los niños un cambio importante.
Nuevo maestro en muchos casos, compañeros diferentes, horarios, normas, responsabilidades y, dependiendo de la edad, incluso un colegio nuevo.
Algunos están deseando volver.
Otros no tanto.
Y ambas cosas son normales.
Desde casa podemos hacer mucho para conseguir que ese aterrizaje sea más sencillo.
No hacen falta grandes estrategias.
A veces, las cosas pequeñas son las que más ayudan.
- Recuperar los horarios poco a poco
Pretender pasar de acostarse a las once durante todo agosto a estar dormido a las nueve la noche anterior al colegio suele tener un éxito limitado.
El cuerpo también necesita adaptación.
Unos días antes podemos ir adelantando progresivamente la hora de cenar, acostarse y levantarse.
Dormir bien probablemente sea uno de los mejores materiales escolares que podemos meter en una mochila, aunque no aparezca en ninguna lista.
Un niño cansado tiene más dificultades para concentrarse, gestionar sus emociones y aprender.
Y, por cierto, los adultos también.
- Hablar del colegio de forma positiva
Parece una tontería, pero los niños escuchan mucho más de lo que pensamos.
“Se te ha acabado lo bueno”.
“Ya verás cuando empiecen los deberes”.
“Este año vas a tener que estudiar muchísimo”.
“Disfruta ahora, que luego viene lo malo”.
Son frases que los adultos decimos casi automáticamente.
Pero imaginemos que alguien nos dijera algo parecido cada domingo por la tarde respecto a nuestro trabajo.
Probablemente tampoco afrontaríamos el lunes con demasiada ilusión.
El colegio no debería presentarse como el final de la diversión.
Es aprendizaje, sí.
Pero también amigos, descubrimientos, juegos, excursiones, conversaciones, experiencias y oportunidades.
- Escuchar sus preocupaciones sin intentar solucionarlas inmediatamente
A veces preguntamos:
“¿Tienes ganas de empezar?”
Y esperamos que la respuesta correcta sea sí.
Pero puede ser no.
Puede preocuparles no estar con su mejor amigo, tener un maestro nuevo, cambiar de clase o pensar que este curso será más difícil.
No siempre necesitan que respondamos rápidamente:
“No pasa nada”.
A veces necesitan simplemente poder decir que algo les preocupa y sentir que lo entendemos.
Escuchar también es acompañar.
- Dejar que hagan cosas solos
Septiembre es un momento estupendo para recuperar autonomía.
Preparar parte de la mochila.
Colocar la ropa.
Llenar su botella.
Guardar el desayuno.
Revisar qué necesitan.
Evidentemente, dependiendo de su edad.
Los adultos tenemos una tendencia bastante curiosa a hacer por los niños determinadas cosas porque tardamos treinta segundos y ellos cinco minutos.
Pero esos cinco minutos son aprendizaje.
La autonomía no aparece mágicamente cuando cumplen determinada edad.
Se entrena.
Y quizá una de las mejores preguntas que podemos hacernos sea:
“¿Esto necesita que lo haga yo o puede empezar a hacerlo él?”
- No llenar todas las tardes desde el primer día
Inglés.
Fútbol.
Baile.
Música.
Refuerzo.
Natación.
Robótica.
Y, si encontramos un hueco de cuarenta minutos el miércoles, quizá podamos introducir ajedrez.
Las actividades extraescolares pueden ser maravillosas.
Pero también lo es aburrirse un rato.
Jugar.
Estar en casa.
Ir al parque.
No hacer nada especialmente productivo.
Septiembre ya implica una adaptación importante. No siempre es necesario que el primer día tengamos organizada cada hora disponible hasta junio.
A veces conviene observar primero cómo responde el niño al nuevo ritmo.
- No convertir cada tarde en un interrogatorio
—¿Qué has hecho hoy?
—Nada.
Una de las conversaciones más repetidas de la historia de la educación.
Sabemos que no han estado cinco horas mirando una pared, pero esa suele ser la respuesta.
Podemos probar con preguntas diferentes.
“¿Qué ha sido lo más divertido de hoy?”
“¿Con quién has estado en el recreo?”
“¿Ha ocurrido algo que te haya sorprendido?”
“¿Qué ha sido lo más difícil?”
Quizá tampoco consigamos una conferencia de veinte minutos.
Pero estaremos abriendo otras puertas para conversar.
- Hablar bien del maestro delante de ellos
Familia y escuela no tienen que estar de acuerdo absolutamente en todo.
Habrá decisiones que una familia no comprenda o situaciones sobre las que necesite pedir explicaciones.
Para eso está la comunicación.
Pero existe una diferencia enorme entre plantear una duda al docente y desacreditarlo delante del niño.
Un alumno necesita sentir que los adultos responsables de su educación reman, en la medida de lo posible, en la misma dirección.
Si surge un problema, hablemos.
Preguntemos.
Aclaremos.
Pero intentemos no colocar al niño en medio.
- Aceptar que equivocarse forma parte del curso
Un olvido.
Un ejercicio mal hecho.
Una nota peor de la esperada.
Un material que se quedó en casa.
Nuestra primera reacción no siempre tiene que ser evitar que sufran cualquier consecuencia.
Equivocarse también enseña.
Si cada vez que olvidan algo corremos detrás para solucionarlo, quizá estemos evitando un pequeño problema hoy, pero también una oportunidad para aprender responsabilidad mañana.
Acompañar no significa eliminar todos los obstáculos del camino.
Significa enseñarles poco a poco a superarlos.
- No comparar
“Tu hermano a tu edad…”
“Fulanito ya lee…”
“Tu prima saca…”
Pocas frases ayudan menos.
Cada niño tiene ritmos, capacidades y dificultades diferentes.
Incluso dos hermanos educados en la misma casa pueden relacionarse con el aprendizaje de maneras completamente distintas.
La comparación útil es otra:
¿Dónde estaba este niño hace unos meses y dónde está ahora?
Ese progreso sí merece nuestra atención.
- Recordar que las notas no cuentan toda la historia
Claro que el rendimiento académico importa.
Pero durante un curso ocurren muchos aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.






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