Emilio Calatayud: El juez educador

Estos días el juez Calatayud ha sido protagonista en los Premios al Mérito en la Educación. Ha recibido en esta edición uno de los galardones como reconocimiento a su aportación a la educación a través de sus sentencias, con las que brinda una oportunidad a los adolescentes infractores para reinsertarse en la sociedad. En ‘Mis sentencias ejemplares’ (editorial Esfera), escrito junto al periodista Carlos Morán, se pueden leer muchas de esas sentencias.

Calatayud cuenta en este libro cómo empezó su andadura en la justicia, su opinión sobre la educación que los padres están dando actualmente a sus hijos, así como los casos en su juzgado de Granada que más sorpresa han despertado en la sociedad. Las sentencias del magistrado están siempre basadas en la reeducación del menor y buscan sacar lo mejor de cada uno.

Así, el juez Calatayud comprometido con los menores defiende que «ahora mismo lo que hace falta es no sólo un pacto por la educación, sino un pacto por el menor. En el sentido, de clarificar ciertos conceptos: quién es menor, lo que puede hacer, lo que no puede hacer, evitar contradicciones que tenemos en el ordenamiento jurídico con respecto al tema de actualidad como el aborto, la pastilla del día después, la edad para mantener relaciones sexuales… en fin que hace falta clarificar las ideas». El magistrado va un paso más allá.

En esta línea, defiende que «veo la juventud que está bien, pero la verdad es que hoy es complicado también ser joven y ser menor». Mantiene que es fundamental que los menores estén en las escuelas. «Pienso que la enseñanza obligatorio es fundamental y hay que luchar contra el fracaso escolar y el absentismo escolar y buscar alternativas a la expulsión. Los menores donde tienen que estar es en la escuela y hay que buscar alternativas. Todos los chavales deben estar en el centro en el horario escolar», matiza.

Sobre esas posibles alternativas apuesta porque «los chavales que no aguantan más de tres o cuatro horas sentados delante de un pupitre, podrían recibir formación para sacarse la enseñanza obligatoria, no solamente la típica de los libros de textos sino buscar formación con la misma titulación académica de albañiles, carpinteros, fontaneros, electricista… de tal manera que esa gente obtuviese la misma titulación académica, que es la enseñanza obligatoria».

A esto añade que «no estamos pidiendo ingenieros aeronáuticos, porque después hay chavales que modifican las circunstancias, maduran y a lo mejor ésos que han recibido formación de este tipo llegan a ser los ingenieros aeronáuticos. No obstante, los chavales de catorce, quince y dieciséis años a veces hay que buscarles alternativas a la formación porque no todos aguantan seis o siete horas sentados en un pupitre». Eso sí, el juez Calatayud insiste en que los menores donde tienen que estar es en la escuela. En esta línea, dice que sería positivo que lo primero debería ser optar a que los centros escolares tuvieran el asesoramiento de trabajadores sociales, psicólogos y demás profesionales.

El juez Calatayud va cada semana, si tiene tiempo, una o dos veces a institutos para impartir conferencias y hablar con los alumnos. Informa a los estudiantes de cómo está la situación de los menores en cuanto a los derechos que tienen, los deberes, la responsabilidad que tienen como consecuencia de ser menor y luego «analizamos los temas de actualidad y por último hago reflexiones en cuanto a la Ley del Menor».

Las preguntas más frecuentes de los alumnos se basan en si la policía los detiene los puede cachear, relaciones sexuales, los delitos informáticos, la grabación de imágenes, qué pasa si les pilla la policía fumando un porro o si le pega o amenaza a un profesor… Son sólo algunas reflexiones. Las sentencias de Calatayud tienen un gran impacto y buenas lecciones.

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