Alfonso Carraté: «¡Todos somos Música!»

Está claro que AIE se refiere a una pequeña parte del problema en su comunicado cuando, además, añade: “Durante los últimos 30 años, se ha logrado construir un plantel de orquestas sinfónicas profesionales de gran nivel que ahora se ve amenazado con reducciones, supresiones, imitación de plantillas y planes de discontinuidad que de llevarse a cabo, volverían a sumir a España en el penoso estado en que se encontraba hace 30 años”.

Lamentablemente, todo esto es cierto pero lo más triste es que se queda muy corto. Amén de las mencionadas 26 orquestas con financiación pública, existen decenas de instituciones musicales, agrupaciones y orquestas de índole privada o semi privada. Desde hace más de dos años, los profesionales de todos los ámbitos de la cultura y de la música en concreto, desde programadores y técnicos hasta profesores de orquesta y grandes solistas y maestros arriman el hombro para salvar el barco de la música de forma heroica. Es un barco que sigue a flote pero que hace agua por doquier. Es un barco del que ya han naufragado innumerables pasajeros mientras que los que quedan a bordo achican agua, reman, avivan las calderas o trabajan gratis con el único fin de que no se hunda. Es un barco cuyos capitanes, la clase política, de forma mayoritaria hace tiempo que abandonaron el puente de mando para no hundirse  con él. Lo último que se le consiente a un capitán de navío honorable.

Por ese motivo, AIE insistía en su arenga: “El mensaje de estos músicos, nuestros músicos, a los administradores y a los representantes legales elegidos por los ciudadanos es que contraigan el compromiso de respetar, proteger y desarrollar las orquestas sinfónicas profesionales como garantes de la excelencia musical. Destruir una orquesta es como cerrar una biblioteca o un museo”. Claro. Lo malo es que también se están destruyendo bibliotecas y museos…

Y, quién sabe. A lo mejor es cierto que no hay otro remedio, que no hay de dónde sacar más, que mientras una parte importante de la población pase hambre de verdad, de falta de alimento pura y dura, es impensable pensar en alimentar los espíritus. Quizás lo que marque la diferencia no sea lo que se hace sino cómo se hace. No es lo mismo escuchar decir a un alto responsable de la política frases como  “no importa prescindir de una orquesta profesional en mi comunidad autónoma si puedo sustituirla por la orquesta de los conservatorios” que ver a otro alto responsable lamentarse sinceramente de la situación y poner toda su energía en buscar soluciones realmente serias y alternativas viables.

Por ejemplo, hace diez años, en cualquier teatro de España podía verse un gran espectáculo musical, una ópera, una gala lírica con primeras figuras, un gran concierto sinfónico…era cuestión de tirar de talonario. Y con semejante planteamiento se hicieron grandes dispendios, injustificados macro eventos y desmanes de todo tipo. Una muestra de todo lo contrario es lo que, gracias al empuje de un Concejal de Cultura como el de la capital extremeña, Don Ángel- Pelayo Gordillo y a la sensibilidad de su alcalde, se llevó a cabo el pasado mes de septiembre en el Teatro Romano de Mérida. Allí pudimos asistir a una “Carmen” de Bizet multitudinaria, llevada a cabo con todas las garantías de calidad artística por el Maestro Pascual Osa y su Orquesta Filarmonía, junto a un elenco de jóvenes cantantes más que digno. Y todo ello gracias al afán de trabajar en conjunto, de “arriesgar” en aras de la viabilidad de la música hecha con imaginación y no al son de euros y más euros. Resultado: más de dos mil personas pudieron ver una ópera en un espacio donde no se veía ninguna desde hacía décadas, nadie se llevó millones a su bolsillo (ni lo hizo por caja “B”, como muchas de las grandes estrellas exigían hace años para recibir una parte de su remuneración), todo el mundo se esforzó soberanamente y nadie salió decepcionado del resultado.

Como rezaba el final del comunicado de AIE: “La música llena nuestras vidas y nos hace mejores. ¡TODOS SOMOS MÚSICA! “

Alfonso Carraté, director de la revista MELÓMANO

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