Leandro García Casanova: «Domínguez Ortiz, once años después»

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En el año 2000, Domínguez Ortiz publicó su último libro, ‘España, tres milenios de Historia’; pero en el prólogo ya advertía: “Escribo estas páginas, con cierto aire de testamento literario… responden a una necesidad, satisfacen unas aspiraciones, llenan un vacío; el vacío que deja la ausencia de una auténtica enseñanza histórica en los actuales planes de estudio de la enseñanza obligatoria”. Y se quejaba de que el nuevo plan de enseñanza era malo, “porque ha destruido la personalidad de la Historia, que se ha metido dentro de un área de Ciencias Sociales”. Lo ilustraba con el ejemplo de que tenía más importancia la Revolución de Asturias que la pérdida de América. Pero, a continuación, añadía: “Eso es un absurdo total. Lo importante de la Historia de España es aquel período en que ésta es universal, y eso es lo que interesa y lo que los extranjeros aprenden”. Como no podía ser menos, reivindicaba las tradiciones de los pueblos, pues decía que se había creado “una polémica artificial” con la Toma de Granada.

¿Por qué los granadinos –pregunto yo–, tenemos que renunciar a nuestras tradiciones o avergonzarnos de nuestro pasado histórico? ¿Acaso renuncian a sus costumbres y fiestas ancestrales los árabes, hebreos, ingleses…? Todos los pueblos procuran conservarlas bajo siete llaves y, si no, ahí están las conmemoraciones de las batallas de Trafalgar, Normandía, Waterloo….,  con su aire festivo: lanzando vivas y pegando unos cuantos cañonazos. Los franceses están muy orgullosos de Carlos Martel –el abuelo de Carlomagno–, que derrotó a los árabes en la batalla de Poitiers y detuvo el islam. Cuando Granada fue tomada, el 2 de enero de 1492, toda la cristiandad celebró la victoria, las campanas repicaron por toda Europa, pues unos años antes había caído Constantinopla en poder de los turcos.

“El titiritero de Artur Mas quiere la independencia de Cataluña y Rubalcaba, para salvarle la cara al Partido Socialista Catalán de Pere Navarro, pide la reforma de la Constitución para reconocer los privilegios de los catalanes. Once años después, los pronósticos de Don Antonio siguen vigentes”.

El Islam fue expulsado definitivamente de Europa, aunque yo no discuto que los árabes fueron los más avanzados de su época y que los mejores monumentos de Andalucía los construyeron ellos, ni pongo en entredicho que estuvieran cerca de ocho siglos en la Península, que muchos españoles lleven apellidos de ellos y que el 20% de nuestro vocabulario tenga origen árabe. Hay una época de la historia que me gustaría vivir para conocer a los personajes de los Reyes Católicos (Fernando fue el político hábil que incumplía sus promesas, e Isabel destacó por su tesón y fervor religioso); a Boabdil que ha sido un personaje maltratado por la historia, y no digamos a Cristóbal Colón, que también murió en la miseria y despojado de sus títulos. España fue el primer Estado de Europa y Granada le debe mucho a los Reyes Católicos (quisieron que los enterraran aquí), pero quienes critican la Toma es que no conocen nuestra historia. Cuando el rey Felipe II miraba el cuadro de sus abuelos, los Reyes Católicos, exclamaba: “A ellos se lo debemos todo”. Pero es una desgracia que los extranjeros tengan que reescribir nuestra Historia.

Domínguez Ortiz, siguiendo a Sánchez Albornoz, estaba convencido de que la unidad de España es algo reconocido desde la antigüedad. Pero, ya en el 2002, barruntaba el peligro de que se volviera a romper el Estado español: “Con la Constitución que tenemos hay amenaza de resquebrajamiento, porque fomenta las divisiones, las autonomías y los particularismos. La lección que debemos sacar, es que hemos llegado al límite y que, más allá, no hay nada más que la destrucción de España”. Y lanzaba un aviso a navegantes: “Las discusiones sobre ampliar la Constitución, hacerla más flexible y aumentar las atribuciones a las comunidades, conduce directamente a los reinos de taifas”. ¿Hace falta recordar lo que ya decía el abuelo de Maragall en su tiempo?: “¡Adiós, España!”. El titiritero de Artur Mas quiere la independencia de Cataluña y Rubalcaba, para salvarle la cara al Partido Socialista Catalán de Pere Navarro, pide la reforma de la Constitución para reconocer los privilegios de los catalanes. Once años después, los pronósticos de Don Antonio siguen vigentes.

Todos coinciden en que Don Antonio fue, ante todo, un hombre honesto: “La historia de España está sujeta a discusión y, a lo único que se puede aspirar, es que las personas de buena voluntad interpreten las cosas rectamente y no con un sentido partidista, que es lo que muchas veces sucede”. Incluso se sentía orgulloso de que, Pierre Vilar y él, estaban de acuerdo en casi todo. El historiador debe ser como el notario que levanta acta del pasado, y no como esos intérpretes sectarios que se arriman al sol que más calienta. Pero, cuando uno se pone a releer la Historia de España, te entran ganas de llorar por los malos gobernantes que ha tenido y que, casi siempre, apostaron a caballo perdedor. Y sin embargo, cuanto más la conoces, más amas a tu patria. ¡Triste de ti, España! Te sobran salvapatrias y te faltan gobernantes mediocres, que siquiera tengan algo de sentido común.

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Me llamó la atención que la revista valenciana Historia Social (número 47, de 2003), le dedicara un monográfico a Domínguez Ortiz –lo tenían planificado para antes de su muerte–, y quizá por ello me decidí a dedicarle este humilde artículo, a pesar de considerarme un profano de la Historia. El mejor homenaje que le podemos dedicar se resume en esta frase del dramaturgo, José Martín Recuerda, con motivo de la muerte del historiador: “Fue mi profesor en el Instituto Padre Suárez. Yo era un muchachillo, pero me hice amigo de él y me enseñó a amar la Historia”. Creo que los granadinos tenemos una deuda pendiente con Don Antonio, un maestro de la Historia sencillo, sabio y prudente. ¡Ay, de la mi Granada, tan cicatera y sin memoria!

 

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