Blas López Ávila: «Temprano madrugó la madrugada»

Seguramente podrán ser más comprensivos conmigo si les digo que acabo de ver la foto del crío de tres años “dormidito” en las playas de Turquía a las que acude el turismo internacional de mayor poder económico ¡Maldito mar, maldita codicia humana, malditos los corazones que provocan tanto horror y tanto sufrimiento! Sí, esto es un sindiós que nos abrasa y que nos sume en un caos tan profundo o más aún, si cabe, que al que se refiere el texto bíblico. Porque solamente desde una sociedad tan banal como prepotente – la mal denominada del primer mundo- es posible que esta imagen no nos provoque el vértigo, la náusea y el vómito sin atisbar en el horizonte un remedio que las alivie. Aunque, claro, la culpa siempre será de los otros; nosotros bastante tenemos con proclamar nuestros éxitos, nuestra buena posición social y exhibir impúdicamente lo que tenemos y no lo que somos.

  Ya sé que cientos de niños mueren diariamente por culpa de los otros pero tu foto se ha convertido en todo un símbolo que difícilmente podrá borrarse de las retinas de las gentes de buen corazón.   

Ya sé que cientos de niños mueren diariamente por culpa de los otros pero tu foto se ha convertido en todo un símbolo que difícilmente podrá borrarse de las retinas de las gentes de buen corazón. Por eso al ver hoy la imagen de tu cuerpo recostadita sobre la playa no he podido evitar tragar saliva y enturbiárseme los ojos y les puedo asegurar que es cuando he visto más claro: el mundo hoy sin ti, pequeñito, es un lugar mucho más frío, más despreciable, más inhóspito… Esta noche la humanidad no podrá irse a dormir especialmente orgullosa de haber conseguido ofrecer el indigno espectáculo de haber asesinado la inocencia. Sí, hoy el mar nos devuelve a la orilla de la playa tu cuerpecito inerte y con él toda la miseria de la que el género humano es capaz.

He de reconocer que siempre he sentido una cierta atracción por los perdedores –acaso porque yo también lo sea, acaso porque soy terriblemente consciente de que en esta partida, que no es otra cosa la vida, todos somos perdedores- pero tú, como todos los niños del mundo, tenías derecho a ser feliz en la única etapa de la vida en la que el ser humano es capaz de serlo plenamente y por eso te he sentido tan dentro, tan propio, tan cercano y tu desgarradora muerte me ha llenado de rabia y de impotencia ¡ No hay derecho, no hay derecho a jugar con la vida de criaturitas como tú! Nunca he creído en la caridad, sustituida hipócritamente, en esta hipócrita sociedad, por el buenismo sino en la justicia. Hace tiempo ya que también dejé de creer en ella y sólo confío en el recto proceder de las gentes de buen corazón pero ¡quedan ya tan pocas!…En los próximos días verán cómo se abre el debate social y político en los que unos a otros se lanzarán mierda a la cara para seguir sin solucionar ningún otro problema que el de sus propios intereses y los de su tribu. Y tú seguirás muerto y diariamente seguirán muriendo tantos otros como tú. Insisto: ¡No hay derecho! La humanidad camina enloquecidamente hacia su propia destrucción ante la cómplice mirada de una parte del mundo, más preocupada por tener un coche mejor o un dispositivo móvil de última generación.

En esta noche tan triste, en la que siento tan cerca la soledad de la muerte, me vienen a la memoria los recuerdos de mi infancia, aquello que me enseñaban mis padres de que el sueño de los niños los vigilaban los angelitos. Y me gustaría aferrarme a esas remembranzas y pensar que en el último momento, pequeñín, cuatro de ellos bajaron para llevarte en una nube de algodón a otros mares menos procelosos, a otras playas mucho más serenas y transparentes, con toboganes de chocolate y nubes de azúcar, con surtidores de leche y miel en los que saciar tu hambre y tu sed y en los que dar rienda suelta a tu alegría. Pero mucho me temo que esto no funciona así, sólo queda el dolor, el olvido, el caos…

BLAS LÓPEZ ÁVILA

 

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