Juan Santaella: «Es necesaria una escuela crítica y valorativa»

La escuela puede fomentar la sumisión y el conformismo o puede estimular la participación, la crítica y el inconformismo, es decir, “puede preparar para ejercer el poder o para padecerlo”, en palabras de A. V. Pascual. Si un centro se organiza verticalmente, tiene una línea pedagógica sólo informativa y es autoritario en sus métodos, está fomentando la sumisión y la dependencia respecto al poder; si, por el contrario, tiene una estructura democrática y participativa y los contenidos son formativos e informativos, el centro está preparando a los alumnos para ejercer el poder y para la adquisición de una mentalidad crítica y autónoma. Desgraciadamente, en muchos centros y en muchas familias, la práctica educativa se caracteriza más bien por “la transmisión de conocimientos cognoscitivos y normas de conducta, en perjuicio de los procesos de diálogo, reflexión y elección libre”, afirma Pascual.

Si no somos críticos con el sistema, la escuela puede convertirse, en opinión de Félix López, en una institución destinada a “reclutar, seleccionar y distribuir” en el mercado a los ciudadanos, para “inculcar e imponer” los valores dominantes y para “legitimar y reproducir” la sociedad tal y como es o como los grupos dominantes quieren que sea en el futuro, con lo que la escuela se convierte en el ámbito donde se vive y se practica la competitividad, el triunfo social, la vida fácil, etc.

  En muchas ocasiones, la práctica educativa se caracteriza más bien por la transmisión de conocimientos cognoscitivos y normas de conducta prefijadas, en perjuicio de los procesos de diálogo, reflexión y elección libre.

Una de las claves negativas de la postmodernidad es el relativismo y la duda, producto de la igualdad de todas las opiniones que puedan sostenerse por personas, por colectivos, por pueblos o por culturas distintas. Según estos principios, la verdad no existe, sino que es producto del consenso; la duda está en todas partes, afirma Hargreaves, con lo que la tradición se muestra en retirada y las verdades morales y científicas han perdido su credibilidad y, con ello, aparece el fundamento de una enseñanza moralmente amorfa y poco valorativa.

Contra este relativismo en la sociedad y en la escuela arremete duramente José Antonio Marina, al no considerarlo un síntoma de progresismo, porque si todas las opiniones tuviesen el mismo valor, las creencias de los antidemócratas serían tan válidas como las de los demócratas, idea a la que se han apuntado los neofascistas europeos. El relativismo cultural, que tan liberador parece, acaba en el nazismo y, por ello, los dictadores siempre defendieron la relatividad de los derechos humanos. Para Marina, si la modernidad identificó la inteligencia con la razón, y la postmodernidad con la creación estética, la ultramodernidad, la actual etapa de la historia por la que él aboga, significa identificar la inteligencia con el comportamiento ético.

También Noam Chomsky entiende que el relativismo es reaccionario al considerar muerto al enciclopedismo y a las ideas ilustradas y con ello al mundo de la ciencia y a la racionalidad, lo cual llena de gozo a los poderosos, que pueden servirse de su propia razón para imponer sus criterios y sus intereses.

Lo que diferencia, por tanto, a la modernidad de la postmodernidad es que la primera se basa en el pensamiento ilustrado, y se caracteriza por el culto a la razón y a la ciencia, defiende que hay una verdad común, una ética universal y una historia compartida por toda la Humanidad; en tanto que el postmodernismo (escaldado por ciertas consecuencias nefastas de la modernidad, que al confiar tanto en una verdad universal, coincidente casi siempre con la verdad de la cultura occidental, llegó a construir dogmatismos, fanatismos, etnocentrismos, colonialismos y otras lindezas similares) considera que cada cultura ha de tener su autonomía (lo cual es acertado), y que todas ellas son equivalentes (lo que resulta ser una barbaridad, cuando en ciertas culturas se rechaza la igualdad de la mujer, o se defiende la existencia de castas o la desigualdad básica del ser humano).

Para Jürgen Habermas, la modernidad quedó inacabada y procede completarla. Según él, hay que volver a la modernidad y romper con las ideas postmodernas tan en boga hoy en día, haciendo vigente las opiniones de Kant, el más genuino representante de la modernidad, en cuanto que defiende con ardor al sujeto y la razón, frente a la postmodernidad que, rechazando los métodos experimentales, defiende la disolución de éstos y la entronización del ímpetu, la desmesura y la pasión. Para Habermas, sólo cabe completar la modernidad colocando, junto al sujeto y la razón, la ética, que ha de convertirse en el objetivo esencial de cualquier actividad humana y que ha de inspirar la relación de los hombres, en el campo de la economía, de la cultura, de la educación y de las relaciones humanas.

Por tanto, siguiendo las directrices de Marina, de Habermas y de Kant, la escuela debería fomentar los valores clásicos de la modernidad: la solidaridad, la autonomía moral, la libertad, la justicia y la honestidad. Con este criterio coincide plenamente Victoria Camps, según la cual la educación ha de ser valorativa porque “no puede limitarse a reproducir personajes iguales a los ya existentes”, sino que ha de ser crítica y “no se conforma con las maneras de ser vigentes si las juzga discutibles. Por el contrario, intentará cambiarlas por otras”.

Juan Santaella López
Publicado en Ideal, el domingo 13-9-2015

 

 

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