Leandro García Casanova: «Recuerdos de Navidad»

Sin embargo, estuve en duermevela hasta que el despertador sonó poco después de las 6 horas y entonces me levanté. Me daba cuenta de que soñaba verdaderas pesadillas pero, al despertar, por primera vez vi el lado positivo: los sueños nos hacen recordar o revivir historias y personajes del pasado, que están guardados en nuestro subconsciente. Benditos sueños que nos traen del más allá a nuestros padres, familiares y hasta personajes de nuestra infancia, con los que compartimos unos instantes fugaces, a veces en situaciones absurdas e o inexplicables, en un total desorden. Hace tiempo que leí ‘La interpretación de los sueños’, de Sigmund Freud, y lo único que saqué en limpio de los razonamientos del siquiatra vienés es que siempre soñamos con alguien que hemos estado, o recordado, las veinticuatro horas antes.

La explicación que encuentro a que yo soñara con mi madre, en un hospital de Granada, es la siguiente: el próximo 27 de diciembre va a hacer 38 años de la muerte de mi padre, en el Hospital Clínico. Aunque, también pienso que fue un sueño breve con mi madre, en un momento tenso. Me han ocurrido estas dos curiosas anécdotas, relacionadas con mi padre. Hará unos ocho años que empezó a andar un antiguo reloj de bolsillo (lo guardo como recuerdo suyo), en el aniversario de su fallecimiento y precisamente sobre las 16 horas cuando expiró. Es demasiada casualidad que se pusiera en marcha el reloj de cuerda, cuando siempre ha estado parado. Aquel tic tac hizo que me acordara de mi padre. Hace dos años volví a caer en la cuenta de su aniversario porque, al dejar de escribir en el ordenador y girar la cabeza, mis ojos se clavaron en el extraño reloj de bolsillo, que se encuentra tras el cristal de un armario. ¿Son puras casualidades o es que el ánima de mi padre trata de llamar mi atención o quiere decirme algo? No creo demasiado en el más allá, pero algo debe de haber.

  La muerte de los seres queridos, y especialmente de nuestros padres, nos coge siempre desprevenidos y esto hizo que yo apreciara más a mi padre, cosa que no había sabido hacer en vida. 

Mi padre murió de un cáncer de estómago, con 58 años y sin hacer testamento, como es natural a esa edad. Más tarde fue necesario hacer una serie de trámites, como la declaración de herederos y mucho papeleo… La muerte de los seres queridos, y especialmente de nuestros padres, nos coge siempre desprevenidos y esto hizo que yo apreciara más a mi padre, cosa que no había sabido hacer en vida. A partir de entonces soñé con mi padre muchas veces durante más de un año y la historia se repetía una y otra vez, con algunas variantes: yo trataba por cualquier medio de decirle que le quedaba poco de vida para que hiciera el testamento, arreglara sus cosas y se despidiera de la familia y de sus amigos. Soñaba que estábamos sentados en la mesa camilla o en otro sitio, pero, cuando le iba a confesar la enfermedad que tenía, siempre me despertaba. Más o menos, los sueños eran así.

Tras su muerte me había quedado un cierto sentimiento de culpa, por no avisarle o quizá por no saber comprenderlo, hasta que un día se me encendió una bombilla en el cerebro al levantarme por la mañana. Era uno de esos pensamientos volanderos que a veces se instalan en tu mente, sin haberlos buscado. Este fue el razonamiento tan simple que me convenció, aunque lo había tenido delante de mis narices: si mi padre se hubiera enterado que tenía un cáncer de estómago y que le quedaba un año de vida, como pronosticó el especialista, se hubiera muerto de pena mucho antes, con lo aprensivo que era. Sí, fue mejor que no supiera nada. A partir de aquel día, ya no volví a soñar más con mi padre tratando de avisarle para que arreglara las cosas y se despidiera de los seres queridos y de Castilléjar, la tierra que tanto amó. Años después, recuerdo que murió de cáncer el exministro Francisco Fernández Ordóñez. En las últimas fotos se le veía bastante delgado y la chaqueta le quedaba holgada. El médico y la familia se encargaron de decirle que la delgadez se debía a problemas intestinales y de esta forma no llegó a enterarse de su enfermedad.

No haría un año de la muerte de mi padre, cuando mi madre y yo fuimos a visitar a mi abuelo, en el Cortijo del Cura, pues se encontraba postrado en la cama y ya no salía a la calle. En un momento dado el abuelo me preguntó por mi padre –con el que no se hablaba– y yo, con toda la inocencia del mundo, le dije la verdad: “Pero, ¿no se ha dado cuenta de que mi madre va vestida de luto?”. Lo único que recuerdo es que una enorme lágrima brotó de su ojo izquierdo y que casi fue instantánea mi respuesta y su reacción emocional. Es la última imagen que se me quedó grabada de mi abuelo, porque falleció poco tiempo después, pero siempre tuve la pesadumbre de haberle informado de la muerte de mi padre, que con tanto celo mis tíos le ocultaban. Nadie me previno, pero mejor hubiera sido no decirle nada en sus últimos días y evitarle el sufrimiento. Os deseo a todos que paséis una Navidad en paz y en familia.

 

 

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