Rafael Bailón: «No me gustan las zancadillas»

Desde muy pequeño aprendí a distinguir a quienes se acercan a uno por el interés, frente a quienes saben practicar lo que pudiéramos denominar “amistad verdadera”. Decía Aristóteles: «La amistad es un alma que habita entre dos cuerpos». En este sentido, quiero profundizar en una idea que abordé semanas atrás. Las personas a veces renuncian a su esencia, dejando su personalidad en pro de satisfacer las exigencias de otros (se convierten en simples marionetas o títeres de quienes manejan a su antojo).
Esos individuos carecen de valores y valor (únicamente conocen la llamada del engaño y la treta para medrar/traicionar a seres que formaron parte de su entorno más cercano). He conocido personas maravillosas con un fondo admirable a las que han torpedeado en relaciones familiares o de otra índole, así como les han hecho caer en el ámbito laboral (han sido ninguneados y/o humillados hasta la saciedad). Sinceramente, esos adláteres que buscan el beneficio personal a costa del daño a otros no me merecen el más mínimo respeto (en la mayoría de las ocasiones carecen de valía personal y profesional). Por el contrario, en esta vida terrenal que pudiéramos catalogar como “valle de lágrimas”, coincidimos también con compañeros de trabajo con los que trabajas gustosamente (transmiten con cada sincero gesto), familiares que te quieren con locura (lo mismo que tú a ellos) o esa otra mitad que ansías (ese hombre o esa mujer que saben qué te ocurre o cómo piensas sin que pronuncies una palabra).

La amistad verdadera al igual que el amor verdadero nos muestra a seres sin maquillajes, capaces de desnudarse ante ti, mostrándose tal y como son (con sus defectos y sus virtudes). Pero, ¿qué es lo que diferencia una amistad verdadera de un simple compañero? Tu amigo/a te dice qué haces bien y en qué te equivocas. De la misma forma, siempre te brindan su apoyo (sabes que tienes un hombro cercano en el que llorar o desahogarte).

Ante todo, hay algo que no todos los seres humanos tienen: corazón. Cierto es que los vivos contamos con uno en sentido estricto, si bien no hacemos uso del mismo como debiéramos (algunos/as adolecen de sensibilidad). Por ello, huyo de quien rebosa egoísmo y maldad por cada uno de los poros de su piel. Rechazo las conductas torticeras de aquel que miente a los jefes, a la pareja, a sus padres y/o hermanos, con el único objetivo de medrar o conseguir un beneficio propio (esto suelen hacerlo personas con escasa talla moral, ética, personal, profesional y de cualquier índole).

Abrazo a esos que se acercan a ti (en los malos momentos) y con una simple mirada o una palmadita en la espalda, expresan cercanía, confianza, complicidad; en definitiva “amistad verdadera”.  Espero que tomemos nota y hagamos un mundo más humano, sin falsas sonrisas ni zancadillas al prójimo.

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Rafael Bailón Ruiz

Profesor del IES Ribera del Fardes

(Purullena, Granada)

 

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