Francisco Javier Sánchez: «El desaparecido»

Contemplaba mi imagen en el espejo cuando se me ocurrió susurrar la frase que lo cambió todo: «Ojalá pudiera estar al otro lado». Hasta entonces únicamente había sido un pensamiento. Una idea de las que surgen de la nada, encienden los ojos y rebotan hasta perderse en el vacío de la memoria. Pero ese día, la idea salió de mis labios y alguien la oyó.

 

Acababa de amanecer. Fui al cuarto de baño y me afeité sin prisa. Formulé mi deseo mientras calmaba con un bálsamo la piel irritada; me incliné para limpiar la cuchilla y al levantar la cabeza vi a un hombre sonriente, de barba poblada. Él me indicó el camino.

Desayuné en silencio, sentado en la mesa de la cocina, atisbando el horizonte azulado a través de la ventana. El segundero del reloj marcaba el ritmo de mis latidos y el frío se extendió, intenso, como una señal. Me puse el abrigo y salí de casa. Metí la mochila en el maletero y, antes de entrar en el coche, comprobé que el móvil estaba apagado. Me senté al volante, arranqué y me dirigí a las montañas.

Era mediodía cuando aparqué el vehículo en la entrada del bosque, en una explanada de la que partía un sendero. Abrí el maletero, saqué la mochila y comencé a caminar. Pasaron algunas horas y no me inquietaron en absoluto las imágenes de mi mujer: «Te has ido sin despedirte, ¿va todo bien?». Ni de mi hija, estudiante en otra ciudad: «¿Podrías hacerme una transferencia? Necesito ropa nueva y el casero ha preguntado un par de veces por el alquiler del mes». Ni de mi jefe, molesto al ver mi silla vacía: «¿Qué pasa? Hay gente esperando en la tienda. ¿Piensas venir?». No, no pensaba ir. No iría ese día, ni al día siguiente, ni al otro. Puede que no volviese nunca, puede que me quedase en aquellas montañas hasta decidir si la vida de ayer tenía más sentido que pasear hoy por el bosque y admirar sus colores. Y no lo tenía.

Tumbado en una roca, al atardecer, adormecido por el rumor de un río cercano, con los ojos fijos en la luz filtrada entre las copas de los árboles, me sentí, por fin, un hombre vivo. Respiré aire limpio, delicioso, y temí que tanta pureza asustara a mis pulmones, acostumbrados a capas de contaminación. Al cabo de un rato me incorporé y seguí disfrutando: los cantos de los pájaros, el tintineo de la cantimplora, la gravilla crujiendo bajo mis botas. Me agaché y recogí algunas flores que brotaban de la tierra húmeda. Me inundó el silencio. Y ese olor… ¿Qué importaba ya cualquier otra cosa?

No sé cuánto tiempo permanecí así, alimentándome de bayas, hierbas y peces; bebiendo agua del río; durmiendo en un saco que quizá en otro tiempo fuera cómodo, al raso para contemplar las estrellas (la claridad de los astros hería mis ojos y a veces brotaban lágrimas de ellos) o, en las noches más frías, a la entrada de una cueva, apoyado en las paredes de piedra. Lo cierto es que una mañana desperté envuelto en una misteriosa niebla, me acaricié la barba y decidí que debía regresar. El hombre muerto volvía al mundo de los vivos. El hombre vivo volvía al mundo de los muertos.

Más tarde, junto al coche, encendí el teléfono, introduje la contraseña (me costó de veras recordarla) y comprobé que en aquel lugar había señal, débil, pero suficiente: dos rayitas. Esperé unos segundos, miré la pantalla. La fecha y la hora estaban desconfiguradas; aparte de eso, nada. Transcurrieron unos minutos. Nada. ¿Y mi familia? ¿Y mis amigos? No había ningún mensaje. Ninguna llamada perdida. Entre abatido y furioso, marqué el número de mi mujer con los dedos entumecidos y movimientos torpes: apagado. Llamé a mi hija: apagado. No quise llamar al trabajo. En el caso de que alguien hubiese contestado, no habría sabido qué decir.

Cavilé durante largo rato. ¿Cuánto tiempo había pasado en las montañas? ¿El suficiente para borrar un pasado? Imposible. Como mucho, ocho, nueve días; de otro modo, el móvil no se habría encendido. No me atreví a consultarlo en el buscador que todo lo sabe. Yo tenía una vida. O quizá no. Quizá había cruzado al otro lado del espejo.

Paseé alrededor del coche; me sorprendió su estado: la pintura descolorida, el óxido en las llantas. Entonces tomé la decisión. Elegí volver al bosque. ¿Cómo aventurarme a traspasar los límites de mi reino sin saber qué se ocultaba más allá? Me coloqué la mochila en la espalda y me puse en camino. Otra vez. Los pájaros se alegraron de verme y no puedo decir que aquel regreso me resultara indiferente. Me asomé a las aguas cristalinas del río. Vi el rostro afeitado de un hombre triste. Yo sonreía como un ermitaño feliz.

F I N

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