Francisco Javier Sánchez Manzano: «Cuento de navidad y otras ideas»

A finales de 1843, se publicó una novela corta titulada Cuento de Navidad (A Christmas Carol). Su autor, Charles Dickens, era ya conocido por haber escrito obras notables como Oliver Twist (1839) o Nicholas Nickleby (1839). Cuento de Navidad está protagonizada por Ebenezer Scrooge, un viejo avaro y solitario que recibe la visita de los espíritus de las Navidades pasadas, presentes y futuras. Lo que le muestran esas visiones hará que, poco a poco, el viejo comprenda que la verdadera riqueza consiste en ayudar a sus semejantes.
Justamente cien años después, el estadounidense Philip Van Doren Stern, inspirado por un sueño que tuvo en 1938 y por el cuento de Dickens (no necesariamente en ese orden), escribió un relato titulado The Greatest Gift, el cual, tres años más tarde inspiró (de nuevo) el guion de Frances Goodrich y Albert Hackett para la famosa película Qué bello es vivir (It’s a Wonderful Life, 1946).

Resulta interesante comprobar lo cerca que en algunos casos se encuentra la realidad de la ficción: Qué bello es vivir describe cómo sería el mundo si no hubiese existido George Bailey (James Stewart); del mismo modo, si no hubiese existido Charles Dickens, muchos nos habríamos quedado sin esa joyita cinematográfica que nos descubre lo que significa que suene una campana en el árbol de Navidad, o lo importantes que somos para los que nos rodean. Lo único seguro es que Dickens murió en 1870, ajeno al revuelo que él mismo había causado, sin saber quién es el ángel Clarence ni lo bello que es vivir. O quizá no tan bello, si se trata de proporcionar gloria a otros. Aunque, pensándolo bien, a día de hoy nadie se acuerda del tal Van Doren, ni de sus sueños cargados de inspiración. Tampoco son muy conocidos Goodrich ni Hackett; sin embargo, todo el mundo se acuerda de George Bailey, que tendrá siempre el rostro en blanco y negro de James Stewart. No deja de ser curioso que años más tarde, Stewart interpretara al senador Ransom Stoddard, famoso por haber matado al malvado Liberty Valance, a pesar de que, en realidad, el hombre que mató a Liberty Valance fue Tom Doniphon (John Wayne). Así es la vida: entre los hechos y la leyenda, nos quedamos con la leyenda. Y la literatura, como la vida, está llena de impostores. Por suerte, en este caso todo el mundo recuerda a Charles Dickens, la persona que tuvo la idea original, esa de la que después han bebido muchos y gracias a la cual hemos disfrutado muchos más.

Me gustaría pensar que el ejemplo de Dickens sirve para mostrar por qué las ideas son tan valiosas para un escritor. Toda buena obra parte de un momento de inspiración: «Dadme un punto de apoyo y escribiré un mundo», dice Matt Lucas, el protagonista de El hombre de la gasolinera, una novela pequeña pero cargada de ideas golosas. En efecto, ese punto de apoyo puede ser una visión, el susurro de los duendecillos o, en caso de que escasee el talento, las páginas ya escritas por los méritos de otros. Recuérdenlo si vuelven a encontrarse con Matt Lucas en una tierra alejada donde (casi) nunca pasa nada. Recuérdenlo, por supuesto, cuando suene una campana en el árbol de Navidad..

F I N

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Francisco J. Sánchez Manzano

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