Virtudes Montoro: «Nochebuena y otras liturgias»

 

Si te has preguntado alguna vez por qué se celebra la Nochebuena un día como hoy, los datos apuntan que es en el año 345, pontificado de Julio I, o como afirman otros estudios en el 354, siendo Papa Liberio, cuando se fija desde Roma el día oficial de la Nochebuena, coincidiendo con la fecha en la que Roma festejaba el Nacimiento del Sol Invicto, fiesta pagana con la que se celebraba la llegada del solsticio de invierno.

Más allá de este dato histórico, lo que más nos preocupa estos días se refleja en esta pregunta, que se escucha por todos lados: “¿Qué vas a hacer esta noche?” Las respuestas son variadas: “Pues me toca en casa de mi suegra, que Dios me ampare”, o, “esta noche me toca aguantar a mi cuñao, ¿será posible? Por mí me quedaría en casa, tan a gusto, ¡mira tú que tener que salir esta noche pa estar con el desgraciáo ese, mal rayo me parta!”. “¿Yo? Pues nada, me quedo en casa, no salgo ni dar un recao”. “Esta noche estaremos toda la familia, viene mi hermana de Londres”. “Esta noche vienen todos mis hijos y mis nietos, verlos a todos juntos, ¡qué ilusión más grande!”. “Esta noche te vas con tu madre, y yo con la mía, anda y que te den. Que Nochebuena ni Nochemala”

A esta Noche se le concede tanta importancia, que ha provocado la aparición de un grupo subversivo, por una parte, que proclama como enemigo público número uno la cena que acontece. El hecho de tener que ver obligatoriamente a miembros de la familia con los que no hay una buena relación, tener que celebrar una comilona con ellos, aguantarlos en estado etílico o “graciosillos”, convierte la Nochebuena en una Noche Horribilis para este grupo.

Por otro lado, está el bando de los que consideran esta Noche como la representación máxima de la institución familiar, del amor fraterno, materno y filial. Cuidan cada detalle con una delicadeza bella, miman la elección de la mantelería, los cubiertos, las vajillas (que durante un año han sido guardadas). Con sonrisas festejan esta cena. No importa cuántos comensales acudan, lo importante es dar lo mejor que se tenga.

Os deseo que apacigüéis con calma la “sed”, que comáis lo justo para no vomitar y ante todo que riáis, mucho y más, hasta que os duela la mandíbula.

Esta noche tiene muchos tintes y sobre todo es una noche nostálgica para ambos bandos. Se echa de menos lo que se tuvo, las personas que ya no están. Los recuerdos se amasan, y sea cual sea el significado que se dé a esta noche; todos nos quedamos a solas con nuestra memoria un rato, charlando con todos los fantasmas que ya no están o que se encuentran lejos.

Y a mi memoria, acude este recuerdo navideño, una anécdota de esta noche muy, por así decirlo, particular. En plena cena de Nochebuena hace más de veinte años, de repente, escuchamos un atroz ruido seguido de gritos. Nos alarmamos, y aún más, cuando nuestro vecino comienza a llamar a gritos a mi madre; “¡Antonia, Antonia, ven, que Rosario me ha tirao el árbol de navidad encima!”. Efectivamente, mi madre nos relata, esa noche, y desde entonces todas las Nochebuenas, que Rosario, la mujer de Juan, nuestro vecino ciego, le ha tirado encima el árbol de navidad. Mi madre nos describe un paisaje desolador, el pobre hombre tirado en el suelo, rodeado de bolas de navidad de todos los colores, las luces aún parpadeantes encima de él, conceden a la escena un aire retro así los espumillones dorados enredados a su cuello, confieren al cuadro un aire destellante y elegante. Mi madre prosigue contándonos que ha tenido que curar y vendar a Juan, y que como ha podido, ha armado otra vez el árbol. Rosario también tiene una discapacidad visual que se ve aún más perjudicada, por los “ciegos” que se pilla. Juan también tiene “facilidad” para beber, así que, en menos de un segundo, este matrimonio te armaba el belén y te desmontaba el árbol de navidad.

Para mí, aparte de este recuerdo surrealista, las historias de mi madre han sido y siguen siendo, las protagonistas de la Nochebuena. Sus relatos sobre cómo vivía ella esta noche siendo una niña, allá por años cuarenta, deja fascinando a quien la escucha: “sólo había una fuente de boniatos asados, y la gallina que habíamos matado esa mañana, cocinada con ajo y vino. También pan de aceite, que era lo que más me gustaba, junto a la imagen de mi padre cantando y nosotros riendo, con más hambre que ganas de reír, eso sí. Con esta sencillez vivía yo mi Nochebuena.”

Así, tanto a los que estáis en contra, como a los partidarios, os deseo, sobre todo, que no os tiren encima un árbol de Navidad, y que améis no de forma más especial, si no como siempre a las personas que os rodean. Y dentro de un orden armónico, os deseo, resistir las ganas de salir huyendo o de insultar a cuñados, suegras u otros parientes. Os deseo que apacigüéis con calma la “sed”, que comáis lo justo para no vomitar y ante todo que riáis, mucho y más, hasta que os duela la mandíbula. ¡Feliz Noche!

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