Jesús Fernández Osorio: «¿Saldrá nuestra sociedad de esta crisis más unida y solidaria?»

 

“Con el tiempo todo pasa. He visto, con algo de paciencia, a lo inolvidable volverse olvido, y a lo imprescindible sobrar” (Gabriel García Márquez)

 

Cuando se va cumplir la segunda semana de confinamiento domiciliario y como, oteando el horizonte de –al menos– otra cuarentena más, puede que nuestras fuerzas comiencen a flaquear, se impone una reflexión serena y lúcida que nos permita afrontar las circunstancias excepcionales que estamos viviendo; una realidad global e inabarcable que de modo repentino e inesperado nos ha obligado a cuestionar la actual jerarquía de valores de la sociedad.

La propagación de la pandemia del Covid-19 nos ha situado de golpe ante nuestras carencias, ante las verdaderas prioridades en la vida y ante una obligada redefinición de nuestra escala de valores. Así, encerrados como estamos, podemos percibir claramente innumerables señales de optimismo: la creciente cooperación vecinal, el compromiso social hacia quienes más lo necesitan, la solidaridad y el altruismo desinteresado que nos dan cuenta de las mejores virtudes y cualidades del ser humano. Pero, lamentablemente, estas señales positivas no son únicas, también aparecen con frecuencia rastros de lo más mezquino y miserable de que es capaz nuestra especie. Vayamos por partes y veamos, a mi entender, nuestras actuales fortalezas y debilidades.

En primer lugar, y por tanto, deudores unánimes de la máxima admiración y reconocimiento, encontramos a todo el personal sanitario que, como no podía ser de otro modo, se halla en primera línea de contención de ese enemigo invisible y despiadado que nos acecha en forma de virus. Médicos y enfermeras que, a todos nos consta, están desplegando un esfuerzo colectivo máximo en frenar la pandemia, aún a expensas del riesgo de poner en peligro sus propias vidas. Esfuerzo y sacrificio personal que conozco del modo más directo desde el punto de vista emocional y afectivo.

Infancia y adolescencia que, debemos reconocer públicamente, están sabiendo sobrellevar de modo admirable su sufrido y contranatural aislamiento.

No me olvidaré de citar en este primer punto, de optimismo y confianza ciega en el futuro, a nuestros niños y niñas. Infancia y adolescencia que, debemos reconocer públicamente, están sabiendo sobrellevar de modo admirable su sufrido y contranatural aislamiento. Presos inocentes de una oscura pesadilla que les va a mantener durante un periodo de tiempo prolongado entre cuatro paredes. Jóvenes estudiantes que, privados de la asistencia a sus colegios y clases, y como si fuese una sucia jugarreta del destino, han visto como se les impide continuar con sus juegos, con sus amistades, con sus vidas. Ausencia de risas infantiles y de las alegres de algarabías de los más jóvenes en las calles y en las plazas de nuestros pueblos y ciudades que, por otra parte, han convertido este comienzo de la primavera en un paisaje gris, triste y anodino.

Crisis sanitaria y situación de emergencia que ha obligado a las familias, ya de por si preocupadas y desconcertadas, a realizar unos esfuerzos extraordinarios, no exentos de dificultades, a la hora de compaginar sus infinitos deberes familiares y laborales. Circunstancias anómalas en las que, estimo, hoy, se sienten acompañados por los maestros y profesores de sus hijos; que, también, han tenido que adaptarse a una metodología inusual y a unas herramientas diferentes (enseñanza on line o enseñanza telemática) para continuar acompañando –como siempre– a los padres y a las madres en la educación de sus hijos.

Nada sería igual, por supuesto, sin el concurso responsable del conjunto de una ciudadanía activa, solidaria y respetuosa como la española. Ciudadanía que, como podemos ver, con un comportamiento cívico ejemplar, mantiene el pulso constante en el duro combate contra la ansiedad y el miedo presentes en la sociedad. Lo podemos ver a diario en la voluntad de ayuda desplegada hacia los hospitales, en los músicos que tocan en sus balcones para el vecindario, en el aplauso colectivo de gratitud de cada tarde desde las ventanas y balcones de todo el país –dirigido al personal sanitario y no sanitario que colaboran en el mantenimiento de la llama de la normalidad–, en los voluntarios que se ofrecen a cooperar con quien lo necesita, etc. De una ciudadanía, en suma, que reclama de modo insistente salir juntos y unidos, sin dejar a nadie atrás.

De una tercera edad que, desprovista hoy del prestigio y del valor de la experiencia de antaño, en palabras de Rosa Montero se ha convertido en una edad invisible, en una edad que se quedó en tierra de nadie.

En un segundo apartado, quiero acordarme del drama de nuestros mayores, de nuestros ancianos. De una tercera edad que, desprovista hoy del prestigio y del valor de la experiencia de antaño, en palabras de Rosa Montero se ha convertido en una edad invisible, en una edad que se quedó en tierra de nadie. Así, especialmente dedicado a todos aquellos los que, de algún modo, se encuentran recluidos y relegados en su prolongada soledad, vaya destinado nuestro necesario y urgente replanteamiento de la vejez. Delicada situación que aflige a quienes se sitúan en el otoño de sus vidas que, siquiera por egoísmo, debiéramos reconsiderar y comprender que nos muestra el camino que, más pronto que tarde, nos tocará recorrer un día. Unos mayores a los que, por si fuera poco, esta crisis del coronavirus ha emplazado, como personas más débiles y vulnerables, como las víctimas propiciatorias. Dejándolos, después toda una vida de sacrificios, indefensos y atemorizados, cuando no, como desgraciadamente hemos visto, abandonados a su suerte –a su mala suerte–.

Otras señales preocupantes que nos transmiten incertidumbre y desasosiego social, en este drama nacional que estamos viviendo, serían el reiterado revanchismo político con su difamación pública permanente y la intencionada falsificación de la realidad que pulula a sus anchas por ciertos medios de (des)información. Incapacidad y oportunismo político que, en lugar de mostrar cierta unidad y ejemplaridad en la búsqueda del bien común, no son más que fieles relatos propagandísticos, de manipulación de datos y difusión de groseras mentiras –o medias verdades– destinadas a su propio autoconsumo. Y, una oleada de desinformación, amparada paradójicamente en la sobreinformación, que es alimentada por unas minorías ruidosas, insolidarias e hiperactivas que lanzan continuas noticias falsas (fake news) destinadas a generar más confusión y miedo. Mensajes de odio y desprecio hacia los demás que casi siempre ocultan intereses espurios. Afortunadamente, en el primer caso, confiamos en la existencia de una sociedad madura y democrática en España. Para el segundo, también contamos con la existencia estimulante de los medios de comunicación, especialmente de la radio (que tanta compañía y refugio nos aporta en estos momentos de emergencia). Información pública y veraz que, por cierto, resulta imprescindible para combatir las mentiras y las vilezas que inundan y se propagan por las redes sociales de nuestra compleja sociedad moderna (facebook, whatsapp, etc.) También disponemos, no lo olvidéis, como actitud individual de una poderosa arma: no compartir, ni dar pábulo a su ruido mediático ni a sus bulos alarmistas y malintencionados.

Como reflexión final estimo que, esta lucha contra el virus, nos debe enseñar y llevar al firme convencimiento de no errar más en las políticas públicas a seguir. Políticas públicas que, recordémoslo una vez más, son las únicas que verdaderamente garantizan la igualdad. Por ello, urge fortalecer la sanidad y la protección de la salud, las políticas sociales y la educación pública. Sintetizándolo, en una frase anónima que me pareció escuchar días atrás: “cuando esto pase, nunca más nos volverá a pasar”. Nada volverá a ser igual. Es cierto. Con el final de esta crisis, y tras el paso de la pandemia, ojalá llegue verdaderamente la primavera.

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Jesús Fernández Osorio

Maestro del CEIP Reina Fabiola (Motril).

Autor de los libros ‘Cogollos y la Obra Pía del marqués de Villena.

Desde la Conquista castellana hasta el final del Antiguo Régimen

y ‘Entre la Sierra y el Llano. Cogollos a lo largo del siglo XX

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