Blas López Ávila: «Réquiem»

“…no sale el hombre moderno de su órbita fatal,
y su angustia es su única oración”
RAMÓN J. SENDER: “El Fugitivo

 

Hay frases que alcanzan cierta fortuna y que, en estos días de confinamiento, se oyen con más frecuencia de lo que sería deseable. Frases que, patrimonializadas por la derecha más rancia -España Grande-, ahora la izquierda pretende utilizar también, no sé si como eslogan político o como necedad supina de quien carece de otros recursos racionales o dialécticos. La frase en cuestión a la que me refiero es la de que “somos un gran país”. Sólidos argumentos tienen que tener quienes hacen tan rotunda afirmación pero que mi limitada inteligencia no acaba de discernir por más empeño que pongo en ello. Miro a un lado y al otro y no encuentro motivos fundamentados para ese optimismo inconsciente: un sistema público sanitario no tan excepcional, a pesar, eso sí, de la excelencia de sus profesionales; un tejido industrial nulo o muy precario, con un empresariado ultramontano en general –como en todo hay dignísimas excepciones-; un abandono de la ciencia y de la investigación sin precedentes en Europa, paradójicamente con unos científicos e investigadores de primer nivel y diseminados, en buena medida, por el mundo ; un desprecio por el arte y la cultura sin parangón –qué decir de la derechona que llama “titiriteros” a sus artistas por el mero hecho de no compartir sus ideas. Y en fin, todo un cúmulo de despropósitos impropios de “un gran país”, si acaso grande para los de siempre e incluso para algún otro, casoplón incluido.

Porque el grado de confrontación social y política –que tanto envilece a una sociedad e impropio de un “un gran país”- sólo es explicable por el grado de embrutecimiento que acompaña a cualquier crisis. Y ya estábamos suficiente embrutecidos. Jamás se ha conocido un espectáculo tan escasamente honrado, tan obsceno ética e intelectualmente, como el que están brindando la derecha “patriótica” de este país y la izquierda radical. Contando siempre con la complacencia de sus acólitos, de uno y otro bando, que les perdonan todo. Gráficamente ahí tienen al Sr. Iglesias saltándose el confinamiento para asistir presencialmente a un Consejo de Ministros –su ambición de poder es ilimitada- o al Sr. Rajoy haciendo lo mismo para dar su paseíto diario como si la ley no fuera con él –su grado de frentismo no tiene límites-, por no hablar de la portavoz del PP en el Congreso cuya frase es todo un juicio de intenciones: “Cuanto más padezco a esta izquierda, más admiro a Rajoy”. Ahí queda eso.

Y, una vez más, la ciudadanía envuelta en la niebla, en el silencio, en el dolor, en el luto: decenas de miles de muertos, que no han tenido siquiera la oportunidad del último adiós por parte de sus seres queridos, ese rito de amor y dolor que tanto bien nos hace, a pesar de todo. Me duelen las pérdidas de vidas humanas y me conmueven muy especialmente, con un sentimiento de inmensa piedad, la inhumana muerte de esos miles de ancianos cuyo final ha sido cruel e indigno, impropios otra vez de “un gran país”. Ancianos que la hipocresía social ha estabulado en recintos, llamados eufemísticamente Residencias de Mayores, y que han sido pasto de empresarios sin escrúpulos, incapaces de atender a otras necesidades que las de su bolsillo. Vaya mi Réquiem íntimo por ellos, por su callado sufrimiento y por su bondad. Y espero que a esta panda de políticos que padecemos, al menos se les suba un tenue rubor a la cara antes de pronunciar de nuevo la dichosa frase de que “somos un gran país”.

 

 

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