Jesús Fernández Osorio: «Él nunca lo haría»

Viene siendo algo bastante habitual que llegado el momento de las vacaciones estivales se produzca un elevado índice de abandono de animales de compañía en España. En muchos casos suele tratarse de aquellos perros y gatos que, muy poco tiempo atrás, siendo cachorros o gatitos, despertaron todo tipo de emociones de amor y ternura –sobre todo entre los más pequeños de la casa–, muchas veces coincidiendo con las, a su vez, entrañables fiestas de Navidad.

Ahora, su más difícil o dificultoso encaje en la vida familiar lejos del hogar –junto a su natural crecimiento– llevará a sus insensibles dueños a desprenderse de ellos. Así, algunas mascotas, las más afortunadas, acabarán en una sociedad protectora de animales bajo la vaga esperanza de encontrar un nuevo dueño de adopción. Otras muchas correrán peor suerte aún y serán abandonadas sin más y sin ningún tipo de contemplación ni miramiento. Estoy seguro de que todos, alguna vez, lamentablemente, habremos podido ver este tipo de hirientes escenas protagonizadas por auténticos desalmados; deshaciéndose impune e irresponsablemente de ellas.

Estas tristes y reiteradas circunstancias, siempre me traen el recuerdo de una vieja película de dibujos animados que tuve la suerte de visualizar en mi juventud, allá por los años finales de la década de los ochenta del pasado siglo. Se titulaba “Belleza Negra” (Black Beauty) y, de modo muy resumido, narraba las diversas peripecias por las que pasaba un caballo, según los distintos dueños que irá teniendo, a lo largo de sus dos décadas de existencia. Vicisitudes vitales, de dichas e infortunios, que la cinta de animación recogía acertadamente; donde las escasas vivencias estables y felices, de modo fugaz y repentino, se tornaban en la mayor de las incomprensiones, desgarros y maltratos.

Se trataba, según pude saber posteriormente, de una producción del año 1987, que estaba ambientada en la Inglaterra victoriana de finales del siglo XIX, que, a su vez, se basaba en la novela homónima de la escritora británica Anna Sewell, publicada en 1877. Un clásico de la literatura que abogaba clara e incipientemente por los derechos de los animales. Así, en las secuencias de la misma, su autora deja retratados con nitidez los rastros del dolor y la crueldad a que eran sometidos los caballos en aquella época. Y, por tanto, a través de la misma, se nos muestra y queda reflejado parte de lo peor y de lo mejor de que es capaz el ser humano en su relación con el mundo animal. Sensibilidades diferentes, de respeto o crueldad, hacia quienes comparten con nosotros la vida en el planeta, que, descubiertas de modo accidental en la programación televisiva de un día festivo en casa de mis padres, interrumpieron mi prevista salida nocturna con los amigos. Enseñanzas y valores que, posteriormente, traté de compartir con mi hijo (Jesús), mis sobrinos (Mª Asunción y Antonio José) y mis alumnos de todas las épocas.

Como muchos de ustedes ya habrán adivinado, además, he tomado prestado el título, que encabeza estas líneas, de la exitosa campaña lanzada por una marca publicitaria en el ya lejano año de 1988. En dicho anuncio se podía ver la imagen de un perro (un mastín) abandonado, bajo la lluvia, en mitad de una solitaria carretera. Un animal dócil y completamente desamparado, con los ojos cansados y tristes, bajo el que se podía leer el rótulo: “Él nunca lo haría. No lo abandones”. Una imagen mítica que, seguro, muchos aún recordarán y frente a la que sentirán una emoción contenida al volver a contemplarla. Una iniciativa novedosa y un eslogan de sensibilización social, sobre la problemática del abandono de los animales de compañía, que, hoy, más de tres décadas después, sigue siendo fácilmente reconocible. El elevado índice de mascotas que siguen siendo abandonadas en nuestro país así nos lo indica. La pervivencia del renombrado mensaje contra el maltrato animal también lo atestigua.

Él nunca lo haría, rezaba el anuncio, pero, algunos de nosotros, como podemos ver, sí que lo hacemos. Llegado el estío. Esta sigue siendo una de las problemáticas que más sufren los animales domésticos. Pues, en numerosas ocasiones, irrumpen en nuestras casas en forma de sorpresa y de regalo y, demasiado pronto, terminan siendo solo juguetes rotos a quienes, como tales, se arrincona, olvida y abandona. Seres vivos que olvidamos que, como un miembro más de la familia, necesitan ser objeto de cariño y de cuidados durante el resto de su vida. Ellos, a cambio, no hay ninguna duda, siempre nos ofrecerán su lealtad y su compañía. Por ello, habrá que seguir insistiendo en que antes de su compra o adopción, debe resultar prioritario informarnos sobre sus necesidades y cuidados. Para poder tomar una decisión razonada y consecuente sobre si podemos en ese momento, o no, hacernos cargo de ellos.

Valores humanos de afectividad y respeto subyacentes en estos dos ejemplos coetáneos citados de hace treinta años, tan propios e inherentes a la condición humana, que nuestros jóvenes alumnos nos demuestran cada día en las aulas de nuestros pueblos y ciudades. Con un comportamiento ético y de defensa de los derechos de los animales que, considero, deben ser consustanciales a nuestro paso por la vida y, por ende, susceptibles de su inclusión en el contexto educativo. Enseñanza, fomento y transmisión de la empatía hacia otros seres vivos –que también sienten y sufren (si se les maltrata)– que se inserta dentro del campo más amplio de la cultura de paz y convivencia entre los seres humanos. Toda una necesidad de la sociedad actual.

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