Jesús Fernández Osorio: «Federico García Lorca; el crimen fue en Granada»

Lo reconozco, tengo mis particulares rarezas con la ficción histórica, tanto en formato literario como en su adaptación cinematográfica. No acabo de encajar el acomodo circunstancial de ciertos personajes en contextos y situaciones distintas a las reales que les tocó vivir en su época. O hacemos trampa o jugamos con ventaja. Por ello, no he terminado de encontrarme cómodo con esa famosa escena de la serie de “El Ministerio del Tiempo” en la que uno de los personajes, viajando al pasado, le advierte y anticipa a Federico García Lorca que no debe volver a Granada; pues, lo matarán al inicio de la guerra.

Si le reconozco, al exitoso programa de ficción de TVE, su manera emotiva y honesta de reconocer la universalidad del poeta cuando nos lo sitúa, en un viaje imaginario al futuro, a la Granada de 1979, en una cueva del Sacromonte granadino, para que pueda escuchar a Camarón cantando sus propios versos. Soy consciente de que ha sido un vídeo bastante visualizado, reconocida su calidad artística e interpretativa y ampliamente compartido en redes sociales, pero, a mí, todavía, me siguen dejando un regusto amargo esas palabras finales, puestas en boca de Lorca: “Tanto tiempo después, España se acuerda de mí. Entonces he ganado yo, ellos no. Dejemos las cosas como están”.

Por esas mismas fechas en las que han situado la fantástica recreación televisiva, de los años finales de los setenta, entré en contacto con las creaciones literarias de Federico García Lorca. El lugar fue la Universidad Laboral de Tarragona –uno de los centros de enseñanza (y residencia) que se fueron generalizando por el territorio nacional en el tardofranquismo–. Un centro al que sigo guardando un recuerdo muy entrañable y unos libros que, desde la lejanía del terruño, supusieron un viento de aire fresco y puro que me irradiaba raíces populares andaluzas. Todo sonaba próximo, cercano y natural. Me leí todas las obras suyas que encontré en la biblioteca.

Cartel de ‘Bodas de Sangre’ ::ReVuo.net

Una pasión por este genio de las palabras y por su teatro (siempre impregnado de poesía) que, un par de años después, en el verano de 1981, un grupo de jóvenes de mi pueblo nos atrevimos a representar (con escasez de medios pero sobrados de ilusión) la emblemática tragedia de “Bodas de Sangre”. Un evento, único e irrepetible, que llenó de vigor cultural las apacibles noches del verano de Cogollos y que, de paso, nos marcó definitivamente a todos los participantes. Al año siguiente la llevamos, creo que con bastante acierto y éxito, al II Certamen Teatral del Marquesado, que ese año se celebraba en La Calahorra; uno de los certámenes de teatro aficionado más importantes y reconocidos de toda España.

Cartel del II Certamen Teatral del Marquesado en 1982

Gracias a los momentos personales inigualables que nos proporcionó la puesta en escena del drama rural lorquiano fuimos muchos los que nos interesamos más y más por la obra y por la vida de nuestro autor de referencia. Vicisitudes contrarias (una obra inmensa e inabarcable y una vida inmerecidamente corta) para las que las investigaciones pioneras del hispanista de origen irlandés, Ian Gibson, sobre “El asesinato de García Lorca” ya nos fueron dando una visión clara del triste final vivido por García Lorca. También tuvimos noticias de la celebración, valiente y reivindicativa, del famoso homenaje de “el cinco a las cinco”, en la tarde del 5 de junio de 1976, en Fuente Vaqueros, en su pueblo natal. Aspectos rompedores, ambos, que, en aquel especial momento político de la Transición, empezaron a aportar algo de luz ante el espeso manto de silencio tejido por ciertos propagandistas, en su intento vano por empequeñecer su simbólica figura. Un empeño mantenido durante toda la larga dictadura.

Federico García Lorca, como es de sobra conocido, habría nacido el 5 de junio de 1898 y morirá, fusilado entre Víznar y Alfacar, en la madrugada del 19 de agosto de 1936. Triste final en el que le acompañarán un maestro de escuela republicano, Dióscoro Galindo González y dos banderilleros anarquistas: Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas. Compañeros de infortunio –unidos por el azar de la brutal represión desencadenada por los golpistas en Granada– de los que, a pesar de los intentos y la oposición a la exhumación de la familia Lorca, aún no se han podido localizar sus restos.

Replicando las palabras del Lorca de la ficción televisiva –en la que se trata de reivindicar que Federico sigue viviendo en su genial obra–, en este próximo 19 de agosto, en el 84 aniversario de su asesinato, no podemos dejar las cosas como están, pues, el olvido, de algún modo, supondría el crimen perfecto para sus verdugos. Un intento de desmemoria y de echar tierra encima que ya intentó el régimen franquista, por todos los medios posibles, pero que, ante la innegable grandeza del poeta, le fue prácticamente imposible mantener. Se pasará entonces al “lamentable accidente” dentro del contexto de la Guerra Civil y de una “ciudad sitiada”; como estaba Granada al inicio de la contienda. Luego se hablará del supuesto apoliticismo del escritor que, consecuentemente, atribuiría a oscuras tramas de enemistades familiares o a motivos relacionados con su orientación sexual las complejas teorías que llevarían a su fusilamiento.

Fotograma de la serie ‘El Ministerio del Tiempo’

La verdad es que el compromiso político y social del poeta era innegable. Un compromiso, firme y manifiesto, contra la injusticia y la ignorancia. Siempre a favor de los desfavorecidos, de la cultura y de apoyo al Gobierno legítimo de la República. Decisión consciente a favor de la izquierda que le acarreará la incomprensión, el odio y la sed de venganza de los sublevados en su tierra, en Granada. Fuerzas reaccionarias que acabarán asesinándolo. A pesar de ello, algunos años más tarde, ya en Democracia y desafiando toda lógica y verdad histórica, incluso se apreciarán serios intentos de querer apropiarse de la figura del poeta por la derecha granadina. Sin reconocer, eso sí, lo ignominioso de su muerte y la maldad de sus ejecutores.

Una muerte inútil, a manos de un pelotón de fusilamiento, que nos privó del genio y la creatividad del poeta y dramaturgo andaluz –cuando se encontraba en la flor de la vida y de la creación–. Un crimen imperdonable y vergonzoso, una muestra del proceder del fascismo más intolerante que se arropó el beneficio de decidir y disponer sobre la vida y la muerte de miles de sus semejantes. El crimen fue en Granada. En su Granada.

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