Daniel Morales Escobar: «¿Por qué no recuperamos el cine?»

Esta mañana en el desayuno nos hemos mostrado preocupados por el ocio nocturno, cerrado por el dichoso coronavirus, y por todas las familias que pueden verse abocadas a la ruina. Es, en este país, un sector importante, posiblemente mucho más que en nuestros vecinos. Y estando en ello me ha venido a la cabeza lo sucedido hace unas décadas con los cines, que de ser muchos en Granada, como recordamos los que ya hemos cumplido los cincuenta, desaparecieron paulatinamente hasta quedar hoy, de los de siempre, únicamente el Madrigal, que el 24 de septiembre cumplirá sesenta años y sigue manteniendo una clientela dispuesta a disfrutar del buen cine europeo que solo él ofrece en nuestra ciudad.

Pero volviendo al tema inicial, si me he acordado de lo sucedido con nuestros cines ha sido porque ante aquella crisis del séptimo arte que se vivió, entre otras cosas, por la llegada del vídeo y de los videoclubs, algunos supieron reconvertirse para sobrevivir. Fue el caso del Príncipe, que de rentable cine de Arte y Ensayo en los setenta pasó a ser El corral del Príncipe, una lujosa sala de baile flamenco, es decir, uno de esos lugares llamados actualmente de ocio nocturno. Igual sucedió con el Granada, transformado en la discoteca Granada 10, durante unos años la más selecta de la noche granadina.

Pero incluso, en un nuevo giro de 180 grados, Granada 10, que abría las puertas a la hora propia de este tipo de ambientes, recuperó su anterior vida “cinematográfica” cuando los propietarios pensaron que por qué desaprovechar un lugar espectacular durante tantas horas cuando perfectamente eran compatibles ambas actividades: pelis por la tarde y disco por la noche. Nació así el cine Granada 10, que ofrecía la oportunidad de disfrutar de los mejores filmes, como El silencio de los corderos, sentado en unos cómodos sofás dorados en los que podías, además, tomarte una copa (o las que quisieras pagar) el tiempo que durase la sesión. Era una nueva forma de ir al cine, a la vez que la manera de hacer más productivo un negocio.

El último ejemplo que recuerdo es el Aliatar, donde mis padres pudieron asistir tras la muerte de Franco a la proyección de El gran dictador, la mordaz sátira de Chaplin sobre Hitler y Mussolini prohibida en España durante toda nuestra dictadura. Años después el edificio fue dividido en unos pequeños multicines de tres salas, que sobrevivieron hasta que no hace mucho se reconvirtieron en el exclusivo pub Aliatar, donde todavía es posible imaginar -casi ver- cómo era el viejo cine y dónde se situaba la pantalla.

Cartelera de cines en Ideal, el 27 de febrero de 1973

Capítulo aparte fue el de los llamados cines de verano, que proliferaban por toda la provincia y de una manera especial en la capital y en los pueblos de veraneo. En Granada mis recuerdos más lejanos se remontan al Albéniz, en el Barrio Fígares, y al Alameda, en el Camino de Ronda. Este último estaba situado frente a mi casa, por lo que desde el balcón veíamos (muy mal) la película, que escuchábamos aún peor; pero como éramos niños ni nos percatábamos de esas pequeñeces y disfrutábamos igual que si estuviéramos en la mejor fila del patio de butacas.

En la costa, no solo me acuerdo de los numerosos de Almuñécar, como el Auditorium y el Bikini, a los que fui con frecuencia en mi adolescencia, sino también de los de Torrenueva, en los que ya estuve menos, o del cine de Calahonda, al que solo en una ocasión acudí, cargado ya de sobrinos, para ver alguna película infantil de animación.

Pepe Nadal, hijo del pianista que animaba las películas mudas en el Cine Regio, vivió volcado en la difusión del séptimo arte, y llegó a regentar 50 salas ::IDEAL

El caso es que todos ellos constituían, por aquellos años, lo principal del ocio nocturno y su oferta nos permitía pasar entretenidas las calurosas noches del verano. Pero sin duda del que tengo más imágenes en mi memoria es del que el empresario Pepe Nadal abrió en Ogíjares allá por los primeros años ochenta en una calle próxima a la plaza Alta. Como era capaz de convertir en cine hasta el sitio más insospechado, en un solar espacioso que contaba con una nave cubierta en un lateral montó su “Ogíjares Cinema”. En la nave, abriendo en las paredes dos ventanucos, instaló en uno la taquilla y en el otro el proyector. El resto seguía almacenando las patatas, cebollas,… y aperos del agricultor propietario del solar, ahora socio suyo y, por tanto, dueño a medias de un cine en su propio pueblo, lo que sin duda le dio un caché entre los vecinos que jamás antes habría soñado.

Proyector de” Súper 8” de mi padre, para películas familiares en los años setenta

Como en otras “terrazas de verano”, lo provisional, prefabricado, barato, hasta cutre, constituía la nota propia del lugar; incluso el suelo seguía siendo de tierra y se regaba todos los días antes de la función, tanto para refrescar y ahuyentar moscas como para evitar una polvareda a la entrada de los espectadores. Pero en sus incómodas butacas verdes de hierro veíamos películas como las célebres de Emmanuelle, de ese cateto erotismo que se dio muchos años, a la vez que engullíamos unas portentosas hamburguesas que vendían en el “ambigú”. Incluso recuerdo el clamor, casi una “enfervorecida” ovación, cada vez que aquel reprimido público podía ver lo que Sylvia Kristel enseñaba de más.

Por supuesto, como muchos otros, hace décadas que dejó de existir, posiblemente por la fiebre constructiva que afectó a los municipios del cinturón, ahora ciudades dormitorio llenas de viviendas adosadas. El caso es que en los últimos tiempos solo he podido acudir a uno de estos cines de verano, el Cañaveral Cinema, en Salobreña, que resiste tenazmente, como algún otro de la vecina Almuñécar.

Fotograma de Cinema Paradiso

En su aspecto recuerda al de Ogíjares de mi juventud -basta verlo por fuera-, aunque hay algunas diferencias, como que no tiene ambigú con hamburguesas, sino solo de bebidas y algo para picotear (pipas, gusanitos,…); pero la más importante es que, siguiendo el concepto más moderno de este tipo de establecimiento, cuenta con dos salas, lo que permite cada noche elegir qué peli ver, al tiempo que hace más rentable el local. El problema es que, frecuentemente, mientras ves una de ellas, escuchas la otra, que se exhibe de manera paralela. Sin embargo, estos inconvenientes, casi anecdóticos, no impiden disfrutar si la película es realmente buena o, cuando menos, entretenida, como Mamma Mía 2, proyectada el verano pasado y que fui a ver “con mi pandilla”. De hecho, hasta diría que son las cosas propias de una oscarizada obra maestra, Cinema Paradiso, la historia de Totó, pero más aún la bella y entrañable historia de un cine.

 

Ver artículos anteriores de

Daniel Morales Escobar,

Profesor de Historia en el IES Padre Manjón

y autor del libro  ‘Un maestro en la República’ (Ed. Almizate)

 

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