Virtudes Montoro: «25 de diciembre»

En la historia de la Humanidad y sus diferentes culturas siempre ha estado presente la idea de Dios. Hubo un tiempo en que adorábamos al Sol, en otras ocasiones a animales extraños, los griegos tenían dioses que compartían con los humanos nuestras mismas miserias: eran mujeriegos, bebedores, celosos, traidores, guerreros, etc. Sólo que estaban en el cielo.

Los romanos tenían múltiples diosecillos de diferentes categorías. Parece connatural al hombre tener algo trascendente a él a lo que adorar. En ocasiones sustituimos las religiones por una idolatría: al dinero, al poder, al placer, a un equipo de fútbol o un jugador, a algún personaje público, quizá una ideología política. Es como que hubiera un vacío en nosotros que necesita ser completado.

El solsticio de invierno se define como el instante en que la posición del sol en el cielo se encuentra a la mayor distancia angular negativa del ecuador celeste o, dicho de otra forma: es el día cuya noche es más larga y a partir de él las noches se van acortando y los días empiezan a alargar. En el hemisferio norte ocurre aproximadamente entre el 20 y el 23 de diciembre todos los años.

Se desconoce la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo por lo que se determinó que fue el 25 de diciembre que era el solsticio de invierno cuando se creó el calendario juliano. Se eligió ese día para simbolizar que la llegada de Jesús a la humanidad nos trajo la luz en un mundo de tinieblas, una época donde el más fuerte se imponía al más débil o donde los lemas eran ojo por ojo y diente por diente, que de seguir así hubieran dejado una humanidad cuando poco tuerta y desdentada.

Dijo Jesús: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (San Juan)

En estos días se conmemora el nacimiento de Jesucristo, es el leit-motiv que justifica nuestra alegría al haber recibido de primera mano el manual de instrucciones más preciso para la búsqueda de la felicidad; aunque nuestra cultura consumista y hedonista haya transformado esta celebración de forma que ya no estamos seguros de por qué tenemos que estar alegres, si es porque nos visita un señor gordito, sonriente, con barba blanca aupado en un trineo remolcado por renos voladores y campanillas multicolor o es porque los copos caen en unos arbolitos cuyos frutos son regalos envueltos en papel celofán o más bien porque por unos días podremos comer y beber sin remordimiento hasta sentir retortijones.

Y ¿qué tendrá esto que ver con la temática habitual de mis artículos?; quienes me siguen sabrán que hay una constante en ellos que siempre predomina: el amor tiene la llave. El odio, el rencor, la envidia, los celos, la desconfianza sólo nos reportan tristeza, únicamente amándonos y amando a los demás podemos encontrar la felicidad

Posiblemente este año tengamos que adaptar nuestras tradiciones domésticas: debatiremos si vamos a cenar con los cuñados, si los consideramos allegados o no, si sorteamos entre la familia qué seis o qué diez nos juntamos, pero lo que es seguro es que el mensaje de Jesucristo más de dos mil años después sigue plenamente vigente y esto sí que merece todas las celebraciones.

Cuando pasen estos días, nos encontraremos con que otra vez no nos abrocha el pantalón, sentiremos náuseas si nos hablan de dulce, volveremos a nuestra rutina y empezaremos a notar los síntomas de depresión postvacacional. Recordemos entonces la fórmula mágica como un susurro: ama, ama, entendamos al vecino que pone tan alta la tele, tengamos paciencia con los conductores que se desesperan en el atasco y tratan de encontrar un atajo, disculpemos a nuestro cónyuge si no ha tenido un buen día y no nos contesta con el cariño que nos merecemos, no seamos jueces implacables y sumarísimos con los demás. Imaginemos un mundo en el que las personas nos tratásemos con amabilidad y cariño, pero auténticos, no de ositos rosas algodonosos como las películas de Papá Noel o los anuncios de turrón, si no una sincera determinación por tratar a los demás como nos gustaría ser tratados.

Pon amor donde no hay amor y encontrarás amor. San Juan de la Cruz

¡ Feliz Navidad. Que el amor nazca de nuevo en nuestro corazón !

 

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Virtudes Montoro López

Psicóloga especializada en Mindfulness y
Terapia de Aceptación y Compromiso

Correo E:
aceptayrespira@gmail.com

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