Jesús Fernández Osorio: «El almendro: el mensajero de la primavera»

Con la llegada de los primeros rayos de sol –que, siquiera momentáneamente, dejarán atrás los días grises y fríos del invierno– hay un árbol que, de modo súbito y solemne, nos anuncia el mágico despertar de la naturaleza. Ese árbol es el almendro. Un antiquísimo frutal, típicamente mediterráneo que, en su explosivo despertar del letargo –entre los meses de enero y febrero (en función de la suave caricia de las cálidas temperaturas)–, nos regala un soberbio espectáculo: su particular y temprana floración.

 

Un paisaje anual sorprendente e idílico, este de los almendros flor, que siempre nos atrae sobremanera y que, incluso ha dado lugar a las más variadas y hermosas historias. Una de ellas, en la categoría de leyendas, nos habla de la plantación de centenares de almendros como parte de un ingenioso remedio para combatir la nostalgia. Es cierto que existen distintas versiones –desde las que busquen su emplazamiento en el Algarve portugués, hasta las que lo sitúen en la Sierra de Tramontana mallorquina–, pero, todas tendrán en común su referencia a una princesa afligida y desconsolada ante la ausencia de los paisajes blancos de su añorada tierra natal; que unos situarán en los lejanos paisajes del norte de Europa y otros, más bien, en la nieve de las altas cumbres granadinas. Nos centraremos en esta última.

Medina Azahara

Se cuenta que el poderoso califa cordobés, Abderramán III (Abd al-Rahman III) , ordenó construir una gran ciudad palatina en las cercanías de Córdoba, llamada Medina Azahara (Madinat al-Zahra, en árabe: “la ciudad brillante”). Un enclave que, se asegura, fue levantado, en el siglo X, en honor de una bella muchacha de la que se habría enamorado, llamada Azahara. Para ello, el poderoso califa de al-Ándalus, “contrató a los mejores arquitectos y artesanos, compró los materiales más preciados, maderas, mármoles, azulejos. Mandó construir hermosos jardines con flores y plantas traídas desde todos los rincones del mundo, los pobló con hermosos pájaros y mandó que en ellos creciesen árboles de exóticos frutos. Telas y muebles, comprados a los mercaderes más prestigiosos adornaban las estancias”.

Sin embargo, nada de esto parecía suficiente para contentar a la joven Azahara; que cada vez se encontraba más decaída y triste. Finalmente, Abderramán le preguntó cuál era el motivo de su tristeza y qué debía hacer para contentarla. Ella le respondió que a su aflicción no podría ponerle remedio, pues, lloraba por no poder contemplar el blanco perpetuo de los paisajes de su Sierra Nevada. El califa le prometió que antes de la próxima primavera sus ojos podrían ver la nieve a través de su ventana. Y fue entonces cuando mandó plantar miles de almendros frente a las ventanas del palacio. Árboles que, cuando floreciesen, cubrirían las tierras con un enorme manto de pétalos blancos, ahuyentando de ese modo la melancolía de la princesa y devolviéndole la alegría para siempre.

Flor del almendro ::BLAS RAMOS

Una leyenda, un tanto denostada por los arqueólogos, que, en cambio, a nosotros nos puede servir de carta de presentación de esta hermosa planta: el almendro (Prunus dulcis). Un árbol, originario de las regiones del Asia central, que, como todos saben, presenta la particularidad de florecer antes de que le salgan las hojas. Y, ese estallido, a borbotones, de sus flores blancas y rosadas nunca dejará de sorprendernos y de causarnos una profunda admiración. Especialmente bajo el gigantesco cielo azul de todos y cada uno de los rincones de nuestra provincia. Después, con su vestimenta primaveral y su posterior maduración veraniega nos ofrecerá su apreciado fruto, la almendra (que será un ingrediente fundamental en la elaboración de multitud de recetas tradicionales, entre ellos los dulces). Un árbol, por lo demás, noble, fuerte y resistente a nuestros particulares condicionantes climáticos que, además, en toda Granada y especialmente en el entorno de La Contraviesa, en La Alpujarra, su cultivo servirá de ocupación para la mayor parte de sus habitantes. Aunque, siempre bajo el lamento de los escuálidos precios con los que se acosa a los pequeños productores agrícolas, después de su laborioso y duro trabajo.

Indudablemente, esta será una planta que también nos trasladará a los recuerdos imperecederos de la infancia, cuando, intrépidamente, algunos subíamos a los árboles a hurtar los sabrosos manjares que nos suponían sus aún tiernos frutos verdes: las allozas. De allí pasábamos, sin solución de continuidad, a la búsqueda de los nidos, tan afanosamente construidos entre sus ramas por las pequeñas aves. Mientras, nosotros, en nuestra tierna inocencia, muchas veces, con las incesantes visitas e impaciencia, contribuíamos a que los abandonarán; muchos de ellos ya en proceso de incubación… Árboles agradecidos que, en los calurosos veranos, también nos aportaban un fresco y placentero refugio. A nosotros y a las ovejas que, en las horas centrales del día, se cobijaban relajadas en sus anchas sombras.

Almendros en flor, al fondo las cumbres nevadas ::BLAS RAMOS

Pero, para concluir y volviendo otra vez al momento culmen que nos ocupa, en esta época de floración del almendro, es óbice decir que constituye un momento muy esperado para todos los amantes del medio ambiente. Unas fechas en las que, al menos este año, por culpa de la pandemia que aún continúa asolando el mundo –a pesar de la proliferación de vacunas–, tendrán que hacerse esperar. Pues, en algunos casos, no podremos ir a buscar sus atractivas imágenes, ni sus recuerdos, ni tampoco tener la dicha de contemplarlas por los variados valles, vegas y campos de Granada. Sólo nos queda que la naturaleza siga su propio curso. Afortunadamente.

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Jesús Fernández Osorio

Maestro del CEIP Reina Fabiola (Motril).

Autor de los libros ‘Cogollos y la Obra Pía del marqués de Villena.

Desde la Conquista castellana hasta el final del Antiguo Régimen

y ‘Entre la Sierra y el Llano. Cogollos a lo largo del siglo XX

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