Jesús Fernández Osorio: «El ahorro granadino: la Caja de Ahorros de Granada»

Todos hemos sido testigos de la reciente deriva hacia la nada experimentada por la principal entidad financiera granadina, la Caja General de Ahorros de Granada. Una institución centenaria vinculada al ahorro y a la economía granadina que, llegado este nuevo milenio, ha vivido una acelerada descomposición y una disolución sucesiva de banco en banco. Al que han seguido los consabidos cierres de sucursales, los cambios de rotulación y los despidos de trabajadores. Hasta nuestros días.

Cabe preguntarse si su progresiva irrelevancia económica le habrá sobrevenido como fruto de las nuevas exigencias de concentración del capital en una sociedad cada vez más global o inducida por los graves errores internos de gestión. ¿Quién sabe? En las líneas que siguen, al menos, trataremos de rastrear su larga evolución y los procelosos recovecos que su presencia ha podido ir dejando en nuestra memoria.

Siguiendo a uno de los máximos conocedores de la historia de las cajas de ahorros en Andalucía, el catedrático de la Universidad de Granada, Manuel Titos Martínez, los orígenes de La General se hallan en las antiguas instituciones religiosas, de inspiración franciscana, “que tenían por objeto erradicar la usura, facilitando préstamos, en especie o en metálico, en condiciones benéficas en cuanto al plazo y tipo de interés”. Así, en los años finales del siglo XIX, en 1892, coincidiendo con el fuerte auge de la industria azucarera provincial y teniendo como precedente a la pionera Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Santa Rita de Casia (nacida en Granada, en 1839 –apenas dos meses después de la apertura de la primera entidad madrileña, la Caja de Ahorros de Madrid–), iniciará su andadura la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada. Que justo al año siguiente abrirá sus puertas en la capital granadina. Entre sus promotores encontraremos al Gobierno Civil, a la Sociedad Económica de Amigos del País, a la Cámara de Comercio, al Arzobispado, al diario El Defensor de Granada y a distintas personalidades de la Universidad de Granada.

Durante el largo siglo XX la entidad financiera continuará con su lento proceso de instauración a nivel provincial y regional. Un paso importante y decisivo será la absorción, en 1991, de la Caja Provincial de Ahorros de Granada, que había sido fundada por la Diputación Provincial en 1973. Serán estos unos tiempos (de tránsito entre los dos siglos) de claro proceso de expansión y crecimiento. Tiempos de vino y rosas para La General, como era popularmente más conocida; que, si bien, desde 2003, pasará a denominarse de un modo más comercial como CajaGranada.

Llaveros y logo de CajaGranada

Pero, bien pronto, la crisis económica de 2008, la “crisis del ladrillo”, la situará frente a la más dura de sus encrucijadas. Un viejo aforismo –no exento de razón– viene a decir, más o menos, que: “si le debes un poco de dinero al banco, tienes un problema; si le debes mucho dinero, el problema lo tienen ellos”. Pues, justo eso es lo que le debió ocurrir a nuestra entidad; con frecuentes préstamos e inversiones de dudosa eficacia que la colocarán ante su difícil tesitura. Un mal negocio en el que como siempre harán su agosto los especuladores de todo tipo. En un estallido de la burbuja inmobiliaria que finalmente acabará con ella. Le seguirá un proceso acelerado y generalizado de concentración bancaria. En su caso con la integración, en 2010, –junto con otras entidades financieras menores de Murcia, Islas Baleares y Cataluña– en el Banco Mare Nostrum (BMN).

Un nueva marca, esta de BMN, que constituirá, de nuevo, otro sonoro fracaso. Después, en 2017, le sucederá la operación Bankia. En la que, perdiendo su labrada idiosincracia de banca de proximidad, quedará integrada. Despropósito continuado que acabará en una suculenta inversión pública y en un rescate bancario encubierto, tras la que será entregada al sector privado. Y, de esta guisa, llegamos a la nueva y reciente absorción de Bankia por CaixaBank. Una nueva vuelta de tuerca que vendrá acompañada, como podemos ver en los medios de comunicación, de más despidos generalizados de trabajadores –esos que siempre, en todo protocolo de fusión que se precie, se certifica efusiva y públicamente que se mantendrán–, los cierres de oficinas y la total pérdida de la referencia social que suponía para Granada. ¿Será este el final del proceso? Ya veremos.

En medio de todo este preocupante panorama quedarán, entre otros: su utilización torciera como herramienta política partidista, tanto por el PSOE como por el PP; su siempre inacabada unión con otras cajas de ahorros andaluzas y la posibilidad cierta y verdadera de poder disponer de una verdadera banca pública (con bancos y cajas rescatados que, después de socializadas las pérdidas, vuelven a ser entregados a manos privadas); el desmantelamiento progresivo del negocio bancario de las cajas a favor de las insaciables apetencias de la gran banca y, por supuesto, de los fondos más especulativos y opacos.

Oficina de CaixaBank de Torvizcón ::J.F.O

Pero, si hay un aspecto sensible del que en estos momentos –y en lo sucesivo– todos nos acordaremos, este será el de la Obra Social. Una vocación de labor social y de carácter benéfico que las cajas mantenían desde sus orígenes. Pues, las cajas estaban obligadas por sus estatutos a revertir sus beneficios en la sociedad; es decir, en las localidades y provincias en las que estaban asentadas. Un aspecto fundamental que, es óbice decir, ya no obliga a los bancos y, si tienen curiosidad, solo tienen que ver como alardean en sus juntas generales de accionistas de los pingües beneficios anuales respectivos –y no digamos nada de sus escándalos emolumentos–. Logrados, eso sí, a costa de nuestros ahorros, de nuestras nóminas y de nuestras pensiones.

Un ahorro popular que, fruto del trabajo –en ocasiones de las sufridas remesas de la emigración exterior–, en el caso de las cajas de ahorros, retornaba a sus ámbitos directos de implantación, a su territorio. Con unas necesitadas rentas que en forma de colaboraciones culturales, festivas, deportivas, etc., volvían y se distribuían pueblo a pueblo, ciudad a ciudad. Y, si no, que pregunten en cada uno de los ayuntamientos de los municipios granadinos. ¿Quién sabe si, como las golondrinas, algún día volverán? Ojalá que sí. Aunque difícil de creer.

Otro aspecto a tener en cuenta será la consabida exclusión financiera en la que van quedando los núcleos de población más pequeños de nuestra provincia. Algo que, en cierta manera, nos vuelve a retrotraer al más gris de los pasados. Pues, ya antes, algunos hemos podido ver a grupos de personas (generalmente mayores) haciendo cola en la calle a las puertas de las oficinas o en ventanillas desplazadas, como era el caso de mi pueblo, Cogollos, en el que además de las largas esperas bajo los rigores del frío, de la lluvia o del calor, debían volver otro día para recoger sus cartillas o su dinero; operaciones que siempre quedaban pendientes de validación en la oficina principal de Jérez del Marquesado. Hasta el presente, un único y solitario cajero automático evita, en parte, que tengamos que volver a guardar nuestro dinero bajo el colchón. Al menos de momento.

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Jesús Fernández Osorio

Maestro del CEIP Reina Fabiola (Motril).

Autor de los libros ‘Cogollos y la Obra Pía del marqués de Villena.

Desde la Conquista castellana hasta el final del Antiguo Régimen

y ‘Entre la Sierra y el Llano. Cogollos a lo largo del siglo XX

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