Virtudes Montoro: «La mirada del otro»

Por fin llegó el ansiado momento, por fin podremos dar un tirón enérgico para arrancarnos de cuajo ese incómodo bozal que nos amordazaba, empañaba nuestras gafas, nos impedía respirar con libertad, nos igualaba, pero por la parte de abajo del rasero y en definitiva nos hacía sentirnos vulnerables ante un bichito tan diminuto. Al menos en el exterior podremos dejar de llevar la tan odiada mascarilla.

Mascarilla proviene de máscara que a su vez deriva del italiano “maschera” y hace referencia a algo que cubre la cara. Por otra parte, persona proviene del latín “per-sono” que a su vez proviene del griego “prosopon”, delante de la cara. En el teatro en la antigua Grecia la máscara que llevaban los actores permitía al público identificar al personaje que estaban representando en ese momento. Esta evolución de las lenguas ha llevado a esta aparente paradoja en la que dos términos que originariamente eran sinónimos, máscara y persona, han terminado siendo opuestos: la máscara es lo que oculta a la persona, con la que se disfraza u oculta su personalidad.

En nuestra cultura actual está muy denostado llevar distintas máscaras, hay una explosión de personajes que han hecho su bandera de mostrar siempre la misma imagen: auténtica, desenfadada, en la que nada importa la percepción de quien nos escucha. El lema es: yo soy así como me muestro, si te gusta, bien y si no allá tú. Y bajo esta premisa se presentan en público utilizando expresiones o comportamientos que antes reservábamos para el entorno privado, íntimo o incluso cuando nos habíamos cerciorado de estar en la más absoluta soledad. El otro día pude ver cómo un personaje famoso exhibía sin pudor sus flatulencias en su cuenta de Facebook.

El sabio no dice todo lo que piensa, pero piensa todo lo que dice. Aristóteles

Por un lado, queremos ser nosotros mismos, permanecer, que los demás nos reconozcan como somos, no vivir bajo la tensión de tener que ocultar nuestros deseos más profundos, no tener que mentir, no tener que falsear o aparentar ser lo que no sentimos o no queremos ser. Pero por otro lado, nos gustaría ser de otro modo, tener mejor apariencia, ser más atractivos a los demás, más inteligentes, etc.

Por supuesto que debemos ser personas íntegras, coherentes, no debemos alterar nuestros valores o creencias en función del foro en que nos encontremos, pero si nos importan las personas con las que estamos interactuando en un momento concreto debemos integrar la mirada del otro en la construcción de nuestra identidad.

La máscara social no es algo accesorio, sino esencial, pues la sociedad se basa en la construcción y aceptación de roles o papeles que hacen posible las relaciones sociales. Lo que nos permite vivir mejor en sociedad es precisamente la habilidad que tengamos de adaptarnos al entorno. De la misma forma que no se nos ocurre usar el mismo lenguaje con nuestros padres que con nuestros hijos; resulta patético cuando queremos simular que somos los “colegas” de nuestros hijos, nuestro papel es el de padres y por tanto nuestro comportamiento, (nuestra máscara), debe ser consecuente.

Al igual que la mascarilla simbolizaba el respeto a la salud de los demás, las necesarias máscaras sociales, indican lo mismo, el respeto y atención a la mirada del otro.

Ojalá ahora que vamos a poder prescindir de la mascarilla seamos capaces de recuperar muchas máscaras que nos permitan reconstruir una sociedad en la que realmente nos importen los demás.

Encontrémonos siempre el uno al otro con una sonrisa, la sonrisa es el principio del amor. Santa Teresa de Calcula

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