Daniel Morales Escobar: «El Carmen de las Tres Estrellas»

Finalmente la entrevista al “hombre desnudo” de Granada no fue posible. Tras encontrármelo en la Carrera del Darro, los instantes que yo necesité para decidir hacerla fueron los mismos que él aprovechó para dejar de tomar el sol y buscar refugio en una de las casas del entorno. Y pese a que lo vi entrar y la puerta seguía abierta, como invitándome, no era igual abordarlo en plena calle que en una casa particular, aunque fuera con unos fines tan honestos. Pero ¡quién sabe! Quizás cualquier otro día me lo vuelva a cruzar y ya no dude ni un segundo.

La Carrera del Darro desde Puente de Cabrera ::D.M.E.

Mientras, he tenido que conformarme, al igual que ahora mis lectores, con lograr las respuestas a las varias cuestiones que el paseo del día 1 por el Albaicín más escondido me había planteado.

Una era a propósito de la lápida en el Carmen de las Tres Estrellas: ¿Quiénes habían sido Manuel Fernández y González y Afán de Rivera? Porque solo sabía de ellos que se trataba, el primero, de un poeta y novelista, autor de la obra titulada Martin Gil, y que era el propietario, el segundo, del citado carmen, con un evidente estilo nazarí por sus arcos, azulejos y yeserías, aunque posiblemente todo de añadido decimonónico.

Fachada del Carmen de las Tres Estrellas, lateral de la fachada y  la lápida dedicada a Manuel Fernández y González ::D.M.E.

Por la fecha indicada en la lápida —1899– pensé, antes incluso de llegar a mi casa, que podría encontrar la solución en el libro de Luis Seco de Lucena Mis memorias de Granada (1857-1933). Y no me equivocaba. En la página 311 hallé información del poeta y novelista, mientras que en la 305 la relativa al dueño del carmen, de nombre completo Antonio Joaquín Afán de Ribera y González de Arévalo.

Según Seco de Lucena, Manuel Fernández y González fue un orientalista e historiador, autor de numerosas obras de esta especialidad, que vino al mundo en 1821 y lo dejó en 1888. También fue novelista “de fama universal” y, aunque no nacido en Granada, estudió en su universidad Derecho y Filosofía y Letras, además de que, “apasionado de ella”, venía a nuestra ciudad con frecuencia a “beber su inspiración”. Como nos sigue diciendo, escribió “centenares de novelas”, como El Algibe de la Gitana, La Conquista de Granada, Los Alcázares de la Alhambra, Historia de un hombre contada por su esqueleto,… y la citada en la inscripción del carmen, Martin Gil. Memorias del tiempo de Felipe II.

En cuanto a Antonio Joaquín Afán de Ribera, nos dice de él que fue un asiduo colaborador de El Defensor (de Granada) — el diario fundado por el propio Seco de Lucena—, donde publicaba “sus Siluetas granadinas semanales, en verso que el público esperaba con verdadera ansiedad”. No obstante, donde nos transmite el mayor halago, indudablemente hiperbólico, es cuando escribe que su “producción surge ya completa y sin esfuerzo alguno con la natural sencillez que discurren las aguas claras de los manantiales”. Justo a continuación nos cita los numerosos libros que publicó: Fiestas del Genil, A orillas del Dauro, Las noches del Albayzín, Del Veleta a Sierra Elvira,…

Buscando aún más información sobre él ha sido inevitable descubrir noticias muy curiosas de su casa:

Por ejemplo, que IDEAL publicó ya en 1935 un artículo titulado “La casa de las Tres Estrellas” en su sección “Antiguallas granadinas”, que estaba dedicada a viejas historias de la ciudad y que se ilustraba siempre con un dibujo a plumilla. En este artículo su autor, “Asclepios” —seudónimo del médico y escritor Fidel Fernández Martínez—, cuenta la fantástica leyenda de un príncipe moro que vivía en el Albaicín con sus tres hijas, del regalo que cada una recibió de niña de su prodigiosa madrina—el hada de las aguas, la diosa de los vientos y la maga de las mariposas— y de la razón por la que mandaron que en la puerta de la casa fueran grabadas las tres simbólicas estrellas.

La casa de las Tres Estrellas, en Antiguallas granadinas ::IDEAL.

Pero también, que el carmen fue lugar de encuentros literarios en los años finales del siglo XIX, puesto que Afán de Rivera era integrante de una de esas frecuentes tertulias granadinas de entonces, la conocida como “Cofradía del Avellano”, que gravitaba en torno a la sobresaliente figura de Ángel Ganivet. En el seno de dicha “cofradía” nuestro personaje era llamado, igual que los demás, con un novelesco nombre: el propio Ganivet era “Pío Cid”, como el protagonista de su novela Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, y Afán de Rivera fue “Gaudente el Viejo”, el inventor, en la misma obra, “de un género de composiciones que él llamaba ‘chupaletrinas’*, … algunas muy célebres, en las que desfogaba su genio satírico con gracia inimitable; …” (Trabajo cuarto, en el que “Pío Cid emprende la reforma política de España”).

En este ambiente bohemio, uno de esos encuentros, como refleja la lápida, tuvo lugar el 5 de noviembre del año 1899, cuando artistas y escritores se reunieron para rendir homenaje al literato Manuel Fernández González, fallecido el día de Reyes de hacía ya once años y que había dejado en herencia una abundantísima y folletinesca producción escrita.

*Equivalente a chascarrillos o anécdotas, fue una palabra usada también por Lorca en La zapatera prodigiosa: “Sí. ¿Ve usted todos esos romances y chupaletrinas que canta y cuenta por los pueblos? Pues todo eso es un ochavo comparado con lo que él sabía… él sabía… ¡el triple!” (Acto segundo, Escena V).

 

Ver artículos anteriores de

Daniel Morales Escobar,

Profesor de Historia en el IES Padre Manjón

y autor del libro  ‘Un maestro en la República’ (Ed. Almizate)

 

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