Daniel Morales Escobar: «Por las tierras del Pirineo (II)»

En este artículo sigo contando el viaje que hicimos por Navarra y Aragón en los primeros días de agosto.

El sábado 7 fuimos a la cascada de Belabarce, muy cerca de Isaba. Es un sitio auténticamente de cuento al que se llega por la NA-2000 y andando a través de un sendero boscoso, fresco y, por su abundante musgo, de aspecto encantado. Estuvimos, como mínimo, 20 minutos viendo la cascada y haciendo fotos y, en total, desde el coche hasta volver a él tardamos una hora más o menos, por lo que resulta un paseo sencillo y para no perdérselo, porque te adentras en el mundo oscuro de la fantasía.

Lo siguiente, cerca del alto de Belagua, fue la venta de Juan Pito, donde comimos. Se trata de otro paraje espectacular, si bien en él es como si estuvieras en el cielo con un gran valle entre montañas a tus pies. Sin embargo, la organización en la venta es “humana”: va por números, como en tantos supermercados. Pero, aunque tengas muchos por delante, son rápidos y, encima, la cocina es buena, la atención también y el precio más que razonable. En conclusión: merece la pena la espera que, en verdad, te permite disfrutar más tiempo del lugar.

El único problema, como el día anterior en Roncesvalles, fue la niebla. Empezó a cubrirlo todo cuando terminábamos de comer; pese a ello, seguimos con el coche carretera arriba con la esperanza de ver algo. Pero resultó imposible. Unos kilómetros después, aprovechando una mínima visibilidad, dimos la vuelta y comenzamos el descenso por el mismo sitio de subida. Cuando la bajada fue la suficiente esa espesa niebla desapareció por completo y volvimos a tener sol, que ya nos acompañó el resto de la tarde.

Bajando del alto de Belagua ::D.M.E.

Para merendar paramos en Ochagavía, al que se llega, desde donde estábamos, por una carretera sumamente estrecha y con un peligroso escalón lateral. Es un pueblo bonito y muy turístico, lleno de pequeños hoteles y apartamentos rurales. Además del entorno del río Anduña, de las calles y de las casas tan de montaña, de las ventanas y balcones llenos de macetas con flores —geranios rojos la mayoría—, me gustó especialmente la iglesia de San Juan Evangelista. Y fue por su retablo mayor, que llamó mi atención nada más entrar porque es una excelente obra, consagrada al patrón de la iglesia, en la que algunos rasgos me parecieron similares a los de nuestro retablo de la Capilla Real, dedicado a los dos Juanes, el Evangelista y el Bautista. Pero, tras consultar sobre el autor —del de Ochagavía—, he llegado a la conclusión de que esos rasgos parecidos se deben solo a que son de igual estilo y época, el Renacimiento (siglo XVI) y, en gran medida, con la misma iconografía.

Torre de la iglesia de San Juan Evangelista, en Ochagavía y retablo mayor  ::D.M.E.

El domingo, día 8, nos dirigimos a Aragón. Por la mañana visitamos el Real Monasterio de San Juan de la Peña, no lejos de Jaca, aunque hay que llegar a él por una de esas carreteras de sierra, estrecha y de muchas curvas. Con todo, compensa el esfuerzo, puesto que terminas en una pequeña joya del Románico situada bajo la gran oquedad que forma una montaña rocosa. De ahí su nombre. El claustro es magnífico por los expresivos relieves de sus capiteles, todos de motivos bíblicos fácilmente reconocibles que nos enseñan lo esencial del Viejo y del Nuevo Testamento. Pero me resultaron asombrosos también la iglesia superior*, cubierta en parte por la propia roca natural, y la capilla de San Voto y San Félix , con una preciosa cúpula sobre trompas y rematada por una pequeña linterna, lo que supone una unión de elementos que no recuerdo haber visto anteriormente.

Iglesia superior del monasterio de San Juan de la Peña ::D.M.E.
Claustro del monasterio. En primer plano el capitel de la Última Cena ::D.M.E.

Después de comer en el cercano pueblo de Santa Cruz de la Serós, donde nos zampamos una pierna de cordero también monumental, encaminamos nuestro GPS directamente hacia Canfranc. Sin embargo, al llegar a su Estación Internacional y ver los pocos kilómetros que nos faltaban hasta Francia, decidimos continuar y asomarnos a la zona fronteriza. Fue un gran acierto, porque no mucho después estábamos en el puerto de Somport, a 1640 metros de altitud y justo donde España se une con su vecino en esta parte de los Pirineos. Las vistas, a un lado y otro son bellísimas, por lo que pude hacer muchas fotos en solo unos minutos. La reflexión, además, fue la misma que en Roncesvalles: ¿Cómo en siglos pasados, con los medios tan precarios, ejércitos distintos pudieron atravesar estas inmensas «murallas»?

Al rato de estar en Somport iniciamos el regreso a Canfranc. Volvimos a parar, pocos minutos más tarde, para ver la gran —y señorial— estación que inauguró Alfonso XIII, junto con el presidente francés, hace casi cien años. Es de las que han mantenido hasta hoy su fabuloso diseño original, convirtiéndose, como otras construcciones emblemáticas de la arquitectura industrial, en un edificio especial y característico de esas décadas de finales del siglo XIX y principios del XX. El entorno de elevadas montañas delante y detrás, cerrando el estrecho valle, la hace, además, un perfecto escenario de cine. De hecho, allí uno se siente como en una película y casi puede imaginarse las antiguas locomotoras avanzar hacia Francia o hacia España, ruidosas y echando humo, y a los viajeros de antaño entrar y salir de la estación con sus abultados equipajes.

Panorámica de la Estación Internacional de Canfranc ::D.M.E.

Sin embargo, el chocolate con churros que nos merendamos, pese a que ya era habitual en esos lejanos años, fue el mejor indicio de la realidad en la que ahora estamos. Y así, reconfortados del hambre (y del frío que empezaba a hacer), iniciamos el regreso a nuestro hotel de Pamplona, al que llegamos pasadas las diez de la noche. Jaca, que atravesamos, quedará para otro viaje pirenaico, porque me he quedado con ganas de conocer su catedral y algunas otras cosas de estas montañas alpinas.

  • En San Juan de la Peña hay dos iglesias: a la que me refiero, en la planta superior, junto al claustro y de estilo románico, y otra anterior y más pequeña, exactamente debajo y de rasgos mozárabes.

 

 

Ver artículos anteriores de

Daniel Morales Escobar,

Profesor de Historia en el IES Padre Manjón

y autor del libro  ‘Un maestro en la República’ (Ed. Almizate)

 

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