Jesús Fernández Osorio: «Los santos inocentes»

El sábado pasado falleció en Santander, a la edad de 86 años, el director Mario Camus. Con su muerte, tal y como se ha reconocido casi unánimemente, nos deja un genio del cine español. Un maestro que supo adaptar como ningún otro numerosas series y algunas de las obras cumbre de la literatura española contemporánea como: La colmena de Camilo José Cela o Los santos inocentes de Miguel Delibes. Esta última, una magistral adaptación cinematográfica en la que, sin ser una obra comprometida, supo retratar con total precisión la España gris y profunda de la dictadura. Una afortunada recreación del que podríamos considerar como segundo franquismo; de una etapa que, simplificando en exceso, podría extenderse desde el final de la guerra en Europa hasta la agonía del régimen, en 1975.

El conocido desenlace de la II Guerra Mundial, con la derrota de las potencias fascistas, obligará a variar el rumbo del régimen franquista instalado en tierras hispanas. A partir de entonces, tras un periodo inicial de fuerte rechazo de la comunidad internacional por sus evidentes lazos de unión con el fascismo y el nazismo, la situación de tensión entre las dos superpotencias –la llamada “guerra fría”– le permitirá pasar del aislamiento exterior a la consideración de fiel aliado americano contra el comunismo soviético. El Concordato con el Vaticano y los acuerdos con los EE.UU para la instalación de las bases militares consolidará, ya sí definitivamente, el régimen de Franco. Así, desde los años sesenta y una vez dejadas atrás las cartillas de racionamiento (1952), se seguirá un periodo de cierta apertura y desarrollismo que coincidirá con un ciclo de expansión del desarrollo económico internacional. A pesar de todo ello, la dictadura franquista seguirá imponiendo impunemente el silencio y el castigo (la represión) contra cualquier atisbo de oposición interna, que, como era evidente y según sus palabras, procedía machaconamente de la eterna “conspiración judeo-masónica-marxista”.

El director de cine, Mario Camus.

En el contexto de esa España en la que perduraba el hambre y la miseria se inspirará Miguel Delibes para crear su excelente novela. La posterior película homónima, de Mario Camus, conseguirá mostrar con valor y maestría la pervivencia de las relaciones de poder y de vasallaje que aquí se seguían dando –y que durarían aún bastantes años más–. Un país y una época de terratenientes, de caciques, de señoritos, de los amos de siempre y, por otra parte, de jornaleros, de criados, de campesinos, de esclavos en su lucha por la supervivencia; unas relaciones paralelas de dominio, de sometimiento, de humillación y de pobreza sin fin.

La novela de Los santos inocentes constituyó, desde el principio, un importante aldabonazo en la conciencia de la sociedad. Una obra, del año 1981, en la que su trama narrativa constituye ya en sí una certera denuncia social de la explotación humana y en la que, además, podemos encontrar un importante y agudo sentimiento medioambiental. Pues, según se dice, su autor la dedicó a Félix Rodríguez de la Fuente, el gran divulgador y científico español que había falleció apenas un año antes de su publicación.

Portadas de distintas ediciones de Los santos inocentes de Miguel Delibes :: IEC

La película se estrenó muy poco tiempo después, en 1984, y desde bien pronto se convirtió en una cinta popular y querida –incluso para la crítica–. Un film que, gracias a la excelente dirección y adaptación literaria y a las magistrales interpretaciones de: Terele Pávez, Ágata Lys, Agustín González, Juan Diego, Maribel Martín, Mary Carrillo y, sobre todo, de Alfredo Landa y de Francisco Rabal, se convertirá en una obra de culto del cine español. Una historia que, además, supuso para los dos últimos actores la consecución del premio a la mejor interpretación masculina en el Festival de Cannes de ese mismo año.

Una obra que, gracias al poder de lo audiovisual, pudo mostrar a varias generaciones de españoles la cruda realidad del campesinado español. Un retrato imperecedero que algunos ya habían vivido en sus propias carnes o del que habían oído hablar a sus mayores. Una experiencia y unos personajes que para muchos, en modo alguno, resultaban lejanas, ni tan distantes como pudiera parecer. Todo ello en unas reconocibles secuencias en las que fácilmente se podían ver reflejados y que sintonizaba con un lenguaje que conocían de sobra: que “en los asuntos de los señoritos, ver, oír y callar” o, aquella tan conocida, tan constante y tan atentatoria contra la dignidad humana del “a mandar, que para eso estamos”…

‘A mandar Don Pedro que para eso estamos’

Una película ambientada, como se sabe, en los extensos terrenos de un cortijo extremeño durante los años sesenta, que se entiende bien por toda la geografía rural de España y especialmente por la Andalucía latifundista. Una creación cultural que, a pesar del paso de los años, se sigue pudiendo disfrutar (haciéndonos aflorar hondos sentimientos) y en la que, al verla nuevamente, como la otra noche en televisión en homenaje a su director, se puede percibir que sigue manteniendo todo su interés y que nos cuenta la verdad del caciquismo endémico que asoló nuestras tierras.

Puede que para algunos ese estado de cosas sea un fiel reflejo al que les gustaría hacernos retroceder: al del sometimiento impuesto, al del silencio forzado, al desasosiego infinito y al miedo explícito. Para quienes hoy nos seguimos reconociendo en las enseñanzas del pasado que aparece en la película, para la gran mayoría social y de progreso, ese será un tiempo al que no se debe ansiar volver nunca. Nunca. Ya tuvimos bastante. A pesar de los poderosísimos medios de creación de opinión que nos siguen queriendo ignorantes, de la supuesta “homologación de conciencias” y de las alharacas y florituras varias de los discursos ideológicos que encubren los pensamientos más rastreros y rencorosos que pueden tener los seres humanos.

Juan Diego, (el señorito Iván) en la película de Mario Camus

No estaría demás, por tanto, reconocer que en estos tiempos confusos en los que algunos hace tiempo vienen hablando abiertamente del fin de las ideologías, de la desaparición de los conceptos de derecha y de izquierda, que no nos arrebaten la memoria ni el pensamiento crítico. En todo caso y, como muy acertadamente supo expresar el dibujante El Roto en una de sus viñetas: “El que no haya derecha ni izquierda, no significa que no haya arriba y abajo”. Una taxativa sentencia que es útil traer a colación, pues, el propio señorito Iván (Juan Diego) se encarga de repetirla con suficiente convicción: “es ley de vida que unos estén arriba y otros abajo”. Pues, claro que sí, como cuando vemos a los más privilegiados pidiendo más privilegios y perpetuando sus intereses. Al resto ya pueden intuir el papel que nos tendrían nuevamente reservado. No alberguen dudas ni vacilaciones, los fuertes y los poderosos ya saben protegerse ellos solos. En consecuencia, como se sabe –o debería saberse–, afiancemos la idea de que “lo contrario de la pobreza no es la riqueza, es la justicia”.

 

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Jesús Fernández Osorio

Maestro del CEIP Reina Fabiola (Motril).

Autor de los libros ‘Cogollos y la Obra Pía del marqués de Villena.

Desde la Conquista castellana hasta el final del Antiguo Régimen‘,

Entre la Sierra y el Llano. Cogollos a lo largo del siglo XX‘ y coautor del libro

Torvizcón: memoria e historia de una villa alpujarreña‘ (Ed. Dialéctica)

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