Daniel Morales Escobar: «La calle granadina Martínez de la Rosa»

La calle Martínez de la Rosa es de esas que siempre he conocido, como posiblemente le suceda a muchos granadinos. Sin ser del centro de Granada, está próxima a él; y cuenta con servicios, negocios y otras “prestaciones” que, incluso los que nos acercamos ya a una edad, siempre hemos tenido ahí. En ella hay una iglesia —la capilla de los padres carmelitas—, un colegio de monjas —La Asunción—, el hotel Don Juan, varios bares y restaurantes (“del barrio”) muy conocidos por el vecindario, que es su cliente habitual, una librería de Budismo Moderno, un estanco, una farmacia, fruterías, una curiosa tienda de especias, tés y otros productos similares, una floristería, varios pubs,… y numerosos bloques residenciales, unos antiguos y otros no, que a muchas horas llenan la calle de paseantes conocidos entre ellos. En suma, es una calle con mucha vida, tanto de día como de noche y no solo por lo dicho, sino también porque comunica el centro de la ciudad, a través de la plaza del Gran Capitán, donde empieza, con la parte más alejada del Camino de Ronda —la que va desde Méndez Núñez hasta Villarejo—, donde termina.

Su nombre se debe al poeta, autor teatral y, sobre todo, político liberal granadino Francisco Martínez de la Rosa, que fue uno de los más importantes dirigentes del país en la primera mitad del siglo XIX. Participó en 1812, como diputado de las Cortes de Cádiz, en la aprobación de nuestra primera constitución —“la Pepa”—. Y luego, durante los reinados de Fernando VII e Isabel II, desempeñó una serie de puestos políticos de primer rango, como secretario de Estado en 1822 (equivalente a jefe del Gobierno), presidente del Consejo de Ministros en 1834, varias veces ministro de Estado (en 1834, 1844 y 1857) y otras tantas presidente del Congreso de los Diputados (en 1821, 1852, 1857 y 1858). En los comienzos del periodo isabelino impulsó el llamado Estatuto Real, una norma de carácter liberal muy moderado por la que se implantaban en nuestro país las Cortes de tipo bicameral (dos cámaras legislativas) que, salvo algunas excepciones, han perdurado hasta nuestros días, en los que seguimos contamos con un Congreso de los Diputados y un Senado.

Francisco Martínez de la Rosa (retrato anónimo) ::ABC.

Pero volviendo a la calle de tan memorable político decimonónico, hay que decir que se divide actualmente en tres tramos: el primero se inicia en la plaza antes mencionada y se prolonga hasta el cruce con Pintor López Mezquita. En esta parte es donde se sitúa el colegio, así como unos pocos bares y pequeños comercios. El segundo tramo, desde el citado cruce hasta la plaza de Albert Einstein —mucho más grande que la anterior y que recibe su nombre del físico alemán por la proximidad de la facultad de Ciencias a la misma—. En este tramo de calle están la iglesia, el hotel y un número mayor de tiendas y establecimientos de hostelería. Y el tercero, desde esta última plaza hasta el Camino de Ronda, quizás el más corto y dedicado especialmente a locales de comida rápida y alternativa, tan del gusto de los más jóvenes, y a algún pub.

Todo esto es absolutamente normal y ocurre en otras muchas calles de nuestra ciudad y de otras muchas ciudades. Sin embargo, Martínez de la Rosa tiene una particularidad, es decir, algo que la hace “especial”: sus tres tramos presentan claras diferencias entre ellos en cuanto a urbanismo, equipamiento ciudadano y, por tanto, en cuanto a comodidad, seguridad y aspecto estético.

Porque el primero, desde Gran Capitán a López Mezquita, cuenta desde hace años con unas aceras excelentes —gracias a no haber ninguna zona de aparcamiento de vehículos (ni coches ni motos)—, un agradable arbolado a ambos lados, numerosos bancos públicos para poder sentarse al sol o a la sombra, abundantes farolas y papeleras, constantes pilonas para evitar la invasión de las aceras por los vehículos, un firme especial que se asemeja a los tradicionales adoquines y que fue remozado hace muy poco,…, en fin, con todo lo que sería deseable para humanizar cualquier calle o plaza de cualquier ciudad. En cambio, no dispone de esas horrendas series de contenedores tan habituales y que, ¡serán necesarias, no digo yo que no!, pero que afean y contribuyen a dar una imagen de suciedad que rara vez es falsa. En consecuencia, el aspecto general de esta parte es elegante; y la comodidad y seguridad para pasear son indiscutibles. De ahí que vamos a considerarlo el tramo “noble” de la calle.

Vista del tramo ‘plebeyo’ la Calle Martínez de la Rosa  ::D.M.E.

El segundo, de López Mezquita a la plaza de Albert Einstein, coincide con el anterior solo en su arbolado, que sigue siendo muy de agradecer, sobre todo en verano. Pero ahora las aceras se han estrechado considerablemente, los bancos para sentarse no existen, las farolas y papeleras son muchas menos y, en cambio, abundan los coches aparcados a ambos lados, unos en línea y otros en batería, que dificultan tremendamente la circulación de vehículos y disminuyen aún más el ancho de la acera para los peatones. Destaca, también, la “colección” de contenedores instalada junto a la calle Pintor Rodríguez Acosta, con los efectos estéticos e higiénicos que antes he dicho. En suma, parece otra calle, mucho más estrecha, incómoda y fea. Por eso, a este, lo vamos a llamar el tramo “plebeyo”. Pero, indudablemente, no por sus vecinos, tan nobles como los de más arriba, sino solo por la morfología urbana y el equipamiento, que son asuntos imputables al Ayuntamiento y a sus sucesivos alcaldes.

Vista de otro tramo de esta vía granadina ::D.M.E.

Por último, de Albert Einstein al Camino de Ronda es un tramo muy corto donde los rasgos urbanos son similares a los inmediatamente anteriores. Las aceras no son anchas, los árboles son pocos y los coches aparcados muchos, porque frecuentemente numerosos conductores lo hacen en doble fila o tapando salidas de garajes. También son muy abundantes las motos estacionadas y el tráfico diario mucho mayor que en el resto de la calle, con frecuente paso de autobuses urbanos. Todo ello hace que el aspecto general de estos metros sea aún peor. En consecuencia, la sensación de degradación aumenta, aunque, como antes, no por sus moradores o comerciantes ni mucho menos.

De ahí que recuerde aquella descripción de Londres en el siglo XIX que decía que “tiene tres sectores bastante diferentes: la cité, el west end y los faubourgs. La primera es la antigua ciudad, que,… ha conservado gran número de pequeñas callecitas estrechas, mal alineadas, mal construidas,…”, mientras que el west end, la parte de la ciudad habitada por la corte y la aristocracia, “… es soberbia.– las casas están bien construidas, las calles bien alineadas,…” y, por el contrario, los faubourgs son los arrabales, que “encierran a los obreros, las mujeres públicas y aquella turba de hombres sin destino…”(*).

Ahora bien, ya no vivimos en esos duros momentos. En España llevamos más de cuatro décadas de ayuntamientos democráticos y, particularmente en Granada, solo en lo que va de siglo, se han sucedido varios alcaldes de distintos partidos. Pese a ello, la calle Martínez de la Rosa es así desde hace mucho tiempo, con ese “urbanismo clasista” tan anacrónico que ninguno ha solucionado. ¿Quizás porque el diseño del primer tramo, el único adecuado, se debió a algún tipo de intervención “sobrenatural” y no política?

No confío en que haya respuesta a esta pregunta, pero sí en que quien sepa de otras calles de nuestra ciudad con la misma división, lo haga constar. Posiblemente podamos, de esta forma, ayudar a reducir un agravio propio de otras épocas y regímenes.

(*) Flora Tristán, Paseos en Londres. 1840.

 

 

Ver artículos anteriores de

Daniel Morales Escobar,

Profesor de Historia en el IES Padre Manjón

y autor del libro  ‘Un maestro en la República’ (Ed. Almizate)

 

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