Juan Franco Crespo: «La mítica ruta de la seda: Jiva, 2»

Jiva evoca las caravanas de esclavos, los temibles y duros viajes a través del desierto o la brutal crueldad de sus pobladores. Hoy es una ciudad museo que sorprende y anima a recorrerla, la parte antigua, relativamente condensada. La zona moderna, extramuros, ya no tiene ningún interés para el viajero. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1990, un honor que realmente merece, hay otros sitios que te defraudan, si Jiva lo hace debe ser porque quien la visita buscaba algo equivocado en un lugar como este. Podríamos calificar de ciudad imprescindible para desconectar del mundo –aunque hay gente que esa cosa tan sencilla le cuesta horrores: móvil hasta en los lavabos-, la primera jornada concluía.

Aquí descubrimos hay algunas referencias al mítico Tamerlán (1336-1405) recogido por los historiadores bajo diferentes nombres Timar Lang o Timar el Cojo son los más habituales. Era mongol-tártaro y se hizo pasar por descendiente del imbatible Gengis Kan. Cuenta la leyenda que en Jiva hizo una monumental torre con las cabezas de los que ejecutó. Otra leyenda habla que los mojones de la mítica ruta estaban realizados con las cabezas de los enemigos caídos en combate o ejecutados. Sea como fuere, su nombre va asociado a la ciencia, las artes y las artesanías. En 1387 saqueó Moscú y una década después llegaba hasta Delhi (India), de regreso de esa expedición punitiva se instalaría, con su inmenso botín, en la ciudad de Shakhrisyabz (cerca de Samarcanda) en donde fallecía en 1405, en esa época uno de los embajadores más respetados fue el español Clavijo que hoy están en el callejero de esa gran ciudad monumental.

Las chicas uzbekas que querían la foto con la bandera de España ::J.F.C.

Un par de días dan más que suficiente para deleitarse recorriendo la ciudad-museo. Una semana proporcionará grandes momentos, pero las horas centrales del día, incluso en septiembre, son realmente duras. Lo habitual es que los guías, tras la comida en un restaurante previamente contratado, devuelvan al grupo al hotel para recogerlo bien entrada la tarde para realizar otra parte del recorrido o simplemente tomarse cada uno su tiempo libre hasta la cena.

Nuestro viaje coincidió con la graduación de una nueva promoción de la policía, la correspondiente entrega de diplomas y actuaciones musicales en vivo y libre acceso, así que tuvimos un extra. Por supuesto la televisión estaba presente y quedó grabado para solaz y disfrute de los historiadores: la bandera española y la camisa que me habían hecho por la mañana con tela típica de allí fueron las estrellas y llamaron la atención de los realizadores, así que el cámara enfocó y la chica del micrófono le pidió unas palabras al guía, la algarabía de la chiquillería era una de esas cosas que no se olvidan que en cierta medida también me devolvían a las ferias de mi infancia feliz jameña.

Artesanos tallando la columna de madera en improvisado taller callejero ::J.F.C.

Personalmente apenas estuve en el hotel y a patear tan fantástica ciudad en pleno desierto, un placer que no siempre se tiene a mano y rara vez si no se viaja hasta ella, normal querer aprovechar al máximo la estancia. De hecho el largo paseo me llevó a recorrer más del 70% de los lugares que horas después haría con el grupo y las magníficas explicaciones del guía [por cierto Russland tenía un español perfecto sin acento y dominaba la profesión].

Una de las puertas de acceso al casco histórico de Jiva ::J.F.C.

Ese tiempo libre de las ataduras que provoca el grupo, fue un regalo que me tomé a pesar del implacable astro rey y el recorrido me permitieron interiorizar más con sus pobladores, tomar el té con los lugareños y degustar sus famosos panes, cuando no comprar agua para hidratarme y seguir pateando ese excelente recinto histórico de adobe. Si alguien busca artesanías es la mejor opción de todo el viaje ya que en otras ciudades, mucho más extensas, no siempre hay tiempo para las compras, además Jiva ofrecía los precios más económicos de toda la ruta y el hotel estaba, en nuestro caso, a menos de diez minutos de la muralla sur, algo que facilitaba el polvoriento camino hacia el mismo, donde una reparadora piscina, o la correspondiente ducha te dejaban como nuevo al quitarte de encima el sudor de este territorio desértico.

 

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Juan Franco Crespo

Maestro de Primaria, licenciado en Geografía

y estudios de doctorado en Historia de América.

Colaborador regular, desde los años 70, con publicaciones especializadas

del mundo de las comunicaciones y diferentes emisoras de radio internacionales.

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