Gregorio Martín García: «Noche de Santos. Mi pueblo y su vieja tradición»

Llovía como nunca. Como siempre, los charcos formaban verdaderas lagunas sobre la tierra de la calle, cuando estas desbordaban, comenzaban a hacer riachuelos que discurren calle abajo, aumentando su caudal, llegaban a hacerse verdaderas chorreras que con su fuerza arrastraban toda clase de objetos, piedras y barro, hacia el río cercano, que a su vez aumentaba su corriente y en riada se anunciaba.

Las calles quedaron intransitables y los vecinos hasta pasaderas con piedras habían de formar si no querían embarrar los zapatos de domingo.

Transcurrían los últimos días de octubre y ya se adivinaban los de noviembre; en uno de los pueblos de los Montes Orientales de Granada, que se distinguen por su fino frío y su “recio y negro” hielo. El cielo mostraba un intenso color “panza burra”, se auguraba que la intensa lluvia en nieve se tornaría de un momento a otro. Así lo comentaba aquel vecino que envuelto en abrigos y con su nieto de la mano, por la calle, dando saltos entre charco y charco, sombrilla en ristre y casi galopando, caminan raudos hacia calle Paseo, tratando de evitar el aguacero: … ¿Sí, “agüelo”? ¿Va a nevar? ¿Mucho?  ¿Y me vas a hacer helados junto a la chimenea?… una retahíla de preguntas saltó de los labios de aquella criatura que no había de tener más de cuatro años y que caminaba casi en volandas para seguir a su abuelo que con su paraguas abierto intentaba tapar el dúo de caminantes.

Ahora quería evitar esa torrentera de canales que caían de la casa de enfrente, los goterones de las tejas golpearon la caperuza del chaval y de debajo de su atada bufanda salió un quejido, medio lloro medio reproche, su abuelo percatado del pequeño incidente trató de suavizar el justificado enfado de su personajillo que tirando de su mano se alejaban de escena tratando de contentarlo con la futura nevada y con la guerra de bolas que harían con sus primos y hermana. Ya doblaban la esquina de la calle y se perdieron en su caminar. La calle quedó desierta, las sombras de la muy fría tarde avanzaban cubriéndose de oscuro y formando contrastes destellantes en su perfil, reflejado por la escasa luz que de poniente venía. Un gran nubarrón empeoraba a suroeste, no era negro sino gris muy oscuro, hacía presagiar noche lluviosa con sonido musical a canales y canalones que con furiosas aguas caídas romperían en el suelo cuáles tambores sonoros azotados por furiosas baquetas. El nubarrón cubría toda la cumbre de la cercana loma…y seguía lloviendo.

Tras cenar una buena y caliente sopa de mayonesa, seguida de algo de embutido y ensalada remojón y de postre granadas, muy ricas, compradas en Olivares por mi padre, a la vuelta de la feria de Moclín, nos retiramos al “rincón” llamado así en mi pueblo, a lo que sería la chimenea, donde lo último de la “pava” (fuego encendido en algunos pueblos, formado por leña cubierta de paja y granzas de esta. La característica y forma de la “pava” conseguían que durara todo el día) se consumía desprendiendo un agradable calor hacia la estancia donde se solía desarrollar toda la faena diaria.

– ¡¡Chiipss!! Niños, callad, – pidió mi padre. Eran las diez, una conocida musiquilla comenzó a sonar en aquella vetusta radio que terminamos por conseguir oír tras múltiples peripecias con alambres sobre el tejado a modo de antena.

Daba comienzo el “parte” de las diez, sí, sí, el parte, las noticias ¡no!, que va, por entonces se llamaba parte y decía todo lo que acontece y de lo que yo no entendía nada y solo me hacía enfadar por el empeño de mi padre en que no podíamos hablar… ¡chiiissp! Callad…¡estos niños… se quejaba. Y no solo eran los niños, era lo mal que la radio se oía, entre el mal tiempo y las peores técnicas de entonces, era difícil captar lo que el cacharro decía, a veces, mi hermano mayor, lo arreglaba dándole dos o tres fuertes golpes en su costado.

Terminado el parte y mi madre acababa de arreglar y limpiar la cocina, se avecinaba la última tertulia de la noche junto a la pava.

Mi madre siempre con sus tradiciones nos recordó que la noche de los Santos y los difuntos se acercaba. Tomó aliento, tras acercar su silla de enea al calor de la lumbre y después de rascar con las tenazas los rescoldos y acercar sus, aún, húmedas manos por el fregoteo, a la lumbre y hacer varios suspiros de complaciente alivio, por el calorcito recibido, se acomodó su toquilla de lana, que tapara bien su cuello y alisando con sus manos la falda de su vestido, me mira… nos mira. Allí en su sillita a mi derecha estaba mi hermana, preguntándonos qué íbamos a hacer en tan señalados días…zzap!! todo quedó oscuro!!!, se había ido la luz y en penumbras todo quedó, tan solo una tenue y atrevida llamita de la ya escasa pava, osaba romper la oscuridad de la estancia, formando sombras con nuestros cuerpos en la pared del fondo de la cocina. No me asustaban, pero algo de recelo me transmitían.

Candil de aceite

El incidente del apagón apenas si nos alteró, era algo tan normal que a ello ya estábamos acostumbrados. De forma automática, mi madre tomó el candil colgado en la chimenea, arregló su mecha torcida, quito la ceniza de su última y reciente vez que nos iluminó y ya mi padre con un leño ardiendo prendió aquella llamita tristona que daba a la estancia un halo de magia de agradable bienestar…. no sé por qué, se habla más bajo más pausado, ¿será porque la mágica estampa rememora ancestrales momentos de la Humanidad en las cavernas? También se escucha más y por ello, yo reparé que las canales del cobertizo del corral habían aumentado su musical sonido, mi padre se incorporó dejó su trabajo de pleita y esparto sobre la silla y como «señor del castillo” asomó a ver el tiempo, el panorama, y tomar nota visual de lo que en la calle acontecía, fue rápida su vuelta, tras su reflexión de rigor: “Que nochecita!! ¡¡Que frío!! ¡¡¡Pobre gorrión que no coja teja esta noche!!!”, y así hablando para sí y para todos, se frotaba las manos para repeler el frío cogido y con la rapidez que sus pies ya cansados le permitían volvió a sentarse al “oro” de la pava, no sin antes hacerla despabilar con las tenazas y mascullando frases inaudibles entre ayes de frío que yo antes, en semejantes circunstancias, había oído: “está la calle como boca lobo. “No se ve un alma”.

– “Claro con este frío y esta lluvia” – Sentenció, contestando a sí mismo.

Hizo silencio, cogió la pleita de once ramos que estaba haciendo y habiéndose colocado el “mancho” de esparto crudo bajo su brazo comenzaron sus manos y dedos a entrelazar, “bailar” tan difícil danza de cruceros y enlaces dando lugar a aquel rollo de pleita, de varios metros de longitud que, en lo que iba de invierno y junto al fuego, había hecho, yo, cada noche me encargaba de aumentar el rollo que había formado.

Mi madre con sus manos sobre la lumbre guardaba silencio expectante, moviendo su cabeza con gestos afirmativos a aquellas rituales frases de mi padre sobre la noche y el tiempo. Se incorporó sobre su silla y volviendo a preguntar requirió nuestra atención sobre la fiesta cercana de difuntos y Santos.

Gachas con ‘coscorrones’

Haré, dijo mi madre, una buena sartén de gachas con “coscorrones” y miel, para guardar la tradición… yo, recordando y rememorando, dando una voz de alegría con sus saltos correspondientes, me atropellaba diciendo: “…y con las que sobren tapamos cerraduras…”. seguía celebrando tan aventurada acción.

No sé ahora, pero creo que dicha tradición con gachas organizada ha perdido garra, ya no es tal, ha quedado en que algún crío o jovenzuelo con bolsa de plástico en ristre, portando algo de agua y harina hace un pastiche que más que tapar cerraduras ensucia paredes, puertas y molduras quedando la esencia de la fiesta en la trastienda de los tiempos.

Nadie recuerda ya el significado de tan popular hazaña, que enfadaba de particular manera a mujeres fregantinas y “desatoradoras”, que al alba se temían el tapón ya reseco de las gachas sobrantes en noche de Santos.

Motivo ancestral tenía la faena de tapar cerraduras y cualquier agujero de casas y viviendas: “¡Que no entraran los espíritus!” en noche de difuntos a perturbar el sueño.

Se pensaba que por el orificio de la llave era el lugar más propicio por dónde las ánimas pasasen.

Era tal la animación que esta noche movía, que grupos numerosos de muchachos y mozuelas salían a la calle chapoteando charcos a hacer la “faena” a vecinos amigos y contrarios, que de todo había. Se pasaban la noche entre silencios impuestos por la cercanía de un objetivo que tras la misión cumplida en carreras y risas alborotadoras se convertía, se comentaba la hazaña se engrandecía la aventura y se buscaba próxima casa para pella de gachas pegar. Había grupos que se hacían acompañar de botella de licor y caja de borrachuelos y si en la noche trajinera a otro grupo se encontraban se intercambiaban risas, exageraciones un trago de anís y algún mantecado.

En ello estaba yo con mi boca abierta empapando la narración que de las gachas de Santos nos hacía: era tal su buena forma de narrar que parecía mentira que apenas leer y escribir supiera.

E igual que se fue vino… chaps!!!! Vino la luz, era débil y tristona, pero a nosotros nos parecía que estallaría la habitación porque, no caber en ella parecía. Mi padre puso su mano tras la llamita vacilante del candil y de un soplo lo apagó. Miré a mi madre, solo con verle la cara supe que se acercaba la hora de tener que irnos a la cama, que la agradable velada tocaba a su fin.

Ya hacía bastante rato que mi padre había oído el parte, era tarde, sobre las once serían, hora tardía para el pueblo que con sus calles absolutamente vacías y en casi absoluta oscuridad se presentaban intransitables, aún llovía, las canales repiqueteaban en la acera de la fachada de la casa, el cielo presentaba un extraño color blanquecino, hacía frío, mucho frío.

Levantó mi padre de la silla y dejando su faena de pleita se dispuso a ir a echar el último pienso a los mulos y mi madre ante nuestras protestas nos llevó a acostar.

Para mi hermana y para mí la tertulia, la charla familiar y el estar calentitos todos junto a la chimenea, por aquella noche se había acabado, ello nos enfadaba, pero el mandato paterno se imponía. No había TV no había otra distracción, solo una enorme radio que por falta de mejores técnicas apenas se oía, el candil para prevenir apagones y una espléndida lumbre en la chimenea punto central de la actividad social y familiar… y éramos felices y la vida era agradable a pesar de las muchas carencias, vista desde acá, vista desde el siglo veintiuno.

La distracción mayor de mi hermana y mía era nuestra caja de tebeos y las charlas, cuentos y relatos de mis padres. Y la vida así transcurría y la vida era vida bien vivida y el estar incurso en ella, un tranquilo alivio de paz.

¡¡ Fuera llovía…!!

 

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Gregorio Martín  García

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8 comentarios en «Gregorio Martín García: «Noche de Santos. Mi pueblo y su vieja tradición»»

  • el 25 octubre, 2021 a las 1:36 pm
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    Mi querido amigo como siempre te envuelve uno y se contagia de una narrativa viviendo en primera persona aquello tema que el tiempo tú alma de pequeño vivía. Increíble con la facilidad qué actor hace revivir tu experiencia escrita commotion cuento de hadas llegar a nuestra vida. Muchas gracias por compartir con nosotros to narrative un abrazo enorme de alguien que te quiere y te estima.

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    • el 26 octubre, 2021 a las 10:58 am
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      Gracias Guillermo. Tu siempre tan amable y tan amigo, considerando a amigo como algo mu serio y agradable, no digo lo de «un tesoro» porque es demasiado materialismo para tan bella palabra.

      Un abrazo «AMIGO»

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  • el 25 octubre, 2021 a las 9:09 pm
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    Precioso el relato y la descripción del ambiente. Es muy fluido y engancha mucho.

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  • el 25 octubre, 2021 a las 11:01 pm
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    Amigo Gregorio, me has llevado a mis años de infancia, a las veladas invernales al calor de la ‘pava’, a las labores de esparto, a la auténtica vida familiar. Muchas gracias y enhorabuena. Un saludo.

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    • el 26 octubre, 2021 a las 9:43 am
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      Luis eres un crítico muy blando. Te agradezco mucho tu generosidad… pero dame caña que pasará como una cita o un dicho que hay por ahí que no sé muy bien de quién es pero creo que de Monseñor Bonilla de Pamplona que dice: “ES SENCILLO SER FELIZ, LO DIFÍCIL ES SER SENCILLO.” Me gusta por lo que tiene de real. Ya se la pasé al “manejador”, capataz y “manijero “ de todo este bonito y entretenido “cotarro”. Un abrazo para ambos dos … !Aaayy! Perdón por la redundancia. Jajaja

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  • el 26 octubre, 2021 a las 7:27 pm
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    Me ha gustado mucho el relato, está muy bien enhorabuena, un abrazo.

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    • el 26 octubre, 2021 a las 9:04 pm
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      Miguel, lector empedernido de todo lo que escribo. Gracias apañao, te voy a nombrar ayudante oficial para que salga mejor lo que escribamos. Un abrazo

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