Gregorio Martín García: «¿Un Belén sin Jesús?

Una tarde invernal. Fría y un poco ventosa. Con nubes semi cubriendo el cielo. Por momentos dejaban ver la luna en su fase menguante que de levante a poniente cruzaba el cielo, y lo alumbraba con luz de aceituna.
¡Qué bonita luna! ¡Qué bonito cielo!
¿Qué sería el cielo sin su luna?, ¿Qué sería el amanecer sin su alba?,
¿Qué sería del amor sin enamorados?

Así, las cosas alteradas nada dicen nada enseñan, se quedan en banalidad suprema, atacan principios, destruyen enseñanzas, corroen los cimientos básicos de las gentes sencillas, de las gentes grandes. Todos caen en semejante trampa. Acaban con costumbres y con todo lo aprendido y legado de aquellos que fueron antes.

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Guapas, muy guapas, bien vestidas y muy contentas marchaban ellas con sus minifaldas. Al igual que aquellos jóvenes que también de buen porte y desarrollado músculo, las acompañaban.
Siete u ocho, no más, eran. Y todos con singular alegría. Ocupando la acera hacia el centro de Granada iban. Hablaban a voces, se cruzaban frases y dichos, y gozando de su feliz adolescencia ni se enteraban de que su forma de marcha, un tanto atropellada, molestaba a otros viandantes que se cruzaban.

Denotaban las bolsas y paquetes que en sus manos llevaban, que irían de fiesta o botellón, pero no. Aquellos paquetes que transportaban no eran bebidas ni similares, eran objetos distintos, sus colores brillantes se transparentaban

Su conversación no era la propia de ir de botellón, más bien a alguna junta o evento que irían a celebrar.

Un patinete circulando por la acera, conducido por un despistado y algo desarrapado muchacho a punto estuvo de atropellar “al mascarón de proa” del grupo, que parecía estar liderado por aquella que delante iba marchando algo alocada. De vez en cuando ésta se volvía y caminando de espaldas andaba y vociferaba a modo de directora de coro, con aquellos que le seguían.

Varios y fuertes tacos malsonantes y amenazadores se ganó el chofer del patinete que acelerando escapó de lo que se le venía encima.

El semáforo en rojo del paso de peatones en la placeta de San Isidro Labrador, les obligó detener la marcha y volver rápido a la acera, a dos de ellos que algo despistados ya se habían adentrado en las bandas blancas del paso. Sin respetar el rojo del semáforo peatonal.

El arranque del tráfico les obligó a dar un salto y volver al bordillo de la acera. Uno de ellos haciendo gestos grotescos de desprecio a los conductores por una situación que él mismo había originado.

Dos chicas, ya nerviosas por estar “aguantando lo que para ellas era desesperante espera, del semáforo”. A voces comentaban; y aunque se oía perfectamente en el ámbito de la plaza. A mí que, en un banco descansaba, me hizo aguzar más el oído a lo que charlaban.
-Pues yo he hecho y compuesto los dos villancicos que me dijeron. Los dos me gustan a cuál más…
– Pero ¿no nombrarás a la “Vigen” ni al Niño Jesús, como hablamos? -No. Lo he hecho como dijimos. Con aires y sones de villancico, pero de cosas alegres y dicharacheras. Respondió aquella.
-Sí, sí así acordamos cuando pensamos en la fiesta. El Jacinto dijo que en nuestra fiesta de estas pascuas no íbamos a celebrar la “pamplina del niño Jesús ni sus papás”. En el portal que hicieron no están. que yo lo he visto. Pero ¡tía!, los Reyes Magos si los han puesto, por lo que pudiera pasar. ¡¡Ja ja ja ja!!

Cataratas de fuertes y burlonas risas terminaron aquella conversación que a mí me dejó a cuadros. A la vez que se alejaban en igual manera que llegaron. Chicas y chicos bien, aparentemente, que van por el mundo molestando sin percatarse de que al prójimo deben respeto.
¡¡…Un Belén sin el Niño ni sus Papás!!

En mi pensamiento quedó impresa esa frase que por no caber en él me hacía enfadar…¡pero, por Dios!…eso es una verbena, no un portal de Belén. ¿Dónde se ha visto un Belén sin Jesucristo ni la Virgen María y el bueno de San José? Me preguntaba insistentemente disgustado, no con los jóvenes que la habían comentado. Mi indignación era más grande y abarcaba a toda la falsa sociedad. Estábamos dando paso y permitiendo, que se pudra y enferme todo el conjunto social que vano y corrupto pronto nos dominará.

¡Qué tiempos vivimos! ¿En dónde nos movemos? Me temo que ya no somos los mismos que poblamos este ínfimo cuerpo celeste que surca los caminos de la inmensidad Celestial.
Es tan absurda la situación a la que hemos llegado que hacemos bodas sin cura y ni ceremonia. También bautizos sin agua ni sacramento, comuniones sin Hostia y toda clase de falsos actos que hasta me temo, habremos de llegar a celebrar sepelios sin muertos. Algo tan grotesco y falso como los mismos seres que a ello se prestan.

Las siete de la tarde marcaba el reloj de la iglesia de Plaza nueva, parroquia de San Gil y Santa Ana. La que es parte del conjunto de iglesias mudéjares de la ciudad, daba el reloj su primera campanada cuando yo comenzaba a subir la escalera de su entrada. De esta iglesia enclavada en la ribera izquierda del Darro en una pequeña placeta conjuntando con Plaza Nueva, comienzo de la Carrera del Darro al pie de la Alhambra y próxima a la Real Chancillería con la fuente El Pilar del Toro a su lado.

Desde 1501 con su riqueza sin igual, ahí está luciendo, puesta y dispuesta por Diego de Siloé con estilo mudéjar, el más representativo de España en la época medieval, la profusión de elementos ornamentales hacen de esta parroquia un conjunto precioso, lo que quizá fue causa de que estando celebrándose allí una boda a la que yo asistía. Ocurrió algo aquel día que por absurdo y rocambolesco esclarece mucho esto que aquí ahora tratamos.

Fui lector de la segunda lectura. La iglesia estaba llena y los asistentes atentos al desarrollo de nuestra boda. Un sordo murmullo proviniente de la entrada, que se fue incrementando, hasta el punto de obstaculizar gravemente nuestro acto, forzó a que el ya senil celebrante, se dirigiera al micrófono que yo usaba y rogara exigente, a un grupo numeroso de gente que con otros novios aprovechando que las puertas principales estaban abiertas de par en par. En el hall de entrada a la iglesia, sin respetar la presencia del acto que allí se daba. Se comenzaron a fotografiar tomando como fondo toda la nave central de la iglesia y el altar. Dicho reportaje fotográfico tan profuso y numeroso en tomas fue, que a pesar de que el sacerdote varias veces les dijo se marcharan ya que no dejaban de molestar y continuar nuestro acto; estos o no escuchaban o no se daban por aludidos siguiendo en su empeño. Dos familiares de los novios de nuestra boda se acercaron y enfadados les expulsaron. Cerrando ambas puertas.

La gran mayoría de asistentes en la iglesia no acababan de entender qué estaba pasando… si eran otros novios que se hubieran equivocado de hora y vinieran a la parroquia al acto del sacramento, todos extrañados.

En el momento de la homilía y habiendo notado el celebrante que los presentes no sabían lo que había pasado, lo explicó, porque ya más veces se había dado la misma y desastrosa situación.
Pidió perdón el sacerdote por lo ocurrido y a tiempo informó que todo fue debido a que novios salidos del juzgado de enfrente, donde se casan por causa de sus principios o creencias. Terminados allí los actos administrativos del casorio, vienen a fotografiarse delante de la fachada del templo o si este está abierto, decía, han llegado a entrar y hasta subir al altar a hacerse las fotos de rigor.

¡¡Incomprensible!! ¡¡Absurdo!! Y ¡¡falsedad de acto!! Pero… ¿qué pretenden esos novios? ¿Qué papel están jugando? Si casarse por el juzgado, es cosa legal y así está estipulado para los que creencias cristianas no practican. Entonces…¿en la iglesia que buscan?

Con ese acto fotográfico demuestran lo falso y vano de todo lo realizado en día tan importante de sus vidas. Y ello todo derivado del mal destino a que la sociedad de hoy estamos encaminados. Se impone lo vano, lo irreal y falso y no importa a nadie el camino que seguimos de errores cometidos.

Mesas para 1ª comunión Restaurante

Pero ¿tan tontos y pedantes somos?, que, para celebrar actos sociales o civiles y no cristianos e imitar a todos los demás, hacen un grandísimo ridículo disfrazándose con unos trapos que hacen alusión a una determinada ceremonia, que no quieren celebrar, pero hacen como que la han celebrado. Disfrazados todos juntos y maltratando y no respetando a familiares amigos e invitados, se dirigen sólo al restaurante y allí comiendo y bebiendo damos por celebrado lo que no queremos celebrar… pero ¿habrá algo más torpe más absurdo y falso?

Hasta el desarrollado comercio peca de esta hipocresía, ahora para a todos contentar tenemos descafeinado el café, dulces sin azúcar, chocolate negro puro 100%, sopa de pollo que no lo es, son polvos Avecrem. Hamburguesas sin carne, chuletas de vegetales todo adulterado como querían esos muchachos hacer.

¡Una verbena no es un Belén!.

Que, molestando por la calle con todo el que se cruzaban y con maleducadas voces increparon a todo aquel que se les acercaba e iban a hacer ¡un Belén sin Jesús, sin La Virgen y el Bueno de San José!. Normal que de sus modales verbena salga y no Belén.

Para aquella, su compostura y formas van bien, para éste se necesita FE.

Ya tenían preparados villancicos que a nadie incluían de lo que en aquel Portal había y en donde nació el Niño Dios… ¿Por qué no ponéis unas calaveras y unas calabazas y celebráis Halloween? Hasta para traer fiestas de fuera hay mal gusto y torpeza. Cambiamos la Vida por la muerte.

Grupo de humanos somos, sin conciencia. Jóvenes sin vergüenza, aunque no todos. Mayores dislocados. Decidme pues. ¿A qué “jugamos”? ¿Qué hacemos con este Mundo que nos fue regalado?, ¿Hasta donde le llevaremos?

Hasta un Belén sin Jesús, una boda sin sacerdote, una comunión con restaurante y un Mundo sin Humanos…¡hasta ahí!…hasta ahí nos encaminamos.

Que, aun sabiendo del bien y del mal, igual nos da marchar por caminos equivocados.

 

 

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Gregorio Martín  García

Inspector jubilado Policía Local de Granada

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