Ramón Burgos: «Coherencia»

Ahora y siempre, en todos los entornos en los que nos desarrollamos como personas, la coherencia debería ser una de las “virtudes” que definiesen a nuestra “alma” y, por tanto, a nuestras relaciones con los demás –sean cuales sean sus razas, doctrinas, creencias u orientaciones–.

Al respecto, aunque en la especificidad de su campo de estudio, Águeda Delgado mantiene (revistacomunicar.com) “(…) que un artículo científico, como cualquier tipo de texto, para conseguir comunicar su información de una manera eficaz debe ser coherente, estar cohesionado y adecuarse al contexto”. Es decir, tres atributos que, perfectamente y según mi criterio, pueden aplicarse –exigirse– en cualquier ámbito de la comunicación (ya sea verbal, escrita, de signos, de expresión, etc.).

Y es que, como reflexión contrastada en el diario vivir, me ocupa la actual la sensibilidad ciudadana a la hora de definir personas o cosas, quizá por la tenuidad de las opiniones y, por tanto, la falta de reflexión sobre los hechos que se imputan. Parece como si la ligereza y la falta de meditación al emitir juicios –junto a la nula introspección y la olvidada ponderación– se alzase como la fórmula mágica para conseguir la masculinidad o la feminidad; y ello, aunque el odio, ese sentimiento de repulsa profunda que siempre conduce a la debacle, ni siquiera esté presente.

Dejadme decir –reiterar– que, al menos, la trivialidad y la frivolidad –en fraseología popular, “caradura”, “morro” o “jeta”– se han adueñado de bastantes discursos ciudadanos, añadiéndoles, además, un final despiadado: la culpabilidad de las víctimas inocentes, agrediendo no sólo los inmutables derechos humanos, sino también la capacidad innata de sentir y pensar.

Pero, además, parece que hacer el “don Tancredo” –lance taurino que las autoridades han ido prohibiendo y que magistralmente describió Pío Baroja en su novela “La busca”– se está volviendo a poner de moda –uso y costumbre– entre muchos de nuestros congéneres.

 

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Ramón Burgos
Periodista

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