Blas López Ávila: «El navarrazo»

La riqueza y los privilegios se defienden más fácilmente

cuando se poseen conjuntamente» G. Orwell: 1984

Si apenas hace unos años (10-15), alguien me hubiera dicho que tal día como hoy estaría frente a la pantalla de mi ordenador para escribir un artículo como éste, no les quepa la menor duda de que lo habría mandado a hacer gárgaras, pensando que se trataba de una tomadura de pelo. Si no hace tanto tiempo, alguien me hubiera siquiera insinuado que la realidad cobraría un grado de inverosimilitud mayor que la propia distopía, tengan por seguro que habría estado convencido de estar relacionándome con un lunático sin tratamiento.

Vienen estas reflexiones al hilo del bochornoso y grotesco espectáculo que nuestros diputados ofrecieron en el Congreso, el pasado día 3, con motivo de la aprobación de la Reforma Laboral. En una sesión – más propia de “13 Rue del Percebe” que de un Parlamento democrático- que logró alcanzar unas cotas de bufonería, insoportables ya para una mediana inteligencia, que ni siquiera podrían calificarse de esperpénticas pues tal es la talla intelectual, política y humana de estos personajillos que ocupan su escaño, que a ninguno de ellos se le hubiera permitido el acceso siquiera al Callejón del Gato. En definitiva, una sesión más acorde con una taberna portuaria de los bajos fondos que de una institución que debería representar dignamente la soberanía nacional.

De una de las facciones –y digo bien, una de las facciones- de la derecha más rancia, representada por PP y VOX, dispuesta a todo –incluyendo la emboscada del navarrazo- para hacerse con el poder a toda costa y que no tiene ningún empacho en votar en contra de la Reforma Laboral, poco más podíamos esperar. Y ya no se trata de una cuestión ideológica. Sencillamente son poco amigos de los hábitos ni, no digamos ya, de las prácticas democráticas. Porque con su voto en contra no han hecho otra cosa que deslegitimar a los agentes sociales –patronal y sindicatos- que, con un trabajo ímprobo de meses, han logrado cerrar un acuerdo que puede considerarse histórico por su trascendencia. Como decía con anterioridad, poco más podíamos esperar de estos dos grupos, cuyo ideal laboral es tener permanentemente la bota oprimiendo el cuello del trabajador frente a empresarios más lúcidos, que afortunadamente también los hay, que sostienen que las condiciones laborales y económicas de sus trabajadores aumentan el bienestar laboral y social y la productividad de sus empresas.

Pero con ser importante la constatación de estos hechos, no son para mí la cuestión nuclear del debate que, por lo que estoy viendo, se nos trata de escamotear: el estrepitoso fracaso que, para el Presidente del Gobierno y para su Ministra de Trabajo, ha sido la aprobación de esta Ley en sede parlamentaria, sólo posibilitada por el azar del error humano. He mantenido siempre, para todo aquel que me ha querido escuchar o leer, que los nacionalismos no son otra cosa que movimientos filofascistas, enmascarados siempre tras un discurso ambiguo y cínicamente perverso –“unos mueven el tronco y otros cogen las nueces”, que decía Arzallus. Me veo nuevamente en la necesidad de recurrir a Antonio Muñoz Molina, que en su obra “Todo lo que era sólido” nos deja la siguiente reflexión: “Pero es más misterioso todavía que viniendo de la doble tradición del universalismo ilustrado y del internacionalismo obrero la izquierda se convirtiera tan velozmente, tan integralmente, a la superstición nacionalista por las identidades colectivas”. Identidades, añadiría yo, que llevan en sus postulados ideológicos el egoísmo, la insolidaridad, la exclusión del otro y, llegado el caso, la violencia. Ya me dirán. Porque los verdaderos responsables de esta incierta aprobación de la Reforma Laboral no son otros que los socios nacionalistas del Gobierno de Sánchez, que han actuado y votado junto a su otra familia ideológica , PP y VOX. Somos bastantes los ciudadanos que nos preguntamos si la deslegitimación de los agentes sociales que han hecho los partidos nacionalistas no es la misma que han hecho sus parientes nacionales. Somos bastantes los que creemos que, por encima del bienestar laboral y económico de los trabajadores, ha predominado el egoísmo y la insolidaridad de los grupos nacionalistas que, sin pudor alguno, han dejado tirada a la clase trabajadora. El PNV, además, ha demostrado cuan alargada es la sombra de Bildu y, en cuanto a ERC, ha dejado meridianamente claro que ni el hábito hace al monje ni las siglas al partido.

Mucho habrá de recurrir este Gobierno al Ministerio de la Verdad, al eufemismo y a la “neolengua” para maquillar y blanquear el comportamiento de sus socios pero, a partir de ahora, les será difícil decir que conforman una mayoría progresista. Se necesita ser muy bobo, tener el cerebro esclerotizado o una desmedida ambición de poder para no identificar con absoluta nitidez los tentáculos de este fascismo que nos amenaza. Avisados quedan.

 

 

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