José Luis Abraham López: «Una fiesta hecha añicos»

Si el mundo fuera una momia rendiríamos pleitesía al valor de lo histórico. Polterabend, un peculiar sentido simbólico del matrimonio pero que incide en el compromiso en el esfuerzo y en los desafíos

Tantas costumbres como culturas y tantas culturas como comunidades. Y detrás de todas ellas, sus símbolos. Es de común acuerdo vivir la despedida de solteros con verdadero fervor. No es que se acabe el mundo pero sí parece ser que se termina una etapa en la vida de los desposados. Por ejemplo, en Alemania viven con auténtico frenesí el Polterabend, término empleado para despedir la soltería y dar la bienvenida al rito nupcial. Pero lo realmente curioso es la manera como tienen de festejarlo. Para atraer la buena fortuna en la pareja, los invitados rompen la porcelana de su propiedad, de modo que el ajuar de los novios queda a buen recaudo. Es más, si el impacto no resulta lo suficientemente fuerte como para hacer trizas la vajilla, se le anima al ejecutante a que lo intente de nuevo. A esta solemnidad no le falta todo un amplio catálogo de códigos (comida y objetos sobre todo) y rostros que fruncen el ceño ante el posible efecto rebote de la cerámica.

Pero que a nadie se le ocurra hacer lo mismo con el cristal pues qué mejor material para representar la fragilidad de la felicidad. Y para empezar a concienciarse de trabajar en equipo, una vez hecho añicos los objetos, entre vítores y clamores de los familiares y amigos asistentes, los novios recogen los fragmentos para ir asimilando las dificultades y desafíos que plantea el matrimonio y de cómo puede terminar una convivencia que siempre comienza con las mejores previsiones.

Por muchos que sean siempre serán pocos los rituales para atraer la buena suerte en las nuevas nupcias: regalar alfileres a los invitados, encender velas, soltar dos palomas blancas, algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul…

Hay en el rito un componente de compartir en público, en este caso un compromiso y qué mejor manera que los homenajeados socialicen con quienes más les importa, aunque en el caso de Polterabend puedan acudir al evento quienes no estén invitados.

Si el mundo fuera una momia rendiríamos pleitesía al valor de lo histórico. Ahora que lapidamos la tradición y la memoria, conviene conocer ceremonias que mantienen su culto a lo diferente y más si recuerdan el compromiso en el esfuerzo como un sacramento entre las muchas bondades de la vida conyugal.

 

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José Luis Abraham López

Profesor de Educación Secundaria y Bachillerato

 

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