Gregorio Martín García: «Las añejas y ruidosas cencerradas y el cabo Colomera»

Transcurría el otoño, ya el frío se iba intensificando, mis madrugadas e idas al colegio -a la escuela siempre decíamos-, envuelto en mi atada bufanda que, tras haber desayunado mi tazón de leche sopada con verdadero pan horneado en leña, mientras mi padre y hermano, ya desayunados, preparaban en una gran espuerta de pleita, (después vendría la de goma), la semilla para la siembra. Le echaban cobre, previamente aderezado de manera aprendida por consejos y enseñanzas de antepasados. Los granos de trigo que a “manta” lanzarían a la tierra que, en unos meses, cumplido su ciclo de vida: Germinación, crecida, desarrollo y aparición de su espiga con gruesas semillas de trigo. Darán exponenciales frutos y recompensarán el trabajo de los agricultores.

 

Mientras ellos laboraban y bregaban con los preparativos para irse al campo a sembrar. Yo me preparaba para la escuela; dos caminos distintos, pero por ello, no opuestos. Fundamentales y necesarios ambos: Cultura y Agricultura. Primarios y básicos.

Muy bien repeinado y perfectamente limpio con mi cartera en la mano, mi cartilla Rayas, un lápiz y cuaderno. Todo contento y alegre, salí hacia la escuela de la mano de mi madre. Tras haber despedido a mi padre y hermano que terminaban de aparejar los mulos para salir a sembrar aquel trigo preparado y sulfatado, envasado en un costal especial muy blanco, que para ello tenían.

Llegábamos a la plaza, ya cerca del colegio y algo allí ocurría, ya que en la misma había, expectantes, más gente que de costumbre. Dos “civiles” en la puerta del ayuntamiento con varias personas hablaban, éstos un tanto nerviosos, aquellos vestidos y uniformados de tan peculiar manera: Con aquel gorro de tres picos que con el movimiento reflejaba mil rayos de sol en él estrellados, aquellas inmensas capas que vestían, bajo las cuales portaban un arma de fuego de especiales características -el avispero le decían- así como una cartera o buchaca grande de cuero negro, que cruzada sobre el pecho tras su cuerpo formaba un gran y molesto bulto que seguro restaba y mucho, eficacia y operatividad a su labor de seguridad y vigilancia.

Pareja Guardia Civil de correrías

La conversación entre ambas partes era animada, si bien, eran los guardias civiles quienes la protagonizaban. Entre ellos uno destaca: Enjuto, faz morena, por quemadura bajo el sol de sus largas “correrías”, aspecto serio, mirada fría y penetrante y de un carácter personal agrio. Estampa por sí mismo impuesta y creada, ya que él había caricaturizado su “figura” que, de alguna forma había de alimentar con su actitud. A pesar de su estilo, en el fondo no era mala persona. Solo, así se comportaba cuando interpretaba el “papel” de su aparente y equivocada profesionalidad y controvertida personalidad.

Caballero andante pareciera, con su tez tostada, su enfadada mirada y aquel bigote amplio que lucía como amuleto, para reforzar su “aparente” y “firme” fisonomía: “Cabo Colomera”, le decían, apodo así ganado por haber, en ese pueblo, prestado sus discutidos y apasionados servicios. Qué, si bien daban resultados, creo, no eran debido por respeto a la autoridad que ostentaba, sino más bien por el miedo que tal figura irradiaba; del que se decía: “hacía mucho y luego en menos quedaba”. Valiéndose, astutamente de su bien ganada fama para de forma errónea, imponer la calma imponer el orden. Con ello conseguía que su ámbito de trabajo se mantuviera libre de delincuencia, pero… ¿A qué precio? El de su fama, el de su miedo y el de su caricaturizada figura.

Hoy, dicho personaje, no hubiera podido formar parte de las FFSS ya que sus formas y medios adoptados eran de principios muy equivocados y contrarios a la ardua labor que nuestros agentes de la autoridad, que hoy tiene España y prestan cada día. Don Antonio, Bedia Martín. Era su nombre de pila, que muchos desconocen porque solo de él sabían y, muy bien, su apodo de “Cabo Colomera”. Nacido en un pueblo de Granada, Los Ogíjares, en el año de 1.911, en donde murió a sus 82 años siendo el +1.994 del pasado siglo.

Caricatura Cabo Colomera

Ya jubilado, muchos años fue cabrero de un pequeño rebaño de cabras. De ajetreada vida de aventuras y leyenda. Pasó a la vida pastoril, la que se presta y te ayuda a la meditación y el pensamiento.

Mi madre, curiosa ella, se interesó por lo que pasaba. Alguien le informó que se trataba de la “cencerrada” que noches pasadas habían dado en el Cerro, a una pareja de viudos recién casados en segundas nupcias.

Ralentizó el paso mi madre a la par que comentaba con algunas vecinas de la zona los motivos de la inesperada actividad que esta mañana en la plaza encontramos. Y es de comprender; en un pueblo tan pequeño que nunca suele ocurrir nada, cuando algo se da, es una notición qué, “cual prensa de la mañana es repartido y a toda plana publicado a los cuatro vientos, en la villa”.

Nosotros, los niños de la escuela chica, ya en clase estábamos, a nosotros aquellas noticias poco nos interesaban, entregados a nuestros amigos en clase y a las enseñanzas de nuestra maestra.

En la calle seguía la actividad, los guardias citaban y hablaban con gente del lugar intentando averiguar quién fue el artífice de dicha “cencerrada”. Era costumbre muy ancestral y arraigada, la de dar un sonoro espectáculo nocturno a aquellos que, en distintas circunstancias de soltería, como pudiera ser la viudedad, se volvían a casar…¡¡pobre de ellos!! no había quien los librara de tan estrepitosa asonada.

En nuestro pueblo hubo, cencerradas famosas e inolvidables, aún hay gente mayor que de ellas guardan recuerdo y a veces en las tertulias salen referencias de las que más marcadas quedaron en los tiempos, bien por su multitudinaria manifestación de público participante, por la chispa de sus coplillas, por las anécdotas que en dicho evento se daban y sobre todo por las corridas y galopes delante de la Guardia Civil, al mando del “Cabo Colomera”, cuando asomaban por alguna esquina a intentar poner orden en aquel disloque de gentes, en sus fuertes carcajadas al final de cada copla, por la sonoridad estridente de los cencerros que acompañaban a tan delirante grupo que venía a ridiculizar una noche de bodas de los maduros contrayentes.

Allí valían las bromas, los golpes a cualquier cosa digna de sonar y formal tal estruendo que en la oscuridad de la noche rompía la bóveda astral. Había quienes almireces golpeaban, a la par que cucharón con sartén, creando tal cacerolada, sin orden ni concierto…que sinfonía endiablada llenaba todo el lugar. Haciendo que, en vela, escucharan vecinos, noctámbulos y los recién casados que, tras los cristales de sus ventanas, disimuladas por visillos, esconderse e intentar averiguar quién destacaba en aquella mala noche que les hacían pasar.

Había señores receptores de tan melodiosa sinfonía orquestal a ellos dedicada que, en muchas formas, asumen ser protagonistas de noche tan aciaga. Había los comprensivos y adaptados a tales hechos, recordando que, en otras eran músicos y parte ellos. Había los que con empatía recibían e incluso invitaban a copa y rosco a los señores de la asamblea que con tan digno protocolo se habían presentado en su puerta esa noche nupcial. Y también existían los que a voces y gritos devolvieron desde el tálamo, ofensa por ofensa, maldición por coplilla e insulto más sonoro que los que a ellos dedican.

Hubo alguna vez una simpática pareja, que saliendo de su “nido matrimonial”, marcharon con los colegas que le vinieron a “honrar con escándalo sin par” y siguieron con ellos divirtiéndose y participando de su “cencerrá”.

Ejemplo de coplillas que, en su día fueron cantadas en “cencerrás”:

Amigo mío Manuel
Cuando pasen quince días
La lías en una manta,
la sacas a la puerta
Y gritas: ¡Aquí está la marimanta!

Autor y cantó: “Motinte El Guarda”

En ella se refirió a la esposa, mujer poco agraciada.

Amiga mía Nicomedes
Te lo digo y mil veces te lo repito
Te has casado con “El Cherro”
Cuando no le sirve el pito.

Autor y cantó: Telesforo “Gavilán”

En ella hace referencia al marido, más viejo que la mujer.  En ambas coplillas se ha hecho algún pequeño arreglo por respeto. Son simples rimas muy básicas, que lo único que pretendían era ridiculizar algo de los recién casados y provocar la risa y diversión.

Coplillas cedidas y pasadas por Manolo Romero García

Cencerradas

Todo era escándalo, ruido, golpes y chirridos lateros con almireces aumentados que formaban tal estruendo que los abucheos, risas, palmas y gritos quedaban disipados. Entre el tumulto se alzaba un fuerte y ronco grito que así comienza a cantar -berrear será más acertado-, alguna difamatoria y burlona coplilla o grosera e insultante. Que todo vale y todo trae tras escucharle, la consabida explosión de gritos risas abucheos y tronada ensordecedora de los mil pitos traídos, cencerros de cabra o buey, todo vale, hasta un latón viejo que en una esquina fue encontrado. Todo así, todo así de perfectamente desorganizado hasta que asoma la Guardia Civil, que no tan raudos y ligeros vienen, ya que antes de llegar en una esquina han parado a oír las coplillas que aquellos cantaron y partiéndose de la risa antes de invadir la zona de donde parte tal escándalo.
Gritos, voces, avisos…¡¡¡QUE VIENEN LOS CIVILES!!!…¡¡AHÍ ESTÁN YA!!!

-Corre, corre que nos van a arrestar-.

Las carreras con grandes zancadas y zapateos, por las calles aledañas escapan, pero no crean, no se van solo se alejan del lugar y a distancia se reagrupan y desde allí siguen con más brío, la charlotada más bien escrache y gordo debemos llamar.

La Guardia Civil hace su trabajo, en antiguos tiempos hasta los años treinta del siglo pasado aproximadamente, “hacían como qué” …pero apenas si detenían a nadie. Tiempos después la cosa se puso mas seria y cuidado había que tener si no querías pagar caro la noche de trompeta y almirez dando el tabarro.

Los tiempos han pasado, se impone la libertad con algo mas de cordura y la gente madura se puede casar como en gana le venga, las circunstancias y ambiente de las gentes del pueblo ha avanzado ha progresado e impera el respeto a la vida ajena, seas joven o mayor, viejo o cualquier persona casadera que quiera, a su manera con otra casarse.

“Rompo una lanza” en favor de aquellas cencerradas. Había mucho ruido, muchas coplas, carreras voces y gritos, pero, es verdad que no maldad. Costumbre muy vieja era que de nuestros antepasados vino y por ello se hacía ésta. Nosotros ahora hemos sabido muy bien, parar a tiempo.
¡Ya no se dan cencerradas! Ya se pueden casar sin ruido.

Así qué, a dormir y callar.

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Gregorio Martín  García

Autor del libro ‘El amanecer con humo’

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