Daniel Morales Escobar: «San Jorge, patrón de los scouts»

En mi juventud un sábado como este, 23 de abril, estaría de acampada en Láchar con todos los grupos scouts de Granada. San Jorge es su patrón y esa gran reunión al aire libre era la forma de celebrarlo. Aunque ignoro si ahora seguirá siendo igual, porque han pasado casi cuatro décadas desde que me desligué totalmente de ese mundo.

En la primera mitad de los setenta muchos de los que estudiábamos en Los Salesianos del Triunfo entramos en el Grupo Scout 40, que tenía su local de reuniones en el mismo colegio y en el que participaban algunos de los curas salesianos más avanzados, como Paco Villalobos, Antonio Rodríguez Fenoy y Carlos Navarro. Yo lo hice por la primavera del 73, cuando aún no había cumplido los once años de edad y, sin duda, más por decisión de mis padres que mía. Desde esa fecha, y durante más de dos lustros, mi vida estuvo marcada por esta asociación, que me sedujo plenamente. Solo cuando las asignaturas de la universidad empezaron a ser incompatibles con mi fuerte vinculación al grupo scout, al que dedicaba casi tantas horas como al estudio, vi la necesidad de cerrar de golpe esa puerta, puesto que no era capaz de tenerla “moderadamente abierta”.

Recuerdo, además, que en esos momentos, ya de los ochenta, mi mentalidad antirreligiosa y antibelicista empezaba a chocar con algunos de los rasgos de los scouts, como las misas que asiduamente acompañaban a las acampadas principales y el uso de un uniforme y de unas insignias que cada día me recordaban más al mundillo castrense. Sirva como prueba de mi ceguera que cuando en 1988 alegué objeción de conciencia y solicité no hacer la mili, entre mis argumentos hice ver, junto a mi aversión a las armas y a la guerra, que había sido scout mucho tiempo, lo que me había proporcionado una “amplia formación” que hacía innecesaria, en mi caso, la instrucción militar.

Lo cierto es que nunca recuperé la vida scout que había tenido. Mi puesto de profesor estaba alejado de Granada, cambiaba frecuentemente de destino y cuando estabilicé mi plaza, nacieron mis hijos y tuvieron la edad requerida, tampoco fue posible que ellos entraran en un grupo, como en esa época me habría gustado, por la sencilla razón de que no había ninguno en Motril, donde vivíamos, ni en la cercana Salobreña, donde yo trabajaba.

Una vez, siendo jefe de estudios en el instituto, a principio de este siglo, un grupo scout solicitó el patio y el gimnasio de nuestro centro —con los servicios— para hacer su campamento de Navidad; y logré convencer al director y al Consejo Escolar para que aceptaran la petición. Lo mismo volvió a ocurrir al año siguiente y en ninguna de las dos ocasiones se dio el más pequeño problema, pero ahí quedó la cosa, puesto que no hubo más solicitudes.

Hoy en mi casa apenas hay rastro de aquellas vivencias. No se si habrán sido las múltiples mudanzas de la vida docente o dejadez por mi parte, pero únicamente conservo mi brújula, un álbum de fotos scouts del curso 73-74 y algunos libros de Escultismo guardados en una caja de cartón. Sin embargo, reconozco bien cuánto les debo.

En primer lugar, el amor y el respeto a la naturaleza, que es el ámbito de actuación esencial de los scouts. Solo en esos meses de las fotografías conocí, gracias a ellos, la sierra de Cazorla, el Peñón de la Mata, el Torcal y los dólmenes de Antequera, el castillo de La Calahorra y el paraje de La Tizná, en Jérez del Marquesado,… Éramos “los niños excursionistas”, como alguien de mi familia nos llamó, siempre con la mochila al hombro y las botas de montaña puestas. Y con este equipaje recorríamos andando distancias considerables, como las que hay entre el campamento de La Alfaguara y Granada o entre Dúrcal y Salobreña, lo que nos ocasionaba numerosas heridas y ampollas en los pies.

Puerto Lobo. Septiembre de 1974.

También la autonomía personal, porque en esa etapa en la que ibas dejando de ser niño para convertirte en adolescente y luego en adulto, los scouts te enseñaban a valerte por ti mismo para muchas cosas y a madurar de manera independiente. Ya con 16 o 17 años eras una persona responsable y capaz de guiar a otros más jóvenes que tú. Pero, asimismo, el trabajo en grupo y la colaboración con tus compañeros, puesto que la vida scout estaba planteada para que todo se hiciera con los demás: organizar una excursión, montar un campamento con lo necesario para unas dos semanas o decorar y mantener limpio el local de tus reuniones.

Acampada en la “casa de don Rogelio”. Septiembre de 1974

A ser persona de palabra, que hace lo que dice y cumple sus compromisos, porque la sinceridad y esa actitud ante lo acordado eran valores inculcados desde el mismo momento que te hacías scout, así como a ser buen amigo de tus amigos, a los que no debías olvidar ni dejar abandonados—“el fuerte protege al débil”—.

Y a enseñar al aire libre y con actividades lúdicas como eran, en los scouts, los juegos de pistas, los juegos de ciudad, las gincanas, los fuegos de campamento,… Todas tenían un fin formativo, pero casi ni nos dábamos cuenta, porque solo veíamos lo bien que nos lo pasábamos. Únicamente ahora soy consciente de esa finalidad.

El Fargue. 1974.

Como profesor, además, desde el primer día constaté que mi experiencia scout iba a facilitarme el camino. Pese a mi timidez de entonces, nunca tuve miedo a las clases ni a los alumnos, con los que siempre supe relacionarme y en los que habitualmente he encontrado respeto y afecto. Las excursiones y acampadas las sustituí enseguida por las visitas y los viajes de estudios que hacía con ellos a ciudades, monumentos y museos. Ya mi primer curso de docente, en Martos, como impartí Historia del Arte, organicé uno de varios días a Granada para enseñarles la Alhambra y otros monumentos de esta ciudad. Y esa práctica la he repetido, año tras año, en La Línea, Andújar, Salobreña y en el Manjón, porque se que el mejor aprendizaje es el que se adquiere sobre el terreno.

Juego de noche. Sin tocar al contrincante arrebatarle la pañoleta

Podría seguir enumerando “virtudes”, pero no quiero hacer una tremenda cursilada. Me apena no conservar otras fotos ni objetos de mi vida scout —como la pañoleta o el cinturón con la hebilla de la flor de lis— y haberme desligado tanto de los amigos de esos tiempos, pero me queda lo que he dicho. Y, a veces, cuando trato con niños y adolescentes a los que veo inmaduros, dependientes, superficiales o maleducados no puedo evitar pensar lo bien que les habrían venido ¡a ellos y a sus padres! unos cuantos años en los scouts.

 

 

Ver artículos anteriores de

Daniel Morales Escobar,

Profesor de Historia en el IES Padre Manjón

y autor del libro  ‘Un maestro en la República’ (Ed. Almizate)

 

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