José Antonio Flores Vera: «Vorágine viajera»

Viajar se ha sobredimensionado tras la pandemia o incluso aún dentro de ella. Es posible que se trate de una apreciación personal, pero no hay lugar, ya sea la oficina, la terraza del bar o el gimnasio, en el que no haya alguien contando su viaje. Eso siempre ha ocurrido, porque ¿quién no sufrió alguna vez en la era predigital el visionado una y otra vez del álbum de fotos del viaje de familiares o amigos?, aunque hay que decir por fortuna para el sufridor que esto pasaba tan solo en el espacio íntimo de las relaciones personales y muy de vez en cuando, sin embargo ahora ocurre a plena luz del día y de la manera más impúdica debido a las redes sociales, en las que todo el mundo aparece supuestamente feliz mirándote a la cara como diciéndote que tú eres un pringao porque no puedes viajar y ellos sí, porque, me pregunto, qué otro sentido tiene aparecer en las redes sociales posando en algún lugar emblemático de tu gran viaje a la vista de desconocidos pudiendo torturar a tu vuelta al familiar o al amigo, como se ha hecho siempre.

Y ahí quería detenerme, en ese aparecer supuestamente feliz en la foto del viaje, sin que se aprecie ni las más mínima sombra de que algo ha ido mal en el hotel, ya sea un extraño ruido nocturno de alguna maquinaria que no te deja dormir o bien los vecinos beodos de la habitación de al lado que para eso están de vacaciones, o la de vueltas que has dado para encontrar ese hotel porque estás en un país extranjero y no te entiende nadie, o lo que has tenido que aguantar en las diversas colas en el aeropuerto, tanto a la ida como a la vuelta, porque el mundo se ha convertido ya en un lugar demasiado peligroso, o el retraso de cinco horas del avión, algo muy habitual en vuelos de bajo coste, o la discusión con tu pareja o demás miembros de la expedición por desacuerdos sobre qué visitar o dónde comer, o ese pequeño hurto que has sufrido en esa calle por la que dijiste que sería mejor no pasar, que nadie quiso escuchar y eso ha provocado una nueva discusión, o la clavada que os han dado en ese restaurante que no parecía gran cosa y que por eso lo elegisteis donde, además, la comida era de hace una semana, o ese autobús que cogisteis por error y que os ha llevado a una zona de la ciudad que se sale del plano turístico que no tiene buena pinta y que tu volviste a aconsejar no tomarlo sin que, de nuevo, nadie te hiciera caso, provocando una nueva discusión en el grupo, o esos asientos tan estrechos del vuelo de bajo coste, que para eso es de bajo coste, que ha provocado que Chema, que mide un metro noventa, haya tenido que ir de lado durante las seis horas de vuelo, o esos incómodos turistas extranjeros que vienen a liarla a la Costa del Sol, muy propios de los vuelos de bajo coste, que no paran de gritar o reír porque ya vienen achispados, que se alternan en perfecta armonía con el llanto del bebé que llevas al lado, o la frustración de encontrar atiborrado ese lugar mítico que tantas ganas tenías de ver porque ha salido mil veces en una de tus películas favoritas rodada en esa ciudad que ahora visitas y que te vas a quedar sin ver, o esa huelga de transportes sobrevenida que ha paralizado el país que visitas, o esa tormenta dichosa, que nadie preveía, que ha provocado la imposibilidad de visitar nada cuando ya tenías las entradas sacadas…

Pero, por supuesto, todo eso es mejor que no salga en el Facebook ni en el Instagram porque entonces tu mirada indicaría que tú eres el pringao y no el que está cómodamente sentado en el sillón favorito de su casa o tomando una fresca cerveza tras el sopor estival en la terraza del bar de su calle sintiéndose un insecto cuando ve en las redes sociales las fabulosas fotos de tu glamuroso viaje.

 

José Antonio Flores Vera

es autor de varios libros, entre ellos  ‘Perdida y olvido

disponible en  papel y eBook en Amazon)

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