Antonio Luis Gallardo Medina: «La escuela de doña Nati»

Ya me estoy haciendo muy mayor, estoy jubilado y cuando me pongo a contar antiguas vivencias a mis hijas o a mis nietos, me llaman cascarrabias y gruñón, sobre todo mi nieto Ramón.
Pero siempre les digo, que son muy jóvenes, pero en España y en Salobreña en particular, hubo una época en la que para ir al colegio, se iba educado ya de casa. La palabra de Doña Nati era ley y como te saltaras esa ley, en casa te aplicaban un 155 pero de los de verdad, no de los que aplican los políticos. Y sin embargo, ahora con el paso de los años, no conozco a nadie que haya sido traumatizado por aquella forma tan rara de aprender y de enseñar.

Pocas cosas, en nuestro mundo contemporáneo, han sufrido cambios tan profundos y a la vez tan poco perceptibles para el observador, como los libros destinados a la educación y a la enseñanza. Sus cambios han sido parejos, cuando no precursores, de las transformaciones sociales y culturales, de la evolución de la sensibilidad y del gusto, de la aparición de nuevos valores y de nuevos hechos a los que prestar atención.

En los momentos actuales, en los que se están aplicando nuevas y avanzadas tecnologías a los métodos de enseñanza, ¿tiene sentido traer a la memoria y recuperar de la escuela del “ayer” y hablar de la escuela y el aula tradicionales? ¿Merece la pena que muchos de los que nos educamos en épocas muy pasadas tendamos una mirada, distanciada en el tiempo y con la emoción del recuerdo a la escuela, el aula y los materiales, tal y como permanecen en nuestra memoria? Merece la pena visitarla y recordarla, no como un ejercicio de nostalgia, sino simplemente porque esos materiales forman parte de nuestra existencia, de nuestra historia y de ella ha recibido una herencia nada despreciable nuestra cultura actual. Ese modelo de escuela y esos materiales encerraban unos valores que es necesario conservar y de ellos aún hoy podemos sacar ejemplos y enseñanzas que no sería prudente abandonar.

Yo, en verdad, no digo que la escuela de antes era más acogedora, más humana y, por supuesto, mucho más cercana. Doña Nati nos la hacía cercana, ya que he comentado en más de una ocasión que, dependiendo de la edad, ella ya sabía quién tenía que estar más avanzado, pero por problemas de espacio, le era imposible hacerlo y estábamos los mayores en su mesa camilla de la cocina. Clase entre pucheros, nunca mejor dicho.

Si el aula era el lugar de la clase, el lugar del trabajo del alumno era el pupitre. Asiento y mesa a la vez; servía de soporte para los útiles o materiales de escritura, como el tintero y la hendidura para colocar los lapiceros o la pluma, para los libros, los cuadernos o la pizarrita personal; disponía, además, de un cajón o estante para guardar los objetos que no se utilizaban en el momento.

Yo, apenas utilicé el pupitre. Y lo echo a faltar.

 

 

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