Daniel Morales Escobar: «Una breve historia de España en el siglo XIX (1ª parte)»

En 1788, con la muerte de Carlos III, se inicia el reinado de su hijo, Carlos IV. Muy pronto los cambios empiezan a ser evidentes: no solo el nuevo rey es más inepto que su padre y su valido –Manuel Godoy– es un pésimo y corrupto gobernante, sino que el nuevo reinado se ve afectado enseguida por ese terremoto político que en realidad va a sacudir toda Europa y que no es otro que la Revolución Francesa y el Imperio de Napoleón Bonaparte.

Al principio, como otros estados, España declarará la guerra a la Francia revolucionaria, que ha sido capaz de destronar a Luis XVI y luego decapitarlo. Pero pasados los primeros temores, quedará sometida a la política exterior francesa, como había sido a lo largo de todo el siglo XVIII. Cuando en Francia Napoleón se convierte en emperador (1804) y decide llevar a cabo la invasión de Inglaterra, logra atraerla a sus propósitos, creando una gran armada franco-española, capitaneada por un almirante francés, que será vencida junto a las costas de Cádiz por la armada británica del almirante Nelson en la célebre batalla de Trafalgar (1805).

Como no aprendimos de la experiencia, dos años después se inicia la cadena de hechos que van a llevarnos a la larga Guerra de la Independencia (1808-1813) contra Francia. Todo empieza con el Tratado de Fontainebleau que nuestro gobernante, Godoy, en nombre del bobalicón Carlos IV, firma con Napoleón: mediante él se permite al francés que atraviese nuestro territorio con sus tropas para invadir Portugal, siempre fiel a Inglaterra. Pronto empieza a saberse que los soldados franceses son más de los acordados y que, además, toman rutas que no llevan a Portugal. Empieza a descubrirse, por tanto, cuál es la intención completa del emperador y la familia real española opta por hacer lo mismo que la portuguesa: huir ante la amenaza y buscar refugio en las posesiones de América. Ya en 1808, el rey emprende el viaje para embarcar en Sevilla; pero haciendo una escala en Aranjuez (población al sur de Madrid con un importante palacio de la corona), estalla el que va a ser conocido como Motín de Aranjuez (marzo de 1808).

El motín está protagonizado por miembros de la propia corte del rey, junto al heredero real, el príncipe Fernando, y se dirige contra el favorito, Godoy, odiado por importantes personalidades de la nobleza y de la propia corte. Pero el resultado será que Carlos IV abdica en Fernando, que desde el 19 de marzo de 1808 es Fernando VII, el nuevo rey de España, en la que cada vez hay más tropas francesas por todas partes. El rey destronado, no contento con lo que le ha pasado, pide ayuda a Napoleón y este, que comprueba así la extrema debilidad y división de la monarquía española, propone a ambos, Carlos y Fernando, que acudan a Bayona (sur de Francia) a reunirse con él para buscar una solución.

Levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Francisco de Goya. Museo del Prado

Los dos “reyes”, que ven bien la propuesta del emperador, se encaminan hacia el norte camino del país vecino, pero no cuentan con lo que, a consecuencia de sus actos, se inicia el día 2 de mayo de ese año en Madrid: un levantamiento popular contra las tropas francesas de ocupación. Muchos madrileños y gentes de otros lugares, armados con lo que pueden, inician la guerra contra el invasor francés. Será la Guerra de la Independencia, larga y cruel, de la que nos han quedado numerosos testimonios del gran pintor Francisco de Goya, que la sufrió como el resto de habitantes de este país.

Abdicaciones de Bayona

Mientras, Carlos y Fernando, ya en Francia, interpretan otro vergonzoso hecho: las Abdicaciones de Bayona, mediante las cuales la corona española, no solo no vuelve a Carlos, sino que terminará en la cabeza del hermano del emperador, José Bonaparte, convertido por todos estos hechos en nuevo rey de España con el nombre de José I. Ni que decir tiene que, aunque bastantes españoles lo apoyan y serán conocidos como “afrancesados”, la mayoría de los pobladores de nuestro país, animados por las élites nobiliarias y clericales, emprenden una lucha “patriótica” para echar a los usurpadores y lograr que Fernando VII, retenido en tierras galas, recupere su corona. En Bailén (provincia de Jaén), al poco de empezar la guerra, las tropas francesas son sorprendentemente derrotadas por los españoles, dirigidos por el general Castaños. Pero esto fue, en realidad, “un oasis en el desierto”: los “gabachos”, que en ese momento tienen el mejor ejército de Europa, irán apoderándose de todo el territorio. Bueno, todo, todo, NO: Como la aldea gala de Astérix y Obélix frente a los romanos, Cádiz, que en ese momento era todavía un territorio insular (la isla de León), aunque muy cercano a tierra firme, resiste contra los franceses.

En esta ciudad del sur, comercial, burguesa, “cosmopolita”, pero también repleta de conventos, como todas sus vecinas, y que se llena de población huida de otros lugares del país, ocupados por los invasores, va a tener lugar uno de los hechos más sorprendentes de nuestra historia: unas cortes, llamadas Cortes de Cádiz, integradas por diputados que representaban a las diferentes regiones pero que en bastantes casos eran residentes habituales de esta ciudad, muchos de distintos oficios burgueses, también muchos clérigos y, en cambio, muy pocos nobles, van a aprobar una serie de decretos revolucionarios, como el que abolía la Inquisición, pero, sobre todo, van a alumbrar algo tan nuevo como la primera constitución de nuestro país, la Constitución de Cádiz o Constitución de 1812, pronto apodada “La Pepa” porque será el 19 de marzo de ese año, que se cumplían cuatro del reinado de Fernando VII, cuando sea aprobada y entre en vigor.

“La Pepa” establecía quiénes formaban la nación española y qué derechos tenían, así como la forma de separar los poderes del estado, lo que suponía rotundamente el final del absolutismo de Fernando VII. Eso sí, mantenía el Catolicismo como religión exclusiva en este reino y su doctrina debería enseñarse en las escuelas de todos los pueblos de la monarquía.

La mayoría de los habitantes del país, pobres, campesinos y analfabetos, desconocieron su existencia o no comprendieron nunca lo que suponía esta constitución. En cambio, el rey entendió enseguida su significado; y nada más regresar a España de su prisión dorada en un castillo del país invasor, recién acabada la guerra con la derrota de los franceses, hizo saber que declaraba la constitución y los decretos de Cádiz todos nulos y sin ningún valor, como si no hubiesen existido. Su reinado, por tanto, volvía a ser absolutista, como el de sus antepasados.

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Antonio Gisbert. Museo del Prado

Los hombres de Cádiz, así como numerosos militares, no aceptaron esta vuelta al Antiguo Régimen y se dedicaron a conspirar. En los años que siguen a la Guerra de la Independencia fueron varios los pronunciamientos militares que intentaron imponer la constitución y que fracasaron; hasta que en 1820 el comandante Riego logra el éxito de uno y obliga a Fernando a jurar la constitución gaditana. Se inicia así el llamado Trienio Liberal, hasta 1823, en el que los políticos “liberales”, contrarios al absolutismo, gobiernan basándose en la constitución. Mientras, el que ahora conspira es el propio Fernando VII que, aunque sigue siendo rey, ya no es absoluto, sino con poderes claramente limitados por lo establecido en la constitución. Fernando y los absolutistas incluso piden ayuda a otras potencias y Francia le envía tropas para reponerlo como monarca con todos sus poderes. Desde 1823 es nuevamente rey absoluto y serán años de una dura represión contra todos los que reclaman libertades y derechos como los contemplados en la constitución de Cádiz. En Málaga caen Torrijos y sus seguidores; y en Granada, Mariana Pineda será víctima, igualmente, de la represión emprendida por Fernando en estos momentos. Fernando VII, que había sido “el Deseado”, muere en 1833, como monarca absoluto y odiado.

 

 

Ver artículos anteriores de

Daniel Morales Escobar,

Profesor de Historia en el IES Padre Manjón

y autor del libro  ‘Un maestro en la República’ (Ed. Almizate)

 

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