El legado de Santa Teresa de Jesús en la espiritualidad de nuestro tiempo (6ª Parte)

VI. COMPROMISO CON EL MUNDO Y EL VALOR DE LA ORACIÓN: EL PADRE NUESTRO

Vaciarse ante Dios, desprenderse progresivamente de uno mismo y permitir que Él actúe en nosotros, ese es el programa a realizar que nos prescribía Santa Teresa y la kénosis carmelitana. Y eso nada tiene que ver con el disfrute autocomplaciente de determinados sentimientos religiosos, ni tampoco con una cerrazón del alma ante las contrariedades del mundo. Todo lo contrario. Las personas que renuncian a llevar adelante sus propios planes y se entregan plenamente a Dios, se hacen libres para realizar la obra de Dios y para transformar el mundo. Su compromiso con el mundo se concreta en su opción por los pobres, desvalidos y oprimidos. Las dos grandes místicas cristianas del siglo XX así como la mística judía holandesa, han recogido el teresiano legado encarnándolo en sus vidas y en sus escritos, actualizándolo en el mundo que les tocó vivir. Las tres, como Teresa de Jesús, llevaron una intensa vida de oración: el diálogo solitario con Dios, esto es, la oración, fue el centro de sus vidas.

Pero hay una oración, una sola, a la que Teresa de Jesús dedicará una profunda reflexión hermenéutica o exégesis en la segunda parte de su Camino de Perfección –-desde el capítulo 27 (Padre nuestro que estás…) al 42 (más líbranos del mal, amén) — tratando de descubrir a sus monjitas el misterio y el profundo significado de esa oración. Esta es precisamente la oración mediante la cual dos de nuestras místicas (Edith y Simone), significativa y sorprendentemente, articularon y vivenciaron su experiencia religiosa más profunda, su vida contemplativa y su relación con Dios. Y de haberla conocido es seguro que la tercera, Etty, también habría privilegiado esa misma oración entre todas las demás. Es la oración que Jesús nos enseñó a todos: el Padrenuestro. Oración central de la vida cristiana que es todo un programa de vida y conducta para el cristiano y uno de los ejes en torno al cual va a girar la conversión de dos de ellas, como vimos, así como su vida religiosa cotidiana.

Para Edith Stein el conocimiento del Paternoster, ya lo señalábamos al comienzo, la impresionó vivamente. Lo leyó por primera vez en versión gótica (alemán antiguo) ya en su temprana época de sus estudios germanísticos. Pero fue con ocasión de haber asistido casualmente a su rezo en común un amanecer en el campo, en la Selva Negra, lo que representó un inolvidable y profundo impacto espiritual:

La grandeza interna de esta oración”, escribe López Quintás, “su carácter trascendente e íntimo a la par, el clima comunitario que instaura impresionaron fuertemente a la joven estudiante. Tal impresión se incrementó una mañana en la cual, tras haber pernoctado con una amiga en una granja de montaña, pudo contemplar cómo el granjero, católico practicante, rezaba con sus trabajadores y los saludaba cordialmente antes de comenzar la jornada” (1).

Por su parte, Simone Weil sintió cuando la conoció una fuerte conmoción interior. Lo cuenta en A la espera de Dios: “Había leído palabra por palabra el Pater en griego… la dulzura infinita de aquel texto griego me apresó de tal modo que por algunos días no podía sino recitarlo continuamente” (2). En esa obra Simone lleva a cabo -en apenas cinco páginas- uno de los comentarios más profundos, emocionantes y plenos de sentido jamás escritos sobre la oración cristiana por antonomasia: El Padrenuestro (coincidiendo en esto curiosamente con Teresa de Jesús que —lo hemos dicho antes— también dedica en Camino de Perfección una larga exégesis y reflexión al Padrenuestro, comentando versículo por versículo, como Simone, las siete peticiones o ruegos que al Padre dirigimos en ella). La mística francesa lo inicia comentando el primer versículo de la oración, Padrenuestro, que estás en los cielos, con estas palabras:

Es nuestro padre; nada real hay en nosotros que no proceda de él. Somos suyos. Nos ama puesto que se ama y nosotros le pertenecemos”. Y concluye glosando su final: “la palabra Padre ha comenzado la plegaria, la palabra “mal” la termina. Hay que ir de la confianza al temor. Sólo la confianza da la fuerza suficiente para que el temor no sea causa de la caída” (A la espera de Dios, op. cit.).

Esa conmoción volvió a sentirla, sin duda, cuando en su Plegaria al Padre escrita en sus “Cuadernos de América” de 1942, un año antes de encontrarse “cara a cara con Él”, expresa su irrefrenable deseo: “Que este amor sea una llama absolutamente devoradora de amor a Dios para Dios. Que todo esto me sea arrancado, devorado por Dios, transformado en sustancia de Cristo y dado a conocer a los desgraciados cuyo cuerpo y alma no tienen alimento”.

Y Etty, de haberla conocido, no nos cabe duda la habría distinguido con su devoción especial. No olvidemos que incluso presintió su profundo significado dialógico y paterno-filial: diecinueve días antes de ser trasladada con su familia a Auschwitz, escribe desde Westerbork, esta su Oración al Dios Padre:

Dios mío, Tú que me has enriquecido tanto, permíteme también dar a manos llenas. Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios mío, un largo diálogo. Cuando me encuentro en un rincón del campo, con los pies plantados en la tierra y los ojos elevados hacia tu cielo, el rostro se nos inunda a menudo en lágrimas, único exutorio de mi emoción interior y de mi gratitud. También por la noche, cuando acostada en mi litera me recojo en Ti, Dios mío, lágrimas de gratitud inundan a veces mi rostro, y eso es mi oración” (3).

Etty Hillesum

Su compromiso con el mundo, fruto de su encuentro con su Dios Padre, se pone de manifiesto con su entrega incondicionada a los demás. Ese amor difusivo es lo que confiere a su experiencia mística carácter de imperativo ético manifiesto en un triple propósito u objetivo que, como ya apuntábamos más arriba, Etty se propone alcanzar en el Lager (el de ser remanso de tranquilidad en el campo, corazón pensante de los barracones y bálsamo para tantas heridas) y que trata de desarrollar de la manera más sencilla y natural valorando cualquier pequeña acción como algo importante y necesario: “Me sucede cada vez más a menudo que encuentro un asomo de eternidad hasta en las percepciones y tareas cotidianas más pequeñas”. En efecto, las tareas cotidianas están muy presentes en su Diario (4). Porque, — como como ya hemos señalado en un anterior epígrafe de este microensayo — buscando a Dios, Etty busca el Amor en lo más pequeño y aparentemente insignificante: “Deja que haga las mil pequeñas tareas cotidianas con amor, pero permite que cada pequeña acción surja de un único y gran sentimiento de amor” (Diario, 03. 12. 41).

Y es por la noche, precisamente, cuando “los barracones eran iluminados por la luz de la luna, hecha de plata y de eternidad: como un juguete que se hubiera deslizado de la mano providente de Dios”, el momento privilegiado para solicitar del Padre la fuerza necesaria para ser “bálsamo de las heridas” que a sus compañeras del campo aquejan y atormentan:

Por la noche, al acostarme en mi camastro, rodeada de mujeres y niñas que roncan suavemente, que sueñan en voz alta, que sollozan silenciosamente, que no paran de dar vueltas, mujeres y niñas que a menudo me han dicho durante el día: “No queremos pensar, no queremos sentir, de otro modo, estamos seguras de que nos volveríamos locas”, a veces me invadía una infinita ternura y seguía despierta durante horas, dejando que las muchas (…) impresiones de un día demasiado largo me afectaran; y oraba: “Concédeme ser el corazón pensante de los barracones”. Y eso es lo que quiero ser de nuevo. El corazón pensante de todo un campo de concentración. Ahora estoy tendida aquí tan paciente y tranquilamente que me siento ya un poco mejor, no fingiendo, sino sintiéndome realmente mejor. Estoy leyendo las cartas de Rilke sobre Dios, y cada una de sus palabras está llena de sentido para mí, podría haberlas escrito yo misma y, de haber tenido tal oportunidad, las habría escrito exactamente así y no de otro modo. Siento que la fuerza regresa a mí, he dejado de hacer planes y recuperarme por los riesgos. Ocurra lo que ocurra, seguro que es para bien” (5).

Continuará…/…

BIBLIOGRAFIA y NOTAS

1) A. López Quintás, Cuatro filósofos en busca de Dios, op. cit., capítulo II, Edith Stein y su ascenso a la plenitud de lo real, pp. 139-140. Es sorprendente que una experiencia similar a la de Edith en la granja de la Selva Negra, le aconteció a Simone Weil.

2) Véase también L. Boella, op. cit, p. 48.

3) Paul Lebeau, Etty Hillesum. Amsterdam1941-Auschwitz 1943, Sal Terrae, Santander, 2003.

4) Una vida conmocionada. Diario de Etty Hillesum, op. cit.

5) En compañía de Etty Hillesum. Jonás tras la alambrada. Antología, ed. De Isabel Martínez Moreno, San Pablo, Madrid, 2022, p

 

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Tomas Moreno Fernández,

Catedrático de Filosofía

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