Diálogos más allá de lo visible: taoísmo, hinduismo y budismo. Cuatro diálogos sobre el pensamiento taoísta (1/4) 

(UNA APROXIMACIÓN SENCILLA A LAS SABIDURÍAS ORIENTALES PARA ALUMNOS DE BACHILLERATO)

I. ENCUENTRO CON LAO ZI

El curso académico transcurría por entonces sin incidencias dignas de mención. Estábamos atravesando el ecuador del mismo, con las rutinas habituales: las clases lectivas, la atención de los alumnos en las tutorías, la puesta en común de los trabajos e investigaciones que los distintos grupos de trabajo iban presentando en la sesión semanal dedicada a ello, las improvisadas tertulias entre profesores, en las que se hablaba de lo divino y de lo humano, más de lo humano que de lo divino, ciertamente, dada nuestra dedicación a algo tan consustancial al hombre como las cuestiones políticas y sociológicas. Es decir: todo marchaba sobre ruedas.

Un día —todavía lo recuerdo con nitidez— nos convocaron a una reunión extraordinaria del Departamento. En el orden del día figuraba, entre otros asuntos burocráticos que no vienen al caso, la presentación del Dr. Cheng Yu Lan de la Chung Hua University de Taiwán, especialista en pensamiento político oriental, que disfrutaba de una beca de investigación en nuestra Universidad, para estudiar las semejanzas y diferencias existentes entre el quietismo taoísta del wu-wei y el quietismo místico cristiano del teólogo aragonés Miguel de Molinos, autor de la célebre Guía Espiritual (1675) (1).

Por su aspecto aparentaba frisar en los cincuenta. Pero la verdad es que sus facciones delicadas, su piel tersa y su sonrisa casi infantil hacían difícil, sin embargo, precisar su edad aproximada. De suaves maneras, su extremada discreción y educado trato, además de una sencilla prestancia en el vestir, daban a su figura un aspecto atractivo y elegante, casi venerable, estamos tentados a decir, si no fuera por su todavía lozana madurez. Se expresaba, en castellano, con una corrección académica más que notable. El director del departamento, tras darle una cálida bienvenida, con las fórmulas de cortesía habituales en estos casos, pronunció unas elogiosas frases acerca de la sublimidad del pensamiento oriental, enfatizando el interés que representaba su presencia para el departamento, a lo que el Dr. Cheng Yu Lan contestó con ceremoniosas muestras de agradecimiento por la cordial acogida que se le dispensaba, y, esbozando una enigmática sonrisa, no dijo nada más. La sesión académica continuó sin nada que fuera digno de mención: se dio lectura a los distintos puntos del orden del día sobre aspectos administrativos y burocráticos del departamento, y tras debatirse adecuadamente, como era preceptivo y habitual, quedó clausurada.

He aludido a su aspecto físico, pero no he señalado el único rasgo fisonómico que le distinguía e individualizaba: una de sus orejas, parecía algo más grande que la otra, mostrando, tras el lóbulo de la misma, unos como finos pliegues sensiblemente perceptibles si uno lo miraba de perfil y con cierta atención… Pasaron las semanas y su presencia en la Facultad, apenas advertida, transcurría la mayor parte del tiempo en la biblioteca de la misma, sin ofrecer especial relevancia, sobre todo por su extremada discreción y timidez. Un día lo invité a mi clase de Historia del pensamiento político; la sesión se dedicaba precisamente al análisis del Tao Te Ching (2). No tuvo conocimiento, con antelación, del tema concreto que íbamos a tratar en clase, pero accedió sin reparos a mi invitación de participar en ella. Por deferencia hacia él, tras unas palabras protocolarias para presentar el tema objeto de la exposición que, en realidad, quería conducir y desarrollar yo, le cedí la palabra, preguntándole:

— “Profesor Cheng Yu Lan, ¿podría hacernos una breve semblanza del fundador de la escuela taoísta… No se muy bien como transcribir su nombre al castellano: ¿Lao Tzu, Lao Tszé o Lao Tsé?

— “Con mucho gusto”, respondió solícito. “Lao zi —esta es, para algunos expertos, la transcripción más correcta de su nombre— es efectivamente su fundador. Figura legendaria del siglo VI antes de vuestra era cristiana (vivió, al parecer, entre el 570 y el 490). Se decía que su nacimiento había sido virginal y que tuvo lugar bajo la sombra de un ciruelo, y que su madre lo concibió al tragar un huevo en forma de perla, tras un embarazo que duró por espacio de 72 años. Dicen también que nació ya viejo y arrugado -cosa muy comprensible si tenemos en cuenta su gestación- adornado con grandes orejas, por lo que unos le apodaban Li-Ar, “orejas de ciruelo”, y otros con el sobrenombre de Li-Tan, “orejas largas”, pero sus discípulos lo sustituyeron por el de “viejo sabio”. Fue bibliotecario imperial de la dinastía Chou (de la turbulenta época de los Estados guerreros o combatientes) y, cuenta la tradición, que ya anciano recibió la visita del joven Confucio que con el tiempo sería otro gran sabio chino (3).

–“¿Podría indicarnos algunos datos acerca del nacimiento de su doctrina, el Taoísmo?”, le pregunté.

— “El Taoísmo en sus inicios, como tantas otras escuelas de sabiduría -recuerdo, por ejemplo, el caso del Pitagorismo en vuestra admirable tradición sapiencial greco occidental- fue en realidad la doctrina de un colectivo o escuela cuyo corpus doctrinal fue atribuido al maestro Lao Zi. Cultivado en los monasterios por anacoretas inclinados al silencio y a la contemplación, entendían la sabiduría de un modo antiintelectualista. Esto es: no como un saber teórico-especulativo o lógico-discursivo, sino como un modo o estilo de vida, como una praxis (como dirían los maoístas), una vía de perfección moral, diría yo, orientada al logro de la inmortalidad. Por eso cultivaban la macrobiótica (el arte de alargar la vida, “de vivir muchos años”). Habréis de saber que para la cultura china clásica, la muerte es el mal radical, a diferencia de lo que sostendrán hinduistas y budistas -de la vecina India- obsesionados, por el contrario, con la Dukkha (4), causada por la ignorancia y el apego inmoderado a la vida y al deseo de existir. El hombre indio está obsesionado por la desdicha de la existencia temporal, el hombre chino está obsesionado con la muerte”.

Gratamente impresionado por la soltura y claridad con la que el profesor introdujo el tema, modifiqué sobre la marcha la dinámica prevista para la clase y utilicé mis notas como guion para ir desarrollando la sesión en forma dialogada.

Cubierta de una de las ediciones de Tao Te King

–“¿Sería tan amable profesor Cheng de hablarnos de ese libro tan fascinante y enigmático y, para nosotros, tan oscuro como es el Tao Te King?”

–“¿Cómo no?, con mucho gusto. Es el libro clásico del Taoísmo, consta de 5000 caracteres o pictogramas, y está compuesto de sentencias, máximas, aforismos y poemas de concisión extrema. Yo rectificaría, permítamelo, el término King utilizado por Vd., porque la transcripción castellana que mejor se asemeja a la pronunciación china clásica es “Ching”. El significado de ese título sería algo así como Libro del Tao y su eficacia o también Libro del camino que lleva a la virtud, ya que “Te” (“teh”, “teu”, “to”: fonemas aproximados a su pronunciación clásica) significa “eficacia”, “virtud”, pero no en su sentido “moral” sino como poder, fuerza vital o interior, en el sentido de la “virtus” o el “vis” latinos; procede del sánscrito “var” y no tiene connotación moral; y “Ching” es tejido, trama: esto es “libro”, como el “sutra” sánscrito, que significa “Libro canónico”. Y pasamos al término nuclear del título, el vocablo “Tao” que es el concepto central de la doctrina taoísta. Concepto difícil de definir para mentes occidentales como las de ustedes. Se trata de un concepto metafísico, o mejor místico que significa, en un sentido estático, “camino”, “vía”, “sentido” o “dirección” y, en su aspecto más dinámico, “curso natural de un río” o “corriente de un río”.

Es también razón divina (Logos en griego) inmanente, regla o normatividad cósmica, ley universal que todo lo rige. Esto es: el principio rector del orden del cosmos y también el principio divino del que todas las cosas emanan y al que todas retornan; origen y fin de todo cuanto existe. Se representa, en nuestra lengua clásica, por un ideograma que se compone de dos signos icónicos o pictogramas: uno que representa gráficamente una “cabeza” y otro que describe el acto de “marchar”; lo que significaría: “una cabeza que marcha por un camino” o “discurrir en conformidad con un camino”.

–“¿Se trataría entonces”, pregunté yo, “de un principio divino impersonal, semejante al Logos Estoico de los griegos y también de los latinos?”

— “Sí, si excluimos una interpretación excesivamente intelectualista del término, como la que hicieron los primeros misioneros cristianos en la China, al traducir el término chino Tao por el greco-latino Logos. Yo diría que el Tao es el Principio Divino, supremo, impersonal que rige el ritmo cósmico, su orden y su devenir y que gobierna el curso natural de la vida universal; un “ritmo” que es resultado de la combinación armónica de los dos elementos primordiales (polares y complementarios) que constituyen la esencia de todos los seres: el Yin (principio femenino) y el Yang (principio masculino) (5). Esto revela evidentemente la dependencia de la doctrina taoísta de la vieja Escuela del Yin-Yang, del Yi-Ching y del I Ching (Libro de los cambios) (6). Podríamos asegurar que toda la cultura China, incluido el Confucianismo, procede de esa misma matriz cosmológico-metafísica, característica, por otra parte, de una civilización agrícola, campesina, atenta a asegurar la correspondencia armónica entre el ciclo astronómico, el ciclo de las estaciones y el ciclo de la vida agrícola y social (según destacó el sinólogo francés Marcel Granet) (7).

Yin-Yang

— “Como veis, queridos alumnos”, intervine yo, “se trataría de una concepción naturalista y dialéctica de la realidad. Todos los seres estarían constituidos por una combinación de Yin-Yang, con predominio de uno de ellos. El taoísmo confiere al Yin (lo femenino: embrionario, informe, receptivo, pasivo, oscuro, húmedo y débil) cierta primacía sobre el Yang (lo masculino: principio formal, activo, luminoso, seco y fuerte), mientras que el confucianismo primará el Yang sobre el Yin. ¿Estoy en lo cierto profesor?”

— “Así es”, respondió, “y ello es lo que explica que los fenómenos y los seres naturales no sean estáticos, sino dinámicos. Y la raíz o el origen de ese dinamismo es precisamente esa contradicción interna que anida en ellos, constituyéndolos: ya que el Yin aloja en su seno o ser interno el Yang y, a su vez, el Yang contiene dentro de sí, su opuesto, el Yin. Pero esa dualidad o polaridad dialéctica es superada por la armonía de una unidad superior: en la unidad del Tai K’i, en el Tao”.

Tao

— “El concepto de Tao”, apunté yo entonces, “evoca o recuerda, por ello, no sólo el Logos helénico de Heráclito y de los estoicos, al ser una ley que rige el devenir, una armonía oculta, medida del devenir, sino también el logos hebraico-cristiano… de tal manera que en las primeras Biblias chinas, el término sirvió para traducir el término teológico “Verbum” o “Logos” del IV Evangelio de San Juan: “En el principio era el Tao…”.

— “Efectivamente, profesor Moreno”, respondió, “pero el Tao difiere de la segunda persona de vuestra Trinidad divina, en que es algo absolutamente Impersonal; es lo Absoluto no manifestado, innombrable, inefable. Un concepto místico inaccesible, inconceptualizable por vía intelectiva: “El Tao que puede ser expresado no es el Tao perpetuo”, dice el Libro (Tao, 1a). Sólo puede ser captado por vía intuitiva o contemplativa, como consecuencia de una vivencia inmediata del sabio, por la que alcanza la purificación y santidad interior que le lleva al desprendimiento, desapego o desasimiento del mundo exterior o a la autoentrega y abandono de sí mismo en el Tao, integrándose así en los ritmos de la vida y de la naturaleza universal”.

Tras el intenso y fructífero diálogo con el sabio profesor chino, la clase entera quedó absorta en un prolongado silencio, para, a continuación, prorrumpir en entusiasmados aplausos por la brillantez y claridad inusual con la que el profesor invitado había desarrollado sus interesantes reflexiones. Cuando el profesor Cheng iba a retomar la palabra, el bedel anunciaba -algo también inusual- la terminación de la clase. Por lo que rogamos al mismo siguiera deleitándonos en sucesivas clases con sus interesantes reflexiones, a lo que educadamente accedió.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1) Según constaba en su currículo, el profesor Cheng era también autor de un erudito trabajo —en el que se ocupaba de otro antiguo sabio pitagórico hispano —titulado Las relaciones entre el proceso de generación del cosmos a través del Tao y la concepción emanacionista del Uno en el pitagorismo de Moderato de Gades, publicado por la Universidad Chun Hua de Taiwán, en 1998

2) Lao Tsé, Tao Te Ching, trad. de Carmelo Elorduy, La gnosis taoísta del Tao Te Ching, Monasterio de Oña, 1961. Edición bilingüe chino-español, es sin duda la mejor existente en castellano. Todas las citas del Tao que incluimos en el texto proceden de esta fuente. Merecen citarse también la más reciente en castellano: Lao zi, Tao Te King, prólogo de F. Jullien y traducción de Anne-Hélene Suárez, Siruela, Madrid, 2003; y la versión de Ignacio Preciado Idoeta: Lao Tsé, El libro del Tao, Alfaguara, Madrid, 1978.

3) Para la biografía y leyenda de Lao Tse, véanse: R. Wilhelm, Lao Tse y el taoísmo, Revista de Occidente, Madrid, 1926; para su relación con Confucio, véase también: Richard Wilhelm, Confucio, Alianza, Madrid, 1966. Una ya clásica aproximación, no superada, a su figura y doctrina es la del pensador y escritor chileno: Juan Marín, Lao Tszé o El Universismo mágico, Austral, Buenos Aires, 1952.

4) Dukkha: primera noble verdad de la doctrina budista que constata la existencia del dolor y del sufrimiento universales

5) Sobre la concepción taoísta del proceso rítmico y cíclico de la realidad natural véase: Luis Racionero, Taoísmo. Los ritmos vitales de la naturaleza, Revista de Occidente, 3ª época, nº 19, Madrid, mayo 1977, pp. 26-29.

6) I Ching, edit. Marko Lauer, Barral, Barcelona, 1971. También se traduce por Libro de las mutaciones.

7) Marcel Granet, La Religión des Chinois, Gauthier-Willars, París, 1922

 

Ver más artículos de

Tomas Moreno Fernández,

Catedrático de Filosofía

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