Diálogos más allá de lo visible: taoísmo, hinduismo y budismo. Cuatro diálogos sobre el pensamiento taoísta (2/4)

II. SOBRE LA ÉTICA TAOÍSTA

La segunda sesión estuvo dedicada a la ética taoísta. Esta vez inicié la clase con una somera exposición del principio fundamental que la inspiraba y fundamentaba y que podría formularse así: “Seguir al Tao, vivir con arreglo al Tao es la sabiduría”. Les leí algunos fragmentos que así lo atestiguaban; uno decía: “Así, para los que obran con Tao (sabiduría) su camino es el camino del Tao. Si ganan, lo ganan con Tao. Si pierden, lo pierden con Tao. Caminan con Tao. Ganan con Tao, contentos de ganar. Pierden con Tao, contentos de perder” (Tao, 23c). El más conciso prescribía como norma de conducta: “Hablar poco y seguir a la Naturaleza” (Tao, 23a); otro aconsejaba: “El hombre superior, que oye el Tao, lo practica con diligencia. El mediocre, que oye el Tao, lo practica con titubeos y lánguidamente” (Tao, 41ª); el último sentenciaba: “Así, el que está cerca del Tao mora en la bondad. Su corazón ama la profundidad y la caridad. Sus palabras aman la sinceridad. Su gobierno ama el orden. Su trabajo ama la competencia. Su actuación ama la oportunidad. Nada se tiene contra él. Porque él con nadie riñe” (Tao, 8c).

Hice notar a los alumnos la semejanza entre este principio taoísta y el que inspiraba las éticas clásicas de un Heráclito o de los Estoicos, para los cuales seguir al Logos o a la Naturaleza era también condición necesaria para alcanzar la virtud y la felicidad (1). Para el Taoísmo, en efecto, la Naturaleza nos impulsa siempre hacia el bien; el mal resulta del menosprecio de sus exigencias. El hombre es bueno por naturaleza y todo en la naturaleza es perfecto. Hay que discurrir por ella como por un tranquilo río, dejándose llevar por su corriente para alcanzar la paz, la calma, la felicidad (que se representan en chino clásico con un ideograma peculiar que reúne dos signos o pictogramas: uno que representa “techo” –el hogar– y otro que dibuja la silueta de una “mujer”).

Esa sintonía con la normatividad de la naturaleza, implica y exige purificarse de toda “artificiosidad” y renunciar al egoísmo, a la gloria, a los placeres, a los deseos, al yo y a toda voluntad de dominio o posesión: “Renuncia a lo mucho, rechaza lo grande”, dice el sabio. El sabio taoísta asume “el espíritu del valle” (que todo lo recibe y acoge pasivamente, sin rechazarlo).

Acabada mi exposición, el Dr. Cheng quiso aclarar alguna de las ideas expresadas en la misma:

— “Seguir a la sabia Naturaleza, al Tao”, comenzó diciendo, “como muy bien ha dicho vuestro profesor, no sólo nos encamina hacia la virtud y la felicidad, sino que nos proporciona también la salud, condición indispensable para lograr aquellas. Y es que, para el sabio, la enfermedad no es más que una falta de armonía, de equilibrio, consecuencia de nuestra inadecuación al Tao. Existe una especie de sistema circular de energía (Ch’i) semejante al de la sangre. En una persona sana, el Ch’i fluye por el cuerpo sin obstáculos: la enfermedad resulta de un bloqueo de ese sistema y el arte que restablece el incesante flujo es la acupuntura (medicina natural tradicional china), alcanzando así de nuevo la armonía perdida de nuestro cuerpo: la salud”.

Confucio

En ese momento una alumna levantó el brazo para formular una pregunta:

— “Profesor Cheng, aunque sé muy poco del pensamiento oriental en general, en las clases introductorias anteriores hemos tratado por encima el confucianismo y observo que tiene muy poca semejanza con el Taoísmo, siendo como son las dos, las grandes escuelas más representativas del pensamiento chino. La doctrina de Confucio parece más política o social, el Taoísmo, al contrario, más espiritual o místico ¿Es ello así?”

— “En cierto modo esta alumna tiene razón”, respondió nuestro invitado chino, “Taoísmo y Confucianismo son aspectos diferentes de una misma visión o concepción del mundo, pero enfocados hacia dos ámbitos de realidad distintos: el cosmos y la naturaleza, en un caso; el hombre, la familia y la sociedad, en el otro. Sin embargo, no son tan diferentes como aparentan; ambos tienen como punto de partida la misma necesidad de superar un desorden o una desarmonía insoportables: de carácter socio-político, en el caso del confucianismo, de índole cósmico-natural, en el del Taoísmo, y de encontrar el equilibrio.

En el caso del Taoísmo, como hemos dicho, el punto de partida de su reflexión sapiencial fue la constatación o vivencia del desorden Cósmico-Natural, originado o introducido por el hombre, la sociedad y la cultura, que debilita el teh, la fuerza vital. Se trata de una experiencia derivada de una situación de “hastío cultural” que, frente a la actitud confuciana, no fomentará la intensificación y reforzamiento de las estructuras sociales convencionales o rituales, sino, al contrario, propugnará el retorno a la simplicidad natural, primigenia, como ocurrió en vuestra tradición cultural en el caso de los cínicos griegos, de Rousseau o en el caso de la generación de los hippies y de la contracultura en la década de los sesenta del pasado siglo e incluso hoy día, en los distintos movimientos Ecologistas (2). No olvidéis que toda cultura es “artificio” y que el cuidado por un orden social artificial, impuesto por la fuerza, violenta de alguna manera la armonía de los ritmos naturales (3).

Lao zi

El Taoísmo reivindica y revaloriza, por tanto, la concepción arcaica china de la “armonía natural”. Tanto Lao zi (intelectual desengañado, os lo aseguro) como sus discípulos (LiuTsieu, entre ellos) buscaron una “liberación pacífica” de todo lo “artificial” mediante un retorno a la naturaleza original. Para el sabio taoísta, dominado por una nostalgia del origen, “el regreso es progreso” (4), y su actitud de fondo responde a una especie de intento de un superar un trauma, de restañar una herida o escisión causadas por su alejamiento y extrañamiento del origen.

En el Canon del vacío perfecto, el maestro Li Tsieu, su autor, expresa de esta manera su experiencia “desconsolada de la vida”: “El Mundo entero se halla sin domicilio: ¿cómo no va a tener nadie algo que reclamarle?” Lo que, traducido a nuestro lenguaje, quiere decir, ni más ni menos, que el hombre en la sociedad y en la cultura se encuentra fuera de sí, descentrado, perdido, desarraigado, alienado. Uno de vuestros grandes maestros de sabiduría, Sigmund Freud, ya diagnosticó esa misma situación existencial en un famoso libro titulado El malestar en la civilización”.

Tras esta extensa pero clarísima explicación tuve la necesidad de intervenir con una -un poco sofisticada- digresión acerca de la actualidad y vigencia de la ontología taoísta, posición que está a la base de toda esa mística concepción del mundo y que, sorprendentemente, la física moderna -la física cuántica- de Erwin Schrödinger, Niels Bohr, Werner Heisenberg o Paul Dirac y otros muchos, habían puesto de actualidad a mediados del siglo XX. Había leído además, recientemente, un famoso libro de Fritjof Capra, El Tao de la Física (5), en el que las coincidencias y similitudes sorprendentes entre la mística taoista y la concepción cuántica de la realidad cósmico-física se exponían con absoluta claridad. Utilizando un esquema de mi invención traté de mostrar en la pizarra electrónica ese paralelismo. Para no cansarles: venía a señalar, sucintamente, que tanto en la física cuántica como en la ontología taoísta la realidad cósmica, el ser, el Tao, la realidad fundante o como queramos llamarla, es algo unitario, una fuente de energía, una gran mónada de energía (Ch’i) en perpetuo movimiento, en donde todos los seres no son más que aspectos diferentes de esa única realidad.

Todas las cosas, continué, están interrelacionadas y constituidas por dos principios polares u opuestos que son la causa de su dinamismo y movimiento y que se encuentran representadas gráficamente en el taoísmo en el famoso diagrama el T’ai Ch’i (un círculo dividido por una línea sigmoidea, cuyo lado izquierdo y claro representa el Yang, el principio masculino, y su lado izquierdo y oscuro, el principio femenino o Yin. En la parte superior del Yang se inscribe un pequeño círculo oscuro (Yin) y en la parte inferior del Yin se inscribe un pequeño círculo claro (Yang) que representaría la coexistencia de los contrarios, el dinamismo y rotación incesante de la realidad y, en tercer lugar, la síntesis y superación de aquellos en una armonía superior.

Yin-Yang

Me pareció oír carraspear a mi colega chino y entendí que quería intervenir, tal vez para matizar mis “elucubraciones” o tal vez para refutar alguna de ellas. No fue así, por suerte. Cogió el vaso de agua, bebió un sorbo y aclaró lo siguiente:

— “Efectivamente, para el taoísmo toda la realidad es como una permanente danza de energía, una inmensa red en la que todas las cosas se hallan interrelacionadas, interconectadas entre sí, y en la que todas las cosas son aspectos diferentes de esa única realidad energética. En lo que se refiere al conocido diagrama -que el profesor os ha dibujado- representaba en su origen las dos laderas de una montaña, la izquierda (Yang), la solana; y la derecha (Yin), la umbría. Como en el cuadro de los opuestos del Pitagorismo, en el diagrama taoísta se representaban, efectivamente, los contrarios u opuestos enfrentados: masculino/femenino, seco/húmedo, caliente/frío, activo/pasivo, lógico/intuitivo, cielo/tierra etc. En su origen pre-taoísta, estos principios polares tenían un sentido de influencias cósmicas, más adelante fue asumiendo un significado categorizador y clasificatorio, y hasta valorativo, de orientación moral. El Yang era considerado la fuente del hacer, de la acción, de la operatividad; el Yin, el centro del ser, la pasión y receptividad. Usamos el Yin, para recoger energía; usamos el Yang para hacer cosas con esa energía”.

Cuando el Dr. Cheng iba a tomar el lapicero, para escribir algo en la pizarra electrónica del aula, noté, algo preocupado, que sus manos —más arrugadas, por cierto, de lo que correspondería a su edad aparente— estaban afectadas de un ligero temblor, en ese preciso momento sonó el timbre: la clase había terminado.

BIBLIOGRAFIA Y NOTAS

1) Sobre las similitudes entre el Tao y la filosofía griega (Heráclito, la Stoa, Plotino, Hermetismo etc.) vid: Eleuterio Elorduy, Estudio Preliminar, en Carmelo Elorduy, La Gnosis taoísta del Tao Te Ching, op. cit. pp. XVII-XLV.

2) Cf. Salvador Pániker, La dificultad de ser taoísta, El País, miércoles 23 de septiembre de 1987.

3) Dice el Tao: “Con los talentos y los ingenios, vinieron los falsos artificios” (Tao, 18a). “La solución está en esta otra parte: mirar lo genuino y natural y abrazar el tronco bruto. Menos egoísmo y poca ambición” (Tao, 19e).

4) Para el Tao, en efecto, el sabio en vez de progresar regresa, en vez de trascender se enclaustra embrionalmente en la matriz maternal de la naturaleza; se hace niño y alcanza el “teh”. En el Tao se dice: “Para tener mucha virtud hay que ser como un niño pequeño; las sierpes venenosas no le pican; las fieras salvajes no le agarran; las aves rapaces no le arrebatan” (Tao, 55a); “Ser arroyo del mundo es no estar apartado de la Virtud eterna, es volver a ser niño de pecho” (Tao, 28a) Jesús lo dirá también: “Dejad que los niños se acerquen a mí”.

5) Fritjof Capra, El tao de la física. Una exploración de los paralelos entre la Física moderna y el misticismo oriental, Cárcano editor, Madrid, 1984. Como muestra de todo ello destaquemos, entre otras muchas, esta cita de Heisenberg: “La gran contribución científica en Física teórica que ha llegado de Japón desde la última guerra puede ser indicativo de una cierta relación entre las ideas filosóficas en la tradición del lejano Oriente y la substancia filosófica de la teoría cuántica” (Ibid).

 

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Tomas Moreno Fernández,

Catedrático de Filosofía

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