Diálogos más allá de lo visible. Hinduismo. Debates sobre el pensamiento hinduista (3/4)

III. RASGOS ESENCIALES DEL HINDUISMO

SWAMI. — Permitidme que continúe en el lugar en que dejamos nuestro análisis en la anterior sesión: aludíamos en ella al fructífero encuentro entre la mística oriental y la física moderna. Tema al que ya se refirió también nuestro sociólogo, cuando evocaba el diálogo entre el místico hindú Krishnamurti y el físico cuántico David Bohm, que no sólo coincidían en su común deseo de un mejoramiento de la humanidad a través de una educación más espiritualista, sino también en la necesidad de establecer un nuevo paradigma en las ciencias naturales, una nueva visión del mundo físico de índole holográfica.

Sostenían ambos que el pensamiento científico convencional —crasamente materialista y reduccionista— no era capaz de profundizar en una visión totalizante de la realidad, que esa manera de pensar petrificaba y falseaba una realidad creativa y dinámica, que nacía y se recreaba de nuevo a cada instante. Los dos postulaban un nuevo concepto del mundo no fragmentario, que nuestro lenguaje estructurado en sujeto-verbo-predicado introducía al interpretar la realidad dualísticamente en términos de sujeto-objeto.

Se trataba de superar esa manera totalmente inadecuada para expresar una realidad —fuente primigenia de nuestra existencia— en flujo permanente, un universo como totalidad fluida, en el que estamos física y metafísicamente implicados, del que se nos escinde y separa y al que sólo podemos retornar mediante una experiencia privilegiada, vivida o experienciada por todos los místicos que en el mundo han sido, y que podemos denominar como samadhi, moksha o unión beatífica y cuya precondición es el desapego, el vacío o el silencio.

El yogui y maestro espiritual Sri Chinmoy describiría así esa experiencia que nos sumerge en la unidad total: “Ningún pensamiento, ninguna forma: sólo existencia pura. / La voluntad y el pensamiento se extinguen, / El final definitivo de la danza de la naturaleza: yo soy Eso que he estado buscando” (1).

Pero prosigamos nuestro análisis. El segundo rasgo esencial del hinduismo podríamos calificarlo de Monista. Sólo existe, como ya apuntábamos, una única Realidad verdadera y fundante. Por ello, el hinduismo ha sido definido -por Shankara- como la doctrina de la Advaita (de la “no-dualidad”). Y esa única Realidad suprema y divina es Brahma.

Yogui y maestro espiritual Sri Chinmoy Foto: www.srichinmoymusic.com/

Para intentar que comprendáis este sublime concepto voy a servirme de una parábola del reformador Vivekananda, que viene a decir así:

En un árbol se encuentran dos pájaros. Uno en la cima, el otro en las ramas inferiores. El que permanece en lo alto es calmo, majestuoso, el pájaro de abajo, por el contrario, está agitado. Salta de una rama a otra, picotea los frutos, a veces dulces a veces amargos. Cuando prueba un fruto particularmente desagradable, levanta la cabeza. ¿Y qué ve en la cima? Al pájaro radiante.

Aspirando a parecérsele, se acerca a él. Después lo olvida y vuelve a comer frutos dulces y amargos. Cuando un sufrimiento más intenso lo domina, levanta los ojos y contempla de nuevo al pájaro imperturbable, más allá de las alegrías y de las penas. Y así continúa la escalada hasta que el pájaro inferior se acerca al que resplandece. Muy cerca de él descubre que su propio plumaje se ha transformado y brilla.

Cuanto más trepa, más siente que su cuerpo se desvanece y se funde en la luz. Entonces, de repente, comprende lo que ha pasado. El pájaro inferior no era diferente del pájaro superior. Era como su sombra, un reflejo de lo Real. Su error había sido no reconocer que en todo momento la esencia del pájaro superior era la suya” (2).

Como habréis adivinado la explicación de la parábola es muy sencilla: El pájaro supremo es Brahma, lo divino, más allá de todas las dualidades y sin embargo presente en ellas. El pájaro inferior es el alma humana, sujeta a las fluctuaciones terrestres de las alegrías y de las penas, de las experiencias agradables y de las desagradables, de las alabanzas y de las amenazas…

Meditación

FILÓLOGO. — Disculpe que le interrumpa en este momento, pero la parábola me ha recordado un relato de Jorge Luis Borges, El acercamiento a Almotasim -aparecido primero como ensayo en Historia de la Eternidad y como cuento en Ficciones– en donde se nos narra la historia de un joven que busca a un hombre de quien procede la claridad que ha percibido en un hombre vil y aborrecible. Todos los hombres que interroga tienen algo de Almotasim (fuente de esa claridad que busca) y en ellos encuentra que “todos son meros espejos de la divinidad, números de una progresión ascendente cuyo término final se llama Almotasim” (3).

SWAMI. — No me extraña nada la coincidencia. Todas las experiencias místicas de todas las religiones, vienen a decirnos lo mismo: que en todo ser, en su más profundo fondo, en su más recóndita interioridad resplandece algo así como una scintilla, una chispa divina. Y de eso mismo quería yo hablar cuando me interrumpió con su oportuna pregunta. Todo esto explica y justifica que en los Textos se llegue a proclamar que en última instancia Atma es Brahma, según reza la fórmula ritual que mejor sintetiza el espíritu del hinduismo: Tat twam asi (“tú eres eso”, la esoidad).

Nuestro yo efímero aspira a disolverse en esa realidad suprema como un grano de sal en el océano, como una gota de lluvia en el mar. Pero esto se consigue sólo si nos despojamos de las capas de la individualidad que ocultan nuestra identidad con Brahma. Debemos, pues, despojarnos de las envolturas materiales o psicofísicas (esto es de la “prakrti”, la materia, raíz de la ilusión de nuestra individuación) “como se despoja la serpiente de su piel”, en expresión de Borges, para alcanzar nuestro fondo divino, o para tratar de encontrarlo “como el pescador de perlas que se sumerge en el mar a la busca de la perla más hermosa”.

FILÓLOGO. — Entonces, el Misticismo es, evidentemente, uno de los rasgos específicos del hinduismo, como ya nos dijo al comenzar su exposición…

SWAMI. — No me cabe la menor duda de que ello es así, porque el Hinduismo es sobre todo, y esta es su característica esencial, una doctrina mística. Brahma es el principio supremo, aunque impersonal, de todo lo real y origen de todo lo que existe, lo Absoluto. Los que dicen comprenderlo no lo comprenden: no es nada que pueda ser categorizado con nuestros esquemas conceptuales. No es “esto, ni lo otro” (neti neti, dicen los iniciados). Como el Tao chino, es inefable e incomprensible discursivamente: “El Tao que puede ser nombrado no es el Tao perpetuo”, decía Lao zi.

El hombre participa del Brahma por medio de su Atma (que puede entenderse como alma, soplo, yo, cuerpo sutil, sí mismo, individualidad psíquica o como queramos llamarlo), y que es, en definitiva, un principio vital fuente impersonal de lo personal y que permanece idéntico a sí mismo a través de todos los cambios, reencarnaciones o transmigraciones a los que haya estado sometido.

Alcanzar, decíamos, esa identificación mística “atma-brahma” es el anhelo supremo de la existencia humana, su meta final. Quien lo ha logrado (4) supera la avidyâ (ignorancia) y alcanza el estado de Moksha, iluminación o liberación (Shamadi en el Yoga). En algunos casos se convierte en Sannyasin, asceta mendicante, que se retira del mundo, renuncia a todo -bienes, matrimonio, casta, nombre-, incluso a su propia liberación y ayuda a los demás a alcanzarla.

FILÓSOFO. — Por lo que sé, y por lo que nos ha dicho, observo muchas similitudes entre las dos grandes sabidurías indias: hinduismo y budismo. ¿Cuáles serían sus coincidencias o semejanzas, sus creencias compartidas?

SWAMI.- La capacidad de la India y del Hinduismo para absorber ideas, creencias y religiones foráneas es proverbial y casi “infinita” (5). El budismo surge en el VI a. C. precisamente como una reacción antirritualista frente a la autoridad védica, esto es: para reformar a fondo la sabiduría india, y quedó muy pronto, sin embargo, convertido y asimilado en una escuela heterodoxa (juntamente con la carvaka y el jainismo) de esa misma tradición sapiencial.

Samsara

Comparten, pues, muchas ideas, creencias y símbolos. La principal doctrina que los aproxima es la conocida como doctrina del Samsara, la común tendencia a tratar de suprimir el ciclo inexorable de las reencarnaciones (nacimiento-muerte-renacimiento) (6) con objeto de eliminar el dolor de vivir y liberar así al Yo del ciclo karmático fatal que le encadena a la existencia temporal.

Ahora bien: ¿qué debemos entender por karma? ¿Qué es el karma? La palabra karma deriva de la raíz sánscrita “kr”, que significa “hacer”. El karma es el conjunto de actos, acciones que hemos realizado durante nuestra(s) existencia(s); actos susceptibles de mérito o demérito, de premio o castigo. Todo lo que yo soy o padezco en la actualidad -tanto mi desgracia como mi felicidad- es la consecuencia, el fruto, de mi proceder en mis anteriores existencias/reencarnaciones. Es, por tanto, la deuda que hemos contraído por nuestras vidas o conductas anteriores, porque todas nuestras acciones son “causas” que producen “efectos”, cuyas consecuencias hemos de asumir y pagar. Es, en definitiva, el “poso” resultante de nuestras vidas anteriores; la debida retribución que debemos pagar o satisfacer por las faltas cometidas por nuestros actos culpables o, en su caso, recibir por los actos meritorios acumulados a lo largo de todas nuestras anteriores existencias. El Karma es, en definitiva, la Ley de la Retribución de los Actos. En los textos que a continuación les leo —procedentes del Maha Karma Vibhanga–– se ilustra diáfanamente lo que venimos diciendo:

Gran clasificación de los actos: hay actos que desembocan en una vida corta: es el atentado contra la vida; es la aprobación de un atentado contra la vida; es el elogio de un atentado contra la vida; es el congratularse a propósito de la muerte de un enemigo; es el elogio de la muerte de un enemigo; es impedir el nacimiento de una vida […]

[…] La renuncia a los atentados contra la vida, o el elogio de dicha renuncia o bien la puesta en libertad de hombres y animales destinados a morir desembocan en una gran longevidad” […]

[…] Otros actos que acarrean la desgracia física en otra vida son: la cólera, el rencor, el disimulo, la mordacidad, el hablar mal del padre, de la madre e incluso de otros: cabezas de familia, religiosos de las órdenes, niños, viejos (…) destruir las viejas imágenes, hacer burla de los seres desgraciados, tener un comportamiento deshonesto”.

La ley del Karma es, pues, inexorable: debe cumplirse, se ha de cumplir, querámoslo o no; determina las cualidades físicas y psíquicas y la posición social que cada uno ocupa. Conclusión: nuestras desgracias, sufrimientos; nuestros éxitos y logros tienen una causa, una justificación: nuestro propio “karma”, del que somos “únicos” responsables.

Karma

FILÓLOGO. — ¿Vendría a representar, entonces, algo semejante a lo que en la cultura clásica grecolatina significaron términos como Ananké o Fatum?

SWAMI. — No; se trata de conceptos cualitativamente diferentes: la responsabilidad con respecto a nuestro “karma” es individual y en el caso de la Ananké griega o del Fatum latino es impuesta por los dioses o entidades sobrehumanas (Moiras, Tyché) y contra ellas nada puede el individuo y ni siquiera los dioses.

En el caso de nuestra civilización podemos liberarnos de ese ciclo fatal del Samsara, pagar nuestra deuda y acceder a un estado de liberación definitiva. El camino para lograrlo -superando la ignorancia (avidyâ), alcanzando la sabiduría, el conocimiento (jnana) y, con ello, la liberación del Yo ilusorio, y de sus deseos esclavizantes (7) consiste, creo que ya antes lo apuntábamos, en la ejercitación en una serie de prácticas ascéticas, de ofrendas rituales, oraciones, ejercicios de Yoga y meditación hasta lograr el estado definitivo de “iluminación” (Moksha).

BIBLIOGRAFÍA CITADA Y NOTAS

1) Johannes von Buttlar, Más allá de Einstein. Un salto cuántico en el conocimiento, Barcelona, 1999, pp. 123-124. La concepción de lo real del paradigma cuántico presenta paralelismos y similitudes también con las doctrinas hinduistas de Dios “conciencia del universo” tal y como se manifiestan en obras que alcanzaron gran predicamento entre científicos estadounidenses y místicos orientales hinduistas, como las de Thérèse Brosse, Conciencia-Energía. Estructura del hombre y del universo, (1978), Taurus, Madrid 1983 y la pionera en el género de Raymond Ruyer, La Gnosis de Princeton. Los sabios a la búsqueda de una religión (1974), Editorial Eyras, 1985.

2) Parábola tomada del libro de Shafique Keshavjee, El rey, el sabio y el Bufón. El Gran Torneo de las religiones, Destino, Barcelona, 2001.

3) En esta misma narración incluye Borges la referencia a un poema del místico persa Muhammad ibn Ibrahim, (Attar), titulado “Mantiq-al-Tayr” (Coloquio de los pájaros) en el que se nos describe la experiencia religiosa del sufí (de su aniquilación en Dios). El Simurg es Dios y todos los hombres son el Simurg. En el poema se cuenta cómo los pájaros encuentran en el centro de la China una pluma del Simurg, su rey; resuelven buscarlo y al llegar a la montaña del Simurg “lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos”

4) Los medios que el hinduismo propone y ofrece para vivir la liberación son los diferentes yogas. El término yoga procede del sánscrito “yuf”, que significa unir, “poner bajo un yugo” y consiste en una serie de técnicas psicosomáticas y posturales, de normas morales, oraciones y prácticas ascéticas encaminadas a la liberación de todo lo que nos encadena al Samsara. Se aprende con un guía espiritual o gurú (“madre”) y presenta seis estadios: Asana (posturas); Regulación de la respiración; Control de la respiración; Concentración; Meditación y Samadhi o iluminación y liberación definitiva. Los Yogas son: el hata yoga (o de las posturas y ejercicios psicosomáticos), el karma yoga (o de la acción, actuar desinteresadamente). El raja yoga (o del espíritu práctico en la concentración y meditación), el jnana yoga (o del conocimiento, se emplea el análisis intelectual para alcanzar lo Absoluto) y el Bhakti yoga (o de la contemplación y la práctica del amor). Existe también un yoga tántrico para la sublimación de la energía sexual.

5) Su receptividad cultural, su tolerancia y capacidad de asimilación de ideas extrañas explican que, tras ser secularmente invadida y ocupada por Alejandro Magno, el Islam y el Imperio Británico, absorbió lo que de estas culturas le interesó, conservando sin embargo su propia identidad cultural sin mácula.

6) Según una tradición hinduista, entre dos reencarnaciones en un cuerpo humano hay 8.400.000 nacimientos en realidades no humanas, sean vegetales, animales o de otro tipo.

7) Se habla en los textos clásicos nada menos que de ochenta y cuatro mil deseos.

 

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Tomas Moreno Fernández,

Catedrático de Filosofía

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